Cincuenta años más tarde

Epílogo de la historia “Amelia y yo” publicada en Los huesitos de mamá (2018)

Llegamos al pueblo en otoño. El oro de los trigales ha sido reemplazado por el verde y amarillo de la soja a punto de ser cosechada. Antes de alcanzarlo, paramos el coche a la vera del camino a fin de ver y tocar esas milagrosas vainas marrones que enriquecieron a sus dueños. En Argentina nadie come esos granos pálidos de soja, me dijeron, son de exportación. Para la China.

Encontré el pueblo pavimentado, limpio, reluciente. Las casas modernas y las semi-mansiones que se levantaron, gracias al nuevo cliente y cultivo del último decenio, ya desbordan el límite del legendario triángulo. Me perdí en las diagonales y me confundieron los ángulos agudos u obtusos de sus esquinas y, al final, di con el lugar donde nos citamos Amalia y yo.

Ella lleva hermosamente sus años. El cuerpo esbelto y el cabello largo, recogido parcialmente con una hebilla, le da un aire de muchacha. Las arrugas en la piel fina de un rostro delicado le confieren una dignidad que parece haberla labrado a través de años y esfuerzos. Su carita delgada y sus gestos medidos son los mismos. Pero algo ha cambiado fundamentalmente en ella. ¿O tal vez siempre fue así y yo nunca lo había percibido? La voz no es la que recuerdo, como el murmullo de un arroyo que corre sin prisa. Es una voz hecha de fibras de acero: alta pero sujetada; fuerte, sin llegar a lo estridente y, sobre todo, de un tono perentorio, algo así como un grito de pájaro con sordina. El brillo castaño y acuoso de la mirada, desafiante, acusadora, certera, posee una intensidad igual de penetrante. Amalia guarda un volcán dentro de ella, y se le ven salir las brasas por los ojos. Nada de esto me recuerda a la niña suave y tímida que jamás abrió la boca ni levantó una ceja con el fin de denunciarme cuando yo le pellizcaba el cuello, día tras día, al formar la fila para entrar en el aula.

Las dos hemos cambiado, como si el viento del tiempo nos hubiera labrado en formas diferentes. En ella creó picos rocosos de un nítido contorno, en una geometría que enfrenta la intemperie. Se afirmó y se fortaleció. En mí, creo, suavizó ciertas aristas y alisó alguna que otra rugosidad de la imperfecta urdimbre de mi alma.

¿Cuánto de mí hay en lo que hoy es ella, y cuánto de lo que ella fue hay hoy en mí?

Hoy sé que, si vine cargando con la culpa de mi yo de otros tiempos, también he cargado un farol. Con él cruzo los puentes.[1]

 

 

 

[1] Una versión más breve de este relato fue publicada en la antología “Puentes” (Seattle Escribe, Seattle, U.S.A. 2017).

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Darwin patas pa’arriba

Aquella tarde acepté acompañar a mi esposo a una conferencia, a pesar de que el origen de la invitación al evento no me hacía saltar de alegría. Provenía de un joven conocido nuestro, excelente persona, aunque de convicciones algo insólitas. Pero accedí a ir por dos factores: uno, porque había tenido un día terrible lidiando con un capricho de mi computadora. Esas batallas cibernéticas me suelen dejar exhausta y con la auto confianza por el suelo. Necesitaba levantar mi espíritu con algo menos mundano.  Y otra razón fue que la charla (aunque esto es un eufemismo ya que resultó ser un monólogo) trataría justamente de un tema que siempre despierta mi interés, si no fascinación: La evolución de la conciencia. Prometía ser una velada iluminadora, valga la redundancia.

   Cuando llegamos al local, una iglesia cuya denominación no recuerdo, nuestro amigo y organizador del evento ya estaba apostado en la puerta del sótano/sala de conferencias impecablemente trajeado. Entre él y la salita había una mesa y dos muchachas que nos dieron el programa.

—¿Para todo el evento del fin de semana? —preguntó una de ellas.

—Ah…. No…— dijo mi esposo, —solo esta noche.

—Entonces son veinte dólares.

—Para los dos ¿no?

—No, cada uno.

Mi esposo saco los cuarenta dólares de su billetera y yo engullí en seco. ¡Más vale que esto sea bueno! pensé. Y enseguida me sentí culpable. ¡El conocimiento no tiene precio! me censuró mi conciencia.

Mi esposo abrió su portafolio y extrajo un libro del neurólogo y psiquiatra Robert Ornstein de la Universidad de Berkeley, titulado Evolución de la Conciencia. Se lo mostró a nuestro amigo para que viera no solo la coincidencia de títulos, sino el alto grado de interés que el tema tiene entre nosotros.

El joven sonrió con expresión de leve complicidad (pensé yo), y mi esposo guardó el libro, con aire triunfal.

Entramos y nos ubicamos en la última fila, lo cual es una sabia medida en un recinto pequeño y bien iluminado, porque nunca se sabe si uno va a necesitar el baño o, en el peor de los casos, huir sin ser notado.

El organizador, al cual yo no recordaba como a alguien particularmente efusivo o con un idiosincrático don de gente (aunque tampoco lo muy opuesto), presentó al conferenciante con gestos encantadores, irradiando una simpatía que delataba cierto tiempo de práctica. Explicó que el profesor había llegado de Alemania el día anterior.

Para no dar nombres, voy a llamar a este profesor Mr. SC, o el Sujeto en Cuestión.

SC era un hombre apuesto, de edad mediana y rasgos de europeo del norte, y también vestía traje y corbata. Se inclinó reverente hacia el público, y a continuación cerró los ojos por unos segundos. Por varios segundos. ¡Ay! pensé. El tipo está con jet lag. ¡Espero que no se caiga!  Me sentí aliviada cuando abrió los ojos y fijó su mirada en la audiencia.

Dijo que no había mejor manera de comenzar su exposición que leyendo directamente de sus fuentes: un libro de Rudolf Steiner, o, mejor dicho, traduciéndolo del alemán original en que fue escrito. El párrafo se refería a la conciencia individual vs la colectiva, pero en términos bastante herméticos. Digo esto en sentido metafórico, porque seguramente que el propio Hermes lo habría explicado mejor. Yo no entendí casi nada. Me juego a que la audiencia tampoco, porque nadie asentía con la cabeza como cuando suele haber una afinidad con el mensaje y una aprobación. Pero como no hubo preguntas ni interrupciones, Mr. SC se lanzó con entusiasmo hacia la siguiente parte de la exposición, haciendo uso del power point que manejaba nuestro amigo.

Esta fue una serie de pinturas del arte barroco. Como es sabido, las obras pictóricas de artistas famosos siempre dan lustre a una conferencia. Desfilaron por la pantalla varias madonas flotando sobre nubes—hermosas imágenes, debo admitir— y por unos diez minutos SC analizó para la audiencia los respectivos trazos de Rafael comparándolos con los de sus maestros. Luego le siguió una breve disertación sobre Bach, Shakespeare, Goethe, Nietzsche y algún otro icono de la cultura occidental y europea, con el fin de demostrar que nadie saca nada de la nada, sino que sigue los pasos de sus antecesores; y algo más sobre la relación entre estos sujetos y sus fuentes, que no llegué a captar del todo.

Tal vez mi esposo sí lo entendía, pensé.  Lo miré de reojo. ¿Quizás me podría susurrar una explicación? Pero él estaba ocupado extrayendo sigilosamente de un estuche sus diminutos audífonos y colocándoselos en las orejas. Seguramente atribuía su perplejidad a su no muy agudo sentido auditivo.

Mr. SC pasó a mostrar otras láminas con la estructura ósea de diversos animales. Otros quince minutos habrán transcurrido en la explicación morfológica de varios mamíferos y reptiles, al final de lo cual aprendimos que el hombre (y la mujer, para empatar) no desciende de los animales, sino que es al revés, algo así como que el hombre es el arquetipo sobre el cual el Espíritu descendió y se encarnó; y que los animales siguieron más o menos el molde; pero como ellos son más adaptables que nosotros al medio ambiente, de ahí la existencia de tanta variedad en el reino animal.

