Cincuenta años más tarde

Epílogo de la historia “Amelia y yo” publicada en Los huesitos de mamá (2018)

Llegamos al pueblo en otoño. El oro de los trigales ha sido reemplazado por el verde y amarillo de la soja a punto de ser cosechada. Antes de alcanzarlo, paramos el coche a la vera del camino a fin de ver y tocar esas milagrosas vainas marrones que enriquecieron a sus dueños. En Argentina nadie come esos granos pálidos de soja, me dijeron, son de exportación. Para la China.

Encontré el pueblo pavimentado, limpio, reluciente. Las casas modernas y las semi-mansiones que se levantaron, gracias al nuevo cliente y cultivo del último decenio, ya desbordan el límite del legendario triángulo. Me perdí en las diagonales y me confundieron los ángulos agudos u obtusos de sus esquinas y, al final, di con el lugar donde nos citamos Amalia y yo.

Ella lleva hermosamente sus años. El cuerpo esbelto y el cabello largo, recogido parcialmente con una hebilla, le da un aire de muchacha. Las arrugas en la piel fina de un rostro delicado le confieren una dignidad que parece haberla labrado a través de años y esfuerzos. Su carita delgada y sus gestos medidos son los mismos. Pero algo ha cambiado fundamentalmente en ella. ¿O tal vez siempre fue así y yo nunca lo había percibido? La voz no es la que recuerdo, como el murmullo de un arroyo que corre sin prisa. Es una voz hecha de fibras de acero: alta pero sujetada; fuerte, sin llegar a lo estridente y, sobre todo, de un tono perentorio, algo así como un grito de pájaro con sordina. El brillo castaño y acuoso de la mirada, desafiante, acusadora, certera, posee una intensidad igual de penetrante. Amalia guarda un volcán dentro de ella, y se le ven salir las brasas por los ojos. Nada de esto me recuerda a la niña suave y tímida que jamás abrió la boca ni levantó una ceja con el fin de denunciarme cuando yo le pellizcaba el cuello, día tras día, al formar la fila para entrar en el aula.

Las dos hemos cambiado, como si el viento del tiempo nos hubiera labrado en formas diferentes. En ella creó picos rocosos de un nítido contorno, en una geometría que enfrenta la intemperie. Se afirmó y se fortaleció. En mí, creo, suavizó ciertas aristas y alisó alguna que otra rugosidad de la imperfecta urdimbre de mi alma.

¿Cuánto de mí hay en lo que hoy es ella, y cuánto de lo que ella fue hay hoy en mí?

Hoy sé que, si vine cargando con la culpa de mi yo de otros tiempos, también he cargado un farol. Con él cruzo los puentes.[1]

 

 

 

[1] Una versión más breve de este relato fue publicada en la antología “Puentes” (Seattle Escribe, Seattle, U.S.A. 2017).

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