No pretendo hacerle justicia a esta parte de su presentación porque para ese entonces yo estaba pensando en la evolución de la conciencia y ¡burra de mí! esperaba que él explicara el nexo con la antropología física.

La serie de dibujos de salamandras saliendo del mar que aparecieron después de los esqueletos, nos decía Mr. SC, era una prueba rotunda de la ignorancia de la ciencia, que lo tenía todo al revés.

—Sí, señores. Es al revés. La raza humana no es el fin de la evolución.  Observemos que nosotros tenemos cinco dedos y hay animales que, partiendo de los cinco, los han juntado en uno. ¿Ejemplos?

Mr. SC se dirigió desafiante a la audiencia y ¡Aleluya, hermano! Alguien dijo la palabra cierta:

—El caballo.

¡Bingo! Un murmullo de admiración corrió entre la audiencia.

—Correcto. El caballo tiene un solo dedo, efectivamente, pero supo tener más, en un pasado—dijo el profesor.

Los dibujos en las láminas que le siguieron lo demostraban: equinos de cinco dígitos, (lo que les impedía muchísimo el trote porque se le enganchaban los dedos por ahí), de cuatro, de tres, y así, hasta llegar a la triunfante y última pezuña que les permite hasta el galope. Eso prueba, yo deduje, que el caballo viene del caballero y no al revés. Me pregunté si en algún pasado el primero montaría al segundo. Mis elucubraciones fueron interrumpidas por otra explicación del conferenciante:

—Los huesos de los animales se fosilizan fácilmente, y los nuestros, no. Por eso es que se los encuentran en épocas supuestamente anteriores a la aparición del ser humano.  Es decir: la arqueología y la evolución están patas para arriba.

Escuché los huesos de Darwin crujir dentro de su cajón en el subsuelo de la abadía de Westminster.

A estas alturas yo esperaba—es decir, ansiaba con toda mi alma— la interrupción de un valiente entre el público que preguntara algo de cierto peso. Por ejemplo, ¿Por qué no nos habla del cerebro de estos animales y del humano? ¿O del respectivo nivel de conciencia? O algo más básico aún, tal como ¿Qué es la conciencia? ¿Un producto de la mente, una emanación del edificio neurológico que es el cerebro? ¿O un fenómeno independiente, tipo espíritu? Pero, no. La única persona que se animó a aventurar una pregunta dijo:

—¿Y los animales tienen una segunda dentición?
¡Segunda dentición! ¿Qué diablo es eso? Ah, cuando se nos caen los dientes de leche…, recordé enseguida. Pero no pude hacer la conexión entre la segunda dentición y la evolución de la conciencia, por más que me esforzara.

Ya habían pasado cuarenta penosos minutos. Se me ocurrió que las sillas de madera, durísimas, no habían sido escogidas por una medida de economía sino por una decisión deliberada, para evitar que la audiencia se durmiera. De repente dudé si estábamos en el lugar y tiempo correcto. Miré el programa. Sí, lo estábamos. El título de la plática y la hora lo corroboraba.

Mr. SC prosiguió. Al finalizar cada frase larga hacía una pausa, entrecerraba los ojos, como si pensara, o tal vez como si estuviera invocando un mensaje cósmico de Rudolf Steiner. Yo también los entrecerraba, pero muy a pesar mío. Luego él pestañaba varias veces para encarar al público y atacar el próximo tema. Yo también pestañaba, tratando de atar los hilos dispersos de su ponencia. Entonces hice la ansiada conexión: ¡antroposofía, la filosofía que enseñan en las escuelas Waldorf del mundo! ¡Claro, nuestro amigo es un maestro en una de ellas! Y mi pobre entendimiento se debía a que no había hecho los deberes de casa para estar informada de antemano sobre las premisas de tal corriente filosófica.

El hombre prosiguió dando más pruebas científicas para sustentar la tesis antroposófica de la evolución al revés. Y afirmó que no existe ningún fósil que demuestre que animal A es el antecesor de los animales B y C, como supone la teoría de la evolución.

—¡No existen! — reiteró.

¡Deshonestidad científica! gritó mi yo crítico, para mis fueros internos. ¡Sí existen! Pero, como Mr. SC no es un científico, ni siquiera se lo puede culpar de deshonestidad.  Apenas de burricie o ignorancia. O locura, en el peor de los casos. (Más tarde, en mi casa y frente al Google, me enteré de que no era ni una cosa ni la otra, sino una convicción dogmática e inofensiva, y que el hombre estaba exponiendo, lo mejor que podía, la teoría de Rudolf Steiner).

Vi a mi esposo cabecear varias veces. Mientras tanto, la audiencia se reía a gusto con algunos comentarios suspicaces de SC. Yo tenía ganas de llorar.

Pensé en las preguntas que candorosamente me había preparado por si llegaba la ocasión, tales como, ¿Ud cree que la conciencia evolucionó paralelamente a la evolución física de un organismo, o llegó de repente? O, ¿Ud concuerda con la teoría de la conciencia de Teilhar de Chardin o la del budismo?  También pensé en el libro de neurología que agonizaba de vergüenza en el portafolio de mi esposo. ¡Ah, que par de ingenuos!

Luego siguió algo que debe haber sido sobre Atlantis o Atlántida. Lo recuerdo vagamente porque mi conciencia ya se deslizaba hacia la inconsciencia del sueño. Para despertarme, puse mi mano en la rodilla de mi esposo, esperando recibir una mirada de misericordia.  Creo que él lo tomo como un gesto de cariño erótico, porque devolvió el mío posando su mano en mi rodilla, y un poco más arriba.  Me desperté del todo.

La última parte de la conferencia, sin solución de continuidad, como quien dice, derivó hacia un tema singular. Es decir, más singular aún que los anteriores:

El problema del ser humano de nuestros tiempos, dijo el profesor, es que hemos desarrollado un individualismo atroz en detrimento de una conciencia social. Muy bien, nada objetable con esa afirmación, pensé. Y en tiempos pasados vivíamos en estrecha relación con la naturaleza. También es verdad, admití. Y un ejemplo de esto es que, durante la dinastía tal y tal de la China, continuó, una emperatriz contaba con varias docenas de doncellas y cortesanas; y cuando murió, todas murieron con ella (con alguna poción venenosa, sugirió nuestro conferencista).

—¡Y eso prueba, señoras y señores, que en época pasadas hubo un sentido cósmico del todo, un espíritu comunitario que hacía que esa generosa entrega voluntaria de la vida, sin miedo a la muerte, fuera la conducta correcta, porque la conciencia global está por encima de la individual!

Mientras yo digería el significado metafísico de este acto (y de la pena de haber perdido esa facultad extraordinaria de sacrificarnos por nuestra reina o rey) recordé de repente a Jim Jones y el célebre suicidio colectivo en las Guayanas, en nombre de Cristo. Lancé otra mirada a mi esposo. Vi que se estaba quitando los audífonos de las orejas y los volvía a meter en la cajita. A lo Churchill, pero más discretamente.

Al finalizar la ponencia, nos unimos a los otros con ruidosos aplausos y, sin más y en tácito acuerdo, escapamos hacia el estacionamiento.

Por la enésima vez lamenté el destino de los cuarenta dólares.

Pero más lamento ahora no haber grabado esta conferencia. Si lo hubiera hecho, podría hoy   ofrecérsela a ustedes en la totalidad de su gloria. Mis disculpas.

 

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El lenguaje del bosque

  De reino en reino el ser humano fue pasando, hasta alcanzar su  robusto estado actual de
raciocinio y conocimiento, olvidando en el proceso las anteriores formas de inteligencia (Rumi) 
                                                                                                                      

Contrariamente a lo que el título sugiere, estas páginas no son un poético canto a los magníficos gigantes de las florestas ni una metafórica alusión al susurro de sus hojas o el diálogo con el viento; ni siquiera al trino de las aves que los habitan. En este ensayo me refiero literalmente a la comunicación que los árboles establecen entre sí en un bosque sano, y a la naturaleza de sus conversaciones.

Para aquellos a quienes los misterios de la vida no los asombra a diario como a mí, pueden parar aquí esta lectura. Para los otros, los que sienten alguna afinidad con el mundo inaudible que vibra en torno nuestro, tal vez encuentren interesante la idea de que el lenguaje y la comunicación no es propiedad exclusiva de los humanos y, en menor medida, de los animales, sino que se extiende al mundo vegetal, el de los bosques.

Como alguien que vive barajando a diario tres lenguas diferentes, es natural que cualquier novedad relacionada al lenguaje siempre me atraiga como un imán a su polo magnético. Ya sea aquello que se trate del origen de la lengua hablada (y refuten a Noam Chomsky), o del fenómeno a nivel neurológico, o de los chasquidos de los bosquimanos del Kalahari, o del lenguaje corporal, o del canto de las ballenas, el tema lingüístico ejerce en mí una constante fascinación.  Por lo tanto, la idea de que los árboles también se comunican, aunque no de una manera verbal sino físico-química, me atrapó desde el momento en que leí acerca de la intrigante www, es decir, la wood wide web.

El concepto de esta triple w apareció en una reseña literaria en un New York Time Book Review del año pasado, sobre el libro The Hidden Life of Trees, en la que se describían los hallazgos de su autor, Peter Wohlleben, un estudioso forestal en Alemania. Los descubrimientos de Wohlleben y otros anteriores a él, (una científica canadiense de nuestro rincón del Pacífico Northwest, entre otros) fueron comentados más recientemente en un artículo de la revista Smithonia (Whispering of the Trees, Marzo 2018). 
   Para quienes no tenga el tiempo, la paciencia o el espíritu para leer uno o el otro, aquí les presento mi propio resumen:

Desde Darwin, pensamos en los árboles como organismos independientes y desconectados que, según la ley de la selección del “más fuerte”, o la “supervivencia del mejor adaptado”, compiten por los recursos naturales: agua, nutrientes y luz solar.

La idea es sorpresivamente refutada con lo que a mí me ha parecido una serie de argumentos claros, científicos, desprovistos de cualquier pátina de misticismo o proposiciones de fenómenos supernaturales, que demuestran que árboles de la misma especie, y a veces de especies diferentes, llevan una vida comunal y cooperativa. Pero estas relaciones interdependientes tienen lugar a pocos centímetros debajo de nuestros pies: los árboles hablan mayormente con sus raíces. En una floresta que no ha sido extensamente dañada, dice Wohlleben, los filamentos de las raíces, finos como cabellos, se conectan con los microscópicos filamentos de hongos subterráneos llamados micorriza, que funcionan como mensajeros. Los hongos por su parte se benefician de esta relación simbiótica ya que a cambio reciben el azúcar que los árboles producen con la fotosíntesis.  Y así se crea una extensa red de comunicaciones a través de la cual los árboles de un mismo habitat comparten no solo agua y nutrientes sino también información sobre las aflicciones que afectan a la comunidad entera.

(El fenómeno me resulta casi poético. No puedo evitar la triste comparación con la raza humana. Saltéese este párrafo quien detesta digresiones: Un grupo de organismos como estas micorrizas, que subsisten en la oscuridad subterránea, sin acceso a la riqueza del aire y la luz solar, reciben alimento de los poderosos gigantes. Después de dos millones de años de evolución, los humanos pisotean y denigran a los más vulnerables y menos privilegiados miembros de la escala social. Sin duda, hemos olvidado las formas de pasadas inteligencias del reino vegetal.)

Lo más sorprendente de estas conexiones arbóreas es que, además de intercambiar recursos tangibles, conforman una red social donde intercambian informaciones. Las raíces y sus mensajeros suenan la alarma cuando acechan peligros tales como escasez de agua, enfermedades, invasión de insectos o proximidad de predadores. De este modo, los participantes de la misma red alteran su biología para adaptarse a las nuevas circunstancias.  Parece ser que estos mensajes de alerta constituyen el tópico de conversación más común entre los árboles. (De hecho, en este Facebook vegetal no se desperdicia energía en autopromoción y otras boberas).

¿Pero en qué código se envían tales mensajes?  Los estudios se refieren a un lenguaje de naturaleza química, hormonal y de signos eléctricos de bajo voltaje, de pulsaciones lentas, que estos investigadores de las florestas están apenas comenzando a descifrar. Una especialista australiana mostró evidencias de que algunas plantas inclusive detectan e interpretan el sonido crujiente de las raíces de un vecino, a un nivel inaudible para un ser humano.  Mapear estas redes subterráneas es como mapear un cerebro. Un centímetro cúbico de suelo forestal contiene varias millas de filamentos de estos hongos conectores.

Aunque las raíces son el conducto más importante para cambiar información, no es solo en el ambiente subterráneo donde tienen lugar las conversaciones entre estos seres forestales. El aire también sirve de mensajero, llevando los signos químicos de las feromonas y de diversos gases. Si una jirafa comienza a servirse de las hojas de las acacias, por ejemplo, la víctima no tarda en enviar una señal de alerta a su comunidad en forma de gas etileno. Las otras acacias montan la defensa enviando tanino a las hojas, lo que les da un gusto aborrecible al paladar de estas cogotudas rumiantes. Por supuesto, las jirafas–que crecieron entre las acacias—ya conocen el truco. Y saben que deben correr más rápido que el aire para llegar al próximo grupo de árboles desinformados e indefensos y tener su festín.

¿Pero cuál es la ventaja para un árbol mantener este tipo de cooperación y formar alianzas, inclusive con otras especies (cedros y arces, por ejemplo)? Al fin de cuentas, los recursos pueden ser escasos y la ley de la selección natural sugiere que deberían competir ferozmente, montar una guerra económica a lo Trump, o seguir el infeliz dictado de “buey solo bien se relame”.

Sin embargo, no es beneficioso para un árbol crecer aislado de otros, por una diversidad de razones (que no voy a enumerar aquí pero que están claramente explicadas en las fuentes que he citado).  Por eso, en un bosque natural, afirma Suzanne Simard de la universidad de British Columbia, siempre hay “árboles madres”, que se identifican por su edad, tamaño, raíces más profundas, copas más frondosas y mayor conectividad de hongos micorriza, y que velan por la supervivencia de los árboles “bebés”, bombeándoles azúcar. Claro que el calificativo nada tiene que ver con su género sino con la función de nutricionistas. Estas “madres” están en condiciones de extraer más agua y recibir más energía solar, y compartir con los brotes que en la profundidad del bosque normalmente no reciben luz. Otro ejemplo son los tocones de viejos árboles que fueron cortados hace 400 o 500 años y que muestran trazos de clorofila, resultado de la continua alimentación recibida de sus vecinos vivos y vigorosos. “Como los elefantes”, dice Wohlleben, “los árboles fuertes no abandonan a sus viejas y reverenciadas matriarcas”.

Por último, los estudios afirman también que, cuando se corta un árbol, este utiliza los mismos medios químicos y eléctricos para para enviar una señal “dolorosa” a los árboles de su red de conexiones sociales.

En otras palabras, un bosque ralo es un bosque vulnerable. En un bosque no dañado, autosostenible, los árboles viven más. Por eso han evolucionado para cooperar con sus vecinos. De la supervivencia de la comunidad deviene la supervivencia del individuo.

No estoy intentando antropomorfizar la biología de los árboles, sino señalar un antecedente de una existencia vital cooperativa en nuestra más remota línea genética, la que se remonta a la vida vegetal.

El contraste entre la cooperación de los miembros de una floresta natural y la actual floresta de las naciones se vuelve hoy más pronunciado que nunca. Ojalá que el aislamiento al que nos lleva la presente coyuntura política sea apenas un accidente pasajero en la evolución social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La lotería de Navidad

Tonino, el bobo del pueblo, era un hombre larguirucho y desgarbado. Todo en él era enjuto: su cuerpo, su cara, sus manos, su cerebro. Hablaba en monosílabos y gesticulaba mucho. Decían que era bobo porque su padre se había casado con su prima hermana. ¡Tonterías! opinaban algunos. No sería el primer caso en el pueblo. Vean allí al telegrafista— daban como ejemplo—, un Vellino casado con su prima la Vellina. (Conviene aclarar que el final femenino del nombre de la mujer fue un invento, una broma de la gente, porque la prima de veras tenía el mismísimo apellido de él, y eran ambos nietos del mismo abuelo).

—Y vean ustedes cómo su hijo les salió normal—aducían los defensores de estas relaciones anómalas.

—Pero no es lo mismo—opinaba mi tío Alfredo—. En el caso del Tonino, no solo sus padres eran primos hermanos. Sus abuelos también estaban emparentados.

—Sí, pero eran apenas primos segundos—argüían otros.

—No importa. Las taras se acumulan, se amplifican. Y si no son taras, son otras enfermedades ¿Vos no escuchaste hablar de la herencia maldita de la sangre azul europea? La familia real británica, los borbones, la emperatriz de Rusia… Todos sufrían de hemofilia por causa de la consanguinidad.   

Esto los dejó un tiempo callados. A unos pocos, porque no entendieron la última palabra; pero a la mayoría, porque mi tío era el contador de la cooperativa agraria, o sea, un hombre de cierto conocimiento. Su palabra tenía peso, por así decir.

   —Pero si el Tonino es bobo—comentó alguien—¿por qué a veces adivina cosas? ¿Te acordás cuando predijo el número que iba a salir en la lotería, y acertó?

—Sí. ¡Y yo fui tan estúpido de no comprar un billete! —dijo otro, que se llamaba Abelardo.

—Cierto. Yo leí que a veces los bobos tienen un rasgo de genio, especialmente para las cifras y las probabilidades—continuó mi tío—. Es como que llevan la estadística en la cabeza.

—Qué pena que al Tonino no le gusta que lo persigan con esas cosas. Si le preguntás sobre números, te manda a diablo. O no te responde. Ni su madre le puede sonsacar la información. ¡Podrían ser ricos!

—Bueno, pero es bobo. Misterios de la mente humana.

—Solo Dios sabe…

Yo presencié este diálogo en el bar Venecia, en una tarde calurosa, cuando mis amigas y yo tomábamos un aperitivo en las mesas de la calzada. ¡Qué tiempos dulces, aquellos! El señor Septentinelli, el dueño y padre de nuestra compañera Clydia, era un hombre muy responsable, y nos servía el vermut con bastante soda, acompañado de un plato de papas fritas y maníes, para atenuar el efecto de la bebida. A los once años no se tiene mucha tolerancia para el alcohol.

La conversación quedó grabada en mi memoria por lo que pasó después.

Tonino estaría rondando los treinta años en aquella época. No era exactamente un autista, como lo llamaríamos hoy, ni presentaba los rasgos del síndrome de Down. No sé cuál sería el diagnóstico, pero por entonces nuestro vocabulario solo poseía una palabra para él: retardado, vocablo en desuso hoy por su connotación despectiva, pero por entonces nos parecía adecuado, porque el muchacho nunca aprendió a leer o a manejarse socialmente. Miraba a las chicas casi sin pestañar, en un estado de puro embeleso, con la boca abierta, y un hilo de baba corriéndole por el mentón. No se atrevía a hablarle a ninguna de ellas, sin embargo, y menos aún a tocarlas. Era respetuoso.

Pero era claro que sus neuronas estaban conectadas de forma extraña. Por ejemplo, se unía a veces a un grupo de hombres que conversaban, de pie, al lado de la mesa de billar. Y en dado momento, se dormía. No digo que se caía dormido, porque de hecho no se caía. Simplemente, cerraba los ojos, roncaba un poco, pero continuaba en su sitio, con un leve movimiento oscilatorio y sin perder el equilibrio, como la llama de una vela cuando le da la brisa. Era como si tuviera un eje interno y flexible, amarrado a los zapatos. Después de unos minutos de sueño, abría los ojos y se incorporaba al mundo de los despiertos.

—Tonino, ¿con qué estabas soñado? —le preguntaban.

—Con la vaca de doña Panchita —decía, o algo así. La gente estaba atenta a sus sueños, con la esperanza de que largara un número premonitorio.

Vivía con su madre, viuda. En el verano, se quedaba horas sentado inmóvil en un sillón de mimbre, con los brazos apoyados en el descanso. Cuando volaba una mosca cerca de él, con un rápido movimiento la atrapaba con una mano. Y así, una tras otra, las contaba y las dejaba ir. Seguramente cazaba la misma mosca una y otra vez, pero eso era inconsecuente para sus propósitos. Lo que medía no era la cantidad de insectos que entraban en la casa sino su propia capacidad de concentración y rapidez manual.

Tenía la mansedumbre de un cordero con la gente del pueblo, pero era extremadamente duro consigo mismo. Cuentan que una vez estaba cambiando la llanta de un coche, trabajo que él sabía hacer bien. Pero esta vez, cuando estaba martillando una tuerca algo vencida para soltar la rueda, Tonino se martilló un dedo, profirió un grito y, tanto fastidio le dio, que levantó el martillo y se golpeó la cabeza. Cayó desmayado.

El bobo no iba a misa. El cura quería atraerlo a su rebaño, pero él se resistía, y si su madre intentaba arrastrarlo de un brazo, él gritaba como un marrano al que están llevando para ser degollado.

—Tonino no es tonto—mascullaba mi tío, un convencido anticlerical.

La gente lo trataba con cariño, y lo respetaba. Pero Abelardo, un buen talabartero que sin embargo detestaba su profesión, lo perseguía a toda hora.

—¡Tonino, Tonino! ¡Decime un número! —lo acosaba.

El bobo hacía un ademán despectivo con el brazo, para sacárselo de encima, como a un moscardón, y seguía su camino. O en ocasiones, se daba la vuelta y le gritaba, en el dialecto de su madre:

—¡Imbecille!

Era de esos que actuaban por la intuición del momento, no por obedecer la exigencia o el capricho de otros. Y menos la de Abelardo, un obsesionado con la lotería.

Según contó después la madre de Tonino, un caluroso día de la semana antes de Navidad, a la hora en que los rayos del sol se filtraban oblicuos entre el ramaje de los sauces llorones, Abelardo pasaba por la casa del bobo y lo vio de espaldas sentado sobre un tronco atravesado en el patio, que cumplía la función de banco. Estaba tan quieto como la tarde. Por no perder la costumbre, Abelardo lo llamó:

—¡Tonino! ¿Qué número?

Para su sorpresa, esta vez Tonino se volvió hacia él con una expresión enigmática en el rostro, y le gritó:

—¡Ocho mil novecientos noventa y nueve!

—¡Dios te bendiga, Tonino! —exclamó Abelardo, en extremo excitado, con los ojos húmedos de puro alborozo. Era una cifra magnífica.

Moviendo los labios y martillando la cifra en su cabeza de talabartero para no olvidarla, voló hasta la casa del Sr. Dicelio, el funebrero, que también era el revistero y vendía los billetes de lotería, rogando a Dios que ese número, o al menos un número con ese final, estuviera disponible. ¡Y lo estaba! Era un milagro, porque se trataba de “La Gorda”, el sorteo de Navidad, la mayor lotería del año. El hombre no cabía en sí de júbilo. Con el corazón trepidante, fue directo a la carnicería, compró media res de puerco, la llevó a su casa, la adobó, la puso en la parrilla y le pidió a su esposa que cocinara unas papas y otras hortalizas.

Esa noche del 21 de diciembre, Abelardo invitó a sus vecinos a cenar. Estaba con ánimo de fiesta. Era el comienzo oficial del verano. Sacó la mesa de la sala a través de la ventana y la puso en el patio, y buscó en el sótano varias botellas de la mejor grapa que guardaba allí, junto a los chorizos a la grasa.

Comieron y bebieron, y la carne sabía más tierna y jugosa que nunca. A los postres, Abelardo bajó el acordeón que tenía colgado de la pared y comenzó a tocar. Nadie sabía por qué se lo veía tan contento, ni él dijo mu, pero le siguieron la farra, bebiendo y cantando. Cuando se acabó la grapa, comenzó a correr el vino tinto, uno más barato, y las horas se hacían cada vez más festivas.

Finalmente, los invitados agradecieron la hospitalidad y se fueron a sus casas. El día siguiente, jueves, era una jornada de trabajo. Entonces Abelardo se dirigió algo tambaleante a un galponcito donde guardaba sus herramientas y las puso en hilera en el patio de cemento. Las brasas aun ardiendo de la parrilla se reflejaban en sus pupilas, ya encendidas por la emoción y el alcohol. Luego tomó una barra de hierro, la insertó en una argolla incrustada en la tapa redonda de cemento que cubría el pozo séptico, y con un enérgico movimiento que casi lo hace caer de espaldas, la levantó. Enseguida subieron hasta su nariz los efluvios del así llamado pozo ciego, y allí arrojó, una por una y con una alegría feroz, todas sus herramientas de trabajo: los martillos, los cuchillos, la chaira, la lesna, el sacabocado, los remachadores, las cajas de clavos. Luego se limpió las manos en el pantalón, y se metió en la casa.

Cuenta su señora que esa noche Abelardo “quiso guerra” y la arrastró con cariño hasta el dormitorio, y—es de imaginar— murmurándole en la oreja quién sabe qué impúdicas intimidades que se le enredaban en la lengua. Pero ni bien se desvistió y quiso iniciar la embestida, se quedó dormido encima de su esposa.

Temprano a la mañana siguiente, con una resaca descomunal, Abelardo manoteó la radio que estaba en su mesita de luz al lado de la cama y la encendió a la hora exacta, y en la estación justa, que transmitía los números ganadores del sorteo de “la gorda de Navidad”. Se comía las uñas. La cifra agraciada, al fin, fue enunciada dígito por dígito, y él los iba anotando uno por uno en un papel, con mano temblona.

No estaba ni cerca del suyo, ni en la decena.

—¡Ni en el último dígito! — contaría su mujer, histérica, al referir el hecho a sus vecinas.

Cuando la realidad aterrizó en su cerebro obnubilado, Abelardo pegó un alarido salvaje. Su esposa corrió a su lado y lo encontró sentado en la cama, llorando con la cabeza encima de la radio.

El episodio se comentó durante mucho tiempo entre risas, en el café, en el club, en las reuniones familiares y en la cancha de fútbol. La tarde de aquel malhadado domingo, Tonino había estado contando las moscas que iba cazando, informó su madre. Y estaba a punto de llegar al número nueve mil, que para él encerraba un alto significado lindando en lo metafísico, cuando Abelardo lo interpeló. Naturalmente, el bobo dijo en voz alta la cifra que tenía en sus labios. Había cazado la mosca número ocho mil novecientos noventa y nueve desde que había comenzado el contaje al comienzo de la primavera.

En cuanto a las herramientas del desafortunado Abelardo, quedaron en las profundidades del pozo ciego. Por algo este se llama también “sumidero”, palabra derivada de “sumir” y que connota las ideas de inmersión, descenso, hundimiento, desaparición. Como en un cósmico pozo negro, lo que entra allí permanece sumergido para siempre.

Quisiera creer que el pueblo se apiadó e hizo una colecta para equipar nuevamente el taller de Abelardo. Al final, un pueblo que aprecia los caballos y las buenas monturas siempre necesita de un talabartero.

 

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Los huesitos de mamá

El licor de anís me recuerda invariablemente a las hermanas Delfino. Ellas nos lo servían en unas copitas elegantes a mi prima y a mí cuando, de niñas, las visitábamos.

Las hermanas vivían en las afueras del pueblo, allá donde comenzaban los trigales y los campos de pastoreo. Eso fue hace décadas, antes de que acabaran con el trigo, el girasol, el lino y el maíz a fin de plantar la hoy ubicua soja; y antes de que se alimentara a las vacas en los feedlots, más redituables.

Las llamábamos la tía Serafina, o tía Fina, y la tía Immacolata, o tía Ima.  No eran tías mías, sino de mi prima Alicia, pero, por el parentesco, nosotras dos teníamos derecho a entrar y salir de su propiedad o, más bien, de su patio, sin llamar a la puerta. A veces íbamos cuando, durante nuestras correrías por esos confines del poblado, necesitábamos el baño que, en aquella casa, era un excusado en el patio, es decir, un agujero sobre una pequeña plataforma, y que sus dueñas llamaban “sanitario”.

En esas ocasiones solían invitarnos a entrar en la sala. Entonces nos mostraban todas las fotos de la familia colgadas de la pared. A veces sacaban a relucir una escopeta que tenían guardada y que decían ser “de nueve milímetros”, lo cual para nosotras era un error inconcebible, porque parecía bien larga. Por alguna razón, habrán pensado que el hecho de mostrárnosla sería edificante para dos niñas, que algún día llegarían a ser mujeres.

Después abrían la cristalera y aparecían el licor y las copas diminutas. Lo tomábamos a sorbos lentos, como si fuera el elixir de los dioses. La tía Ima era la más generosa, y siempre nos ofrecía una segunda ronda. La Serafina, como era la mayor y, por tanto, administraba el dinero y los gastos de la casa, se mostraba a menudo más parsimoniosa. Su excusa era que, con apenas diez años, el alcohol nos podía subir a la cabeza. Algunas veces pasó, no muchas.

Pero la principal atracción no eran las fotos ni ese licor que nos quemaba el esófago, sino un ombú que se erguía en el patio, ese árbol colosal de la pampa, que ni llega a ser árbol sino gramínea gigante, donde mi prima y yo comulgábamos con el mundo natural, acurrucándonos en los huecos de sus voluptuosas raíces.

Las Delfino, por contraste, no eran voluptuosas como su ombú, sino más bien delgadas y altas como dos cipreses, esos árboles de los camposantos a los que es imposible trepar. Pero la gente prefería darles el epíteto de “secas”, o “secas como bacalao en salmuera”.

La mayor virtud de las hermanas era la pulcritud.  Ambas se vestían de negro; no por viudas, ya que nunca habían disfrutados de los placeres del matrimonio o, como ellas decían, padecido los desplaceres de los hombres, seres desordenados y mugrientos. El negro, en cambio, se debía al luto que guardaban desde que su madre murió, y que nunca abandonaron. Negras eran sus faldas, negras las camisas bordadas, negras las medias de muselina del invierno y las mantillas de la iglesia, a la que acudían diariamente para la misa matinal. También negros eran el cabello, los ojos y las espesas cejas sicilianas.

Una vez al mes, las hermanas se encaramaban en su Ford T, también negro—una reliquia ya en ese tiempo—y recorrían el kilómetro y medio que distaba el cementerio con el sano propósito de limpiar el panteón de la familia. Cuando la madre murió, la habían enterrado en un cajón barato, de pino, en una fosa en la tierra. Por ese entonces, aunque el padre había heredado algo de campo, no eran ricos para nada. Pero al final de la década de los cuarenta, cuando los agricultores ya habían hecho fortuna con las exportaciones de carne y trigo a los países europeos en la guerra, el hombre se sintió más próspero. Ya no se agachaba en los surcos sudando la gota gorda como antes. Llegó a comprar una trilladora y una cosechadora y a tener una abultada cuenta bancaria. Y, consciente ya de su propia mortalidad, mandó construir en el cementerio un mausoleo, que allá le llaman panteón, como hacían todas las familias medianamente pudientes, donde reposaban los miembros de la misma prole. Como es sabido, allí los cuerpos no se descomponen tan rápido como en los cajones de las tumbas comunes. Y tampoco confraternizan con otros esqueletos plebeyos de un cualquier hijo de vecino en las fosas cavadas en la tierra.

Cuando la construcción estuvo lista, trasladaron los restos de doña Delfino, que a esta altura eran meros huesos y, con la debida ceremonia, los guardaron en una urna que fue puesta en el pequeño altar del panteón. Don Delfino murió unos años después, y fue a ocupar su lugar en un ataúd de lujo contra la pared izquierda. Aún sobraban dos plazas destinadas a las hermanas, cuando les llegara la hora, en las dos plataformas de cemento de la pared derecha, una sobre la otra, como las literas de los barcos.

Este panteón era una edificación blanquísima y no opulenta como otras, pero con un ostentoso portal de madera labrada, atiborrada de ángeles. En cada visita mensual las hermanas seguían una rutina establecida. Al entrar, abrían la pequeña claraboya redonda y quitaban las telarañas del techo que se extendían entre los querubines y otros ornamentos de yeso. Luego limpiaban el piso y daban una sacudida con el plumero al ataúd del padre que se empolvaba con cada barrida. Después sacaban brillo a los candelabros de plata y pasaban un trapo por el altar y los varios santos del profuso olimpo católico. Y por último se dedicaban a pulir la urna de la madre, una especie de jarrón con tapa. Pero este siempre les daba problemas. El material, que no era del mejor, se resistía al jabón y a la esponja. La humedad del lugar hacía emerger una película blanca como de moho, a los cinco minutos de haberlo limpiado, y las malditas manchas volvían a surgir como por ensalmo.

En una de estas visitas, después de limpiar, prender las velas y rezar un rosario completo, las hermanas decidieron, de común acuerdo, acabar con las inútiles fregadas de la urna y comprar otra de un material decente.

—De mármol de Carrara—propuso Ima.

—Es muy caro—respondió su hermana—. Que sea mármol blanco de la China, que es bueno, pero más barato.

Y como la Fina era quien firmaba los cheques y llevaba la voz cantante, la urna sería de mármol chino.

Por ese entonces mi padre había cerrado la tienda, que ya vendía poco y nada, y conseguido un trabajo de representante de una casa de sepelios. Su catálogo incluía fotos de féretros y lápidas para nichos o tumbas, de bronce o mármol, algunas con el pequeño recipiente en relieve donde se ponen flores y agua. El trabajo del grabado de los epitafios en las lápidas estaba incluido en el precio. Los deudos podían mandar el texto, o aceptar uno sugerido por el vendedor. Me daba gusto inventar frases que mi padre podía usar en sus ventas, tales como Vivirás en nuestro corazón…Aquí descansa en la paz del Señor… Duerme aquí su eterno sueño… etc. Algunas llegaron a ser utilizadas. Me enorgullece poder decir que estos fueron mis primeros trabajos publicados. Pero, volviendo al catálogo, este también contenía fotos de hermosos cofres y ánforas de variados materiales en los que se guardaría ya sean los restos óseos de los finados o sus cenizas. Las Delfino querían una urna de la mejor—o casi de la mejor—calidad posible, y esto era una buena noticia para mi padre, que ganaba un porcentaje de la facturación.

Recuerdo el día en que eligieron una del muestrario, y también el día en que el comisionista la trajo de la ciudad. Quien le había encargado la encomienda fue la Ima, porque el tipo le tenía ojeriza a su hermana. Decía que era tacaña y desconfiada.

Al día siguiente de la llegada de la urna las hermanas se subieron al Ford T y se marcharon directas al cementerio. Ima manejaba, como siempre, y la Serafina pasaba las cuentas del rosario mientras murmuraba sobre cuánto había disminuido la cuenta bancaria después de ese extravagante, aunque necesario, gasto. Esa capacidad de atención múltiple era una de sus habilidades mentales.  Encontraron el camposanto vacío, ya que era un día de semana. Esto las alegró; no toleraban curiosos. Este y otros detalles los sé porque me los refirió mi prima, y ella los escuchó de su madre, quien lo supo de la propia boca de la Serafina durante el velatorio de su hermana Immacolata.

Dijo que estacionaron el Ford T cerca del muro del cementerio, bajo un sauce llorón; abrieron los portones de hierro labrado y se internaron por la callejuela que llevaba al panteón familiar. La urna habría sido pesadísima, pero las hermanas, aunque flacas, no eran débiles. Tenían fibra, como quien dice, y determinación. Me las imagino andando y transpirando entre cruces plateadas y tumbas blancas, con sus largas faldas negras, portando entre las dos ese jarrón de mármol por más de doscientos metros. Yo conozco bien el sitio, y sé dónde están los Delfino, porque para el Día de los Muertos, cuando la gente del pueblo iba a poner flores frescas a sus difuntos, mis amigas y yo jugábamos a las escondidas entre las tumbas y los panteones.

Aquel día, Ima abrió la puerta del panteón y a su hermana le disgustó el chirrido de las bisagras. Le dio un mal presentimiento. La Serafina encendió la linterna y tiró del cordel que descorría la claraboya. La luz entró a raudales. Luego encontró los fósforos y las velas. Prendió seis velas y pronto el lugar quedó envuelto en esa extraña luminosidad, cuando los haces de luz de las candelas se conjugan con la luz natural.

Entonces pusieron manos a la obra. Se persignaron repetidamente. Sin perder más tiempo, la Ima primero sacudió un poco la vieja urna y una sonajera de huesos insepultos le indicó que todavía no eran polvo. ¡Enhorabuena! Retiró la tapa, comenzó a extraer uno a uno los restos óseos de su difunta madre, y los fue colocando uno al lado del otro, encima del altar.

Aquí debo hacer una aclaración para no ser acusada de inventar historias. Lo cierto es que la Serafina no explicó si ella vio o no el anillo brillar entre la osamenta en aquel momento, por eso no puedo afirmarlo. Solo contó que al cabo de pocos minutos su hermana Ima comenzó a estornudar. Un insidioso polvillo se le estaba metiendo en la nariz.

—Esto está hecho un asco, Fina—comentó la Ima—. Hay que lavarlos.

Su hermana concordó. No podía haber sido de otra forma: los huesos estaban como carcomidos, llenos de agujeritos y cubiertos de unos residuos como esos que dejan las polillas cuando atacan alguna prenda en el ropero. No era digno de ellas ignorar este aspecto. Y como siempre, diligente y esforzada—y nadie puede negarle estas virtudes—la Serafina se ofreció a buscar un balde con agua, que siempre existen en los cementerios para los floreros, y una toalla que tenían en el Ford T.

Cuando retornó al panteón, Ima ya había puesto las piezas óseas en el suelo, encima de una mantilla. Se dispusieron entonces a lavarlas, una por una.

—¿Y no les dio una… cómo diré… sensación desagradable, hacer todo esto? — preguntó la mamá de Alicia en cuanto escuchaba la historia que la Serafina le contaría más tarde.

—No, no. Al final, es la madre de una, no un esqueleto cualquiera—le aseguró la Fina—. Además, querida, del polvo venimos y al polvo… ya sabes.  Pero te cuento que estaban bien roñosos los huesos. Y yo le dije a mi hermana: “Ima, por el amor de Dios, aquí hay que hacer un buen trabajo”.

Y así comenzaron su meticulosa tarea de higiene. Ima le alcanzaba los huesos de a uno, la Fina los sumergía en el balde, los sacudía un poco, y se los devolvía a su hermana, quien los secaba con la toalla y los colocaba en la nueva urna encima del altar. En ese funesto silencio ni siquiera se oía un leve clac-clac, porque Ima era muy cuidadosa cuando los tomaba entre esos dedos de ella, tan finos como alas de pájaro, y los acomodaba en su flamante jarrón mortuorio. Lo más trabajoso fueron los huesitos de las manos y los pies. “¡No acababan nunca!” contaba la Fina. Cada tanto tenían que cambiar el agua del balde, porque se ponía espesa. Al cabo de una hora, cuando terminaron la tarea y se sentaron en el piso para un merecido descanso, a la Fina se le cruzó una imagen por la cabeza.

—¿No fue que a mamá la enterraron con la alianza matrimonial, Ima?

—No sé, Fina, pero la hubiéramos visto aquí, ¿no te parece?

—Supongo que sí…

Las hermanas dieron por finalizada la macabra tarea. Y conste que lo de macabra es una adición mía; para ellas era apenas un santo deber de amor filial y pulcritud.

Días más tarde, en ausencia de Ima, la Serafina sacó de un armario el álbum de fotografías de la familia. Allí encontró la foto de su madre en el ataúd, con su vestido de encajes y un buqué de flores de seda. Y comprobó lo que ya circulaba por el silencioso laberinto de su memoria: el anillo de oro con sus piedritas de brillantes relucía claramente en el dedo anular. Consultó con el señor Di Celio, el dueño de la casa fúnebre. Este le dijo que él mismo había supervisado la transferencia de los restos del ataúd original, y que el anillo todavía estaba en el correspondiente metacarpo de la mano izquierda de la difunta, aunque un poco suelto, por supuesto, cuando cerraron la urna. Imposible cuestionar su probidad. Era hombre de iglesia, paisano de su padre, gente honrada, además de rico. No se iba a ensuciar por poco. Y además no estaba solo, hubo testigos. No, no podría haber sido ni él ni sus ayudantes. Solo cabía una abominable respuesta al enigma: Ima había quedado a solas con los huesos de la progenitora cuando la Fina había ido por agua, tiempo suficiente para… ah, el pensamiento era tan feo que se le ponía la piel de gallina. Y lo rechazaba tan pronto como brotaba en su mente. Sin embargo, comenzó a obsesionarla, sin tregua.

Desde ese día se dedicó a observar a su hermana, y notó que rezaba más, y que el nivel de la botella de licor de anís bajaba en proporción a la frecuencia de sus oraciones. Y que en dos ocasiones esa semana había desaparecido por la tardecita y llegado de noche, con la excusa de haber ido a repartir estampas de la Virgen, y otras historias piadosas mal contadas, con cierta luminosidad en los ojos, y un rojo más vivaz en los labios, que contrastaba con su usual opacidad. Decidió seguirla.

Debió de ser en julio o agosto, porque hacía frío. Se puso un pantalón overol de mecánico, una chaqueta de su finado padre y un sombrero; montó en su bicicleta y se escurrió entre las sombras del ocaso temprano en esa tarde de invierno, evitando la luz macilenta de los faroles de las esquinas. No es cosa fácil andar de incógnito en un pueblo. Cuando no hay gente por las calles, hay mirillas en los postigos y ojos curiosos. Y cuando no hay mirillas, hay alcahuetes y alcahuetas.  Una de esas alcahuetas era la vieja Fiorella. Las hermanas conocían bien a la doña, porque una vez, cuando se cayó medio ebria dentro de una zanja llena de agua y sapos, las dos la socorrieron y se la llevaron a su casita, la lavaron y la dejaron pulcra durmiendo la mona en su cama. Fue un acto de caridad cristiana.

¡Y ahora resulta que la Immacolata estaba yendo a la casa de la vieja harpía sin contarle nada a ella!

La Fina se apostó en un lugar donde pudiera vigilar la casa y, amparada por la penumbra que ya a esa hora disimulaba el contorno de las cosas y la gente, esperó. Y esperó, y esperó, ardiendo de ansiedad. Gracias a Dios traía su rosario, que le llenaba los minutos y le entretenía los labios. Ya eran como las ocho cuando vio salir a su hermana por la puerta de enfrente. Algo le hizo seguir allí parada, mirando esa puerta, que bullía de posibilidades. Al cabo de un par de minutos, una silueta masculina emergió, no por tal puerta, sino por la trasera. Era el comisionista.

La adrenalina explotó por las venas de la Serafina, y su mente se puso a trabajar, frenética, imaginando los varios motivos de este encuentro obviamente clandestino y sopesando sus probabilidades. Pero todas las alternativas giraban en torno a dos, una peor que la otra: La primera era que Ima estaba negociando el anillo con el comisionista y tratando de sacarle el mejor precio. Esto era inadmisible. ¿Para qué querría su hermana el dinero? Es cierto que la Fina, en su función de estricta administradora, se lo mezquinaba un poco, porque ese era su deber. ¡Pero tampoco le faltaba nada a la Ima! La otra opción era que los dos …Un sobrevuelo de imágenes pornográficas tomó posesión de su cerebro, y la enfureció. ¡Eso sí que era impensable! Era tan tremendo que de solo figurárselo ya le daban náuseas. Voló a su casa echando pestes y pedaleando como alma que lleva el diablo para llegar antes que su hermana. Se metió en el cuarto, se cambió la ropa y luego salió disimulando su furia con un pañuelo en la boca y una tos fingida. Iba a preparar la cena.

Esa noche, la hermana mayor consiguió a duras penas sofocar el volcán que llevaba adentro. Cenaron en silencio, un silencio espeso, eléctrico. La Fina no podía achacarle ninguna falta sin pruebas. Tampoco se animaba a preguntarle a su hermana, así, a boca de jarro, a qué se debía el encuentro. No quería que Ima la retrucara acusándola de espionaje barato. Tenía que actuar con calma e inteligencia. Su premonición, que a menudo se encendía como un faro en medio de la tiniebla cuando visualizaba catástrofes, la llevó a la acción inmediata. Ni bien escuchó roncar a Ima, la Serafina se puso una bata de lana que ya hacía rato delataba el paso del tiempo, tomó la linterna y, presa de una feroz determinación, se fue a la calzada donde dejaban el tarro de la basura. Había estado allí toda la semana. Al día siguiente pasaría el basurero. Arrastró el tacho hacia adentro, lo ocultó detrás del ombú y, protegida por el ancho tronco de la remotísima posibilidad de que Ima abriera la ventana, escarbó entre los restos de comida—yerba mate, cáscaras de papas y de huevos, huesos de gallina y otras menudencias, lo poco que las espartanas mujeres arrojaban a la basura. No fue difícil encontrar lo que buscaba, pues era lo único envuelto en un papel de diario: la prenda incriminadora.

¡Ave María Purísima! ¡Ahora no había dudas! ¡Los calzones de su hermana estaban manchados de sangre! Y no era sangre de menstruación, porque el período de las dos no estaba ni cerca. Lo sabía porque en eso siempre andaban sincronizadas, día más día menos.

¡Su hermana había perdido la virginidad!

Serafina rezó con rabia, se guardó las bragas de su hermana en el bolsillo de la bata de lana y se metió en la casa. Esa noche no pegó los ojos. Se la pasó revisando mentalmente los siete pecados capitales y los veniales. El robo es un pecado capital. Y también la mentira… pero ¿la deslealtad? ¿Por qué no constaba entre los siete pecados mortales? ¿O es que a Moisés se le había acabado el espacio en la tabla?

Se levantó con unas ojeras profundas, el rostro ceniciento y un hálito de hiel, y no pudo menos que encarar a Ima, que ya estaba preparando un mate.

—¡No sé qué es peor, si el robo o la lujuria! —soltó, echando chispas por las pupilas como una demente, mientras enarbolaba los calzones de su hermana.

Ima se quedó paralizada, con el rostro desencajado y blanco como un papel.

—¡Mentiste, robaste, FORNICASTE! ¡Por todo eso te vas a ir tres veces al infierno, hermana! —continuó la Fina—. Ahora hablá y decime qué hiciste con el anillo de mamá. ¿Se lo regalaste a tu Fulano? ¿para pagarle por los servicios?

Ima no respondió. Se encerró con llave en su cuarto y no salió durante largo tiempo. Sí, salió en cierto momento, como una tromba—se corrigió la Fina cuando narraba la historia—, para agarrar la botella de licor de anís de la cristalera y encerrarse otra vez. Y al cabo de horas, cuando la Fina tenía los nudillos doloridos de tanto golpear la puerta, la otra salió al fin, medio borracha, y le dijo:

—¿Querés saber dónde está el anillo? ¡Vení, te lo voy a mostrar!

Cruzó el patio a los tropezones, en dirección al excusado. Abrió la puerta, extrajo la joya de su bolsillo y le dijo a su hermana:

—Buscá tu anillo ahora—y lo dejó caer en el negro y maloliente agujero.

Los días siguientes a este evento quedaron un poco confusos en la narrativa de la Serafina. Parece ser que las hermanas no se hablaron más. Y que Immacolata solo abandonaba su cuarto para ir a la sala como perro apaleado y mandarse unos tragos de licor de anís de una botella nueva y volvía a encerrarse. Que en ese par de días se había bajado una segunda botella que contiene un treinta y cinco por ciento de alcohol, dicen, aunque la Fina aseguraba que ese tenía más. Y que cuando la finiquitó, la puso en el tocador con una vela encima.

Lo que sí quedó claro es que, el tercer día, en una tarde lluviosa, Ima empacó sus cosas y desapareció, dejando solo un mensaje:

   La envidia también es un pecado capital. ¡Nos vemos en el Infierno, hermana! El anillo era para mandar a hacerme un vestido blanco. No importa. Me caso de negro.

   Afuera, la lluvia caía con un rumor de aplausos.

La Fina armó un servicio fúnebre simbólico, porque, para ella, dijo, su hermana se había muerto.

En cuanto al malhadado anillo, cuenta que buscó una linterna y se armó de un palo con un gancho en la punta. Todavía estaba intacto brillando en la superficie fecal. En minutos ya lo había rescatado.

—Vendí el anillo a mi vecino—contó la Fina—pero la plata no alcanzó ni para este velatorio. ¡Y eso que no es de cuerpo presente!

—¿Y no te dio… asco, revolver en el excusado? —preguntó mi tía.

—No, no. Al final, era mierda nuestra, no una cualquiera.

 

 

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Entrevista en “Actitud Latina”

La entrevista comienza en la segunda parte de este video (10:53)

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Seattle escribe publica sus ensayos

PROSA POÉTICA

En la tercera clase, los estudiantes votaron por dos temas entre los 10 que fueron sugeridos. Los temas fueron “Universo” y “muerte”. Cada cual eligió uno y lo desarrolló en diez minutos. Continue reading

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El Don Quijote Árabe

A friend of mine sent me a wonderful article written by Dr Syed Nomanul Haq, a Social Sciences and Liberal Arts professor in Karachi, Pakistan and a visiting faculty in Near Eastern Languages at the University of Pensylvania.  The article, from “Books and Authors” April 3rd, 2016, is ‘Don Quixote: Cervantes’s “Arabic Tale”’. It’s very interesting and insightful and I was pleased that finally somebody from academia was aware of it.

What surprised me is that what he said is not common knowledge among Spanish academics. As a graduate student in the year 2000 I published an article along the same lines, hoping that it would call the attention of some professors, but the review I received was something like this: “If what you said is true, why doesn’t everybody know about it?” Continue reading

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Seattle escribe. Resumen de las clases 2015. Seattle Central Library

Resumen (Continuación)

Algunas recomendaciones para el principiante

a) La lectura es esencial para quien quiere ser escritor/a, así como escuchar música a una edad temprana es esencial para desarrollar el sentido musical. A través de la lectura se absorben, tal vez inconscientemente, los principios fundamentales de argumento y desarrollo. Para quien quiere escribir, lo mejor aún es leer activamente, observando los diferentes estilos y el manejo del lenguaje, la creación de atmósferas, el uso de figuras retóricas, voz y perspectiva del narrador, el manejo de los diálogos, de las tensiones, y otras numerosas herramientas que hacen una narrativa interesante y un estilo vívido y convincente. Esto incluye leer los diarios, porque el idioma periodístico ofrece excelentes ejemplos de las estrategias utilizadas para despertar y mantener el interés del lector. Multitud de buenos escritores fueron primero periodistas. Continue reading

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Clases de escritura creativa para los miembros de “Seattle Escribe”, 2015. Seattle Central Public Library.

 

PRIMERA CLASE: Resumen de las clases grabadas

Principiantes y veteranos

Para el inexperto que nunca ha escrito pero siente el impulso de hacerlo, puede resultar abrumador. Pero la escritura es un arte que, como otros, se aprende haciéndolo. No hay edad para comenzar a ser creativos. La mente es un órgano mucho más plástico de lo que creemos: es solo ofrecerle el estímulo, el amor y entusiasmo, y la disciplina necesaria.

Finalmente,  para aquellos que ya son veteranos en el arte de la narrativa, puede resultar más fácil iniciar un nuevo proyecto. Sin embargo, el desafío radica en este caso en poder abrir la mente hacia otras ideas, intereses o aun géneros literarios, y combatir la terca tendencia que todos tenemos de repetir con variaciones lo que ya hemos hecho antes.

En uno u otro caso, todo escritor tendra que lidiar con el mismo tipo de problemas: liberar la mente para crear vidas imaginarias y relatarlas en un lenguaje atractivo, vigoroso y evocativo.

Por qué escribimos

En primer lugar, deberíamos escribimos para nosotros mismos, como cosa catártica, o como medio para descubrirnos y tal vez mejorarnos. Esto es porque la escritura, si se hace con sinceridad, nos obliga a pensar, a analizar cada frase y determinar si es verdadera o falsa, o a sopesar los temas que elegimos y ver qué nos dicen acerca de nuestras propias preocupaciones. ¿Son intereses legítimos? ¿Representan una búsqueda? ¿Son realmente así de importantes en última instancia? ¿Son obsesiones?

Están los escritores que dicen, yo escribo porque no puedo no escribir. Y esto es totalmente comprensible desde el punto de vista neurológico. El acto de pensar o imaginar algo produce la misma sensación, la misma qualia, –para usar el lenguaje de la filosofía–que el acto de vivir esa experiencia en el mundo. Veamos un ejemplo: una persona ve un río y dentro de su mente experimenta la sensación de ver el río. Un ciego escucha la descripción del mismo río y lo imagina. En ambos casos, es la misma parte del cerebro la que se activa, el mismo grupo de neuronas que disparan y en consecuencia producen la sensación o qualia, que es la experiencia absolutamente subjetiva.  Por eso, aquellos que disfrutan viajar en general escriben sobre diferentes territorios o culturas, por ejemplo. Sin mencionar a los sensualistas que se deleitan en descripciones eróticas y en el estímulo sexual que disfrutan en el proceso.

Hay quienes escriben para su familia, o para sus descendientes. Esta es una razón poderosa ya que escribir un memoir satisface un innegable deseo de perpetuidad, aunque sea a través de la línea familiar. Es, además, un legado cultural que puede llegar a representar un  incentivo para los descendientes.

Otros escriben para su núcleo social más cercano, para compartir su propia visión de la realidad. No importan si llegan a solo 100 lectores.  Después de todo, 100 o 150 es el número que constituye el núcleo de la tribu, la llamada unidad social básica. Si lo escrito tiene repercusión aunque solo sea en esta unidad, desde el punto de vista antropológico, debería ser suficiente.

Por otro lado, aunque un mero pensamiento en un libro influya positivamente en apenas una persona, las repercusiones (el efecto “mariposa”) son insospechables.

En resumen,  escribimos porque el proceso nos enriquece, y cumple una función social: la de compartir nuestra visión del mundo. De hecho, se conoce mejor la interioridad de un autor a cincuenta mil kilómetros de distancia que la del vecino con el cual hablamos todos los días.

Escribir por fama y dinero es una razón comprensible para el escritor profesional, el que escribe sobre fórmulas, para un editor y un público asegurado.  Pero este no es el caso para los que estamos hoy aquí. Escribir para obtener prestigio con la esperanza de encontrar esa casa editora  que nos va a publicar y el reconocimiento de un público amplio que ésta garantiza, es la más deplorable de las razones, y la más peligrosa. El trabajo creativo puede transformarse en una cadena y una maldición, porque la persecución de tal objetivo crea una serie de ansiedades y frustraciones que acabarán por alienar cualquier beneficio interior que la escritura pueda tener en el individuo.

Escribamos para nosotros mismos y para compartir: las historias son necesarias para la humanidad.

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