Entrevista en “Actitud Latina”

La entrevista comienza en la segunda parte de este video (10:53)

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Seattle escribe publica sus ensayos

PROSA POÉTICA

En la tercera clase, los estudiantes votaron por dos temas entre los 10 que fueron sugeridos. Los temas fueron “Universo” y “muerte”. Cada cual eligió uno y lo desarrolló en diez minutos.

  1. Universo de Patricia Ferreyra

Soy. Eres. Es. Somos. Buscamos la razón de ser en cada una de nuestras acciones, de nuestros movimientos, en cada centímetro de nuestra piel, en cada célula que respira sin ser vista. Somos parte de un todo, del fluir de lo que fue y será, de lo que fuimos cuando no existíamos, de lo que seremos cuando ya no estemos. Somos el otro. Soy tú y tú eres yo. Y cuando llegue el momento de trascender, me transformaré en ti y tú en mí, y volveremos a ser parte de esa unidad. Universo, existes y no existes fuera de mí. En tu inmensidad me pierdo, buscándome.

Literatura testimonial

Los siguientes ensayos fueron escritos por los miembros de Seattle Escribe siguiendo el lineamiento de la literatura testimonial,y son producto de entrevistas a sus compañeros.

La literatura testimonial tiene un carácter historiográfico, pero a la vez subjetivo. A través de ella se puede apreciar un fragmento individual y contextualizado de esa historia. El “yo” narrador cobra una importancia vital en su elaboración, porque cuenta vivencias personales, casi siempre de carácter traumático, acontecidas en una época difícil, y a menudo con resultados catarticos, tanto para el escritor como para los lectores.

La interpretación por parte del escritor, que en este caso “pidió prestado” el Yo del narrador, es libre, aunque siempre ateniéndose a un núcleo de hechos reales. En otras palabras, es un reflejo pormenorizado de un evento real, aunque con detalles ficticios.

  1. Nos quedan horas de camino, por Ivan Fernando Gonzalez

Era la época de lluvias en Chiapas y la estrecha carretera obligaba a manejar despacio y con cuidado. Siempre a la espera de algún derrumbe escondiéndose tras la siguiente curva. Yo manejaba con la ventana abierta, con el aire fresco golpeándome la cara, y dándome una excusa para tener los ojos húmedos, llenos de lágrimas nunca derramadas. Mi esposa y yo estábamos solos en un auto de alquiler, navegando la curvilínea carretera de San Cristobal a Palenque, escuchando música antigua para no tener que hablar de nuevo sobre las cosas dichas ya tantas veces. Era nuestro peregrinaje de cada año, a un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, que se conecta a una carretera rural sin nombre, a un poco más de ciento cuarenta kilómetros de San Cristóbal.

Nuestro hijo estaba enterrado en esa tierra anónima, en un pueblo con quinientas almas, porque así lo quiso él. Nunca nos lo hizo fácil. Él siempre se obstinaba en lo que él quería, desde pequeño no pensaba en nosotros, y aún muerto nos ponía a pasar trabajos. Cada año abandonábamos nuestro “castillito burgués” como él lo solía llamar, y tomábamos un par de aviones y manejábamos por horas para visitar una tumba sin lápida en una tierra extraña. Nuestra casa de clase media en los suburbios de la ciudad se sentía como otro mundo desde aquí en Chiapas. Allá el pasto está cortado y verde, está controlado. Aquí lo verde se lo tomaba todo, la naturaleza impone su ordenado desorden, y es la gente la que se adapta. Allá hay señales de tránsito y semáforos. Aquí hay letreros escritos a mano por los Zapatistas, y camiones del ejército llenos de telarañas. Allá las calles no tiene huecos, aquí hasta la carretera principal es una carrera de obstáculos, si se puede imaginar carreras donde hasta las tortugas viajan más rápido que los automóviles.

A pesar del humor amargo, la belleza del paisaje me distraía de los pensamientos más oscuros que se escondían encogidos en la guantera del auto. Manejar me escudaba de las voces recriminadoras de mi conciencia, acalladas por los ruidos de la carretera. Estaba pensando en los negocios en casa y no en muchas más cosas, cuando al pasar la curva tuve que parar el auto con una frenada.

Es la más antigua de las trampas, y no se necesita ser un genio para esta clase de emboscada. A pleno día,  detrás de una curva ciega, en un cañón estrecho que da al precipicio, sin posibilidad de voltear o retroceder, tres figuras con pasamontañas, y una tabla llena de clavos cruzada en la calzada, lo decía todo. Era un momento que nunca pensé que me pasaría. Pero ahí estábamos, mi esposa y yo en el auto, esperando a saber nuestra suerte, viendo a una mujer encapuchada que se acercaba a nuestra ventana.

Eran Zapatistas. Verme atrapado soltó todos los demonios que llevaba dentro. Lo primero que pensé es que este maldito camino ya había matado a mi hijo. Ahora nos iba a matar a nosotros.

Tal vez nos iban a robar todo, tal vez iban a violar a mi esposa.

No, no creo que la violen, es una mujer la que viene al frente, y los otros dos son tan malnutridos y pequeños que hasta podrían ser niñas bajo esas ropas de campaña. Pero aún podían pasar cosas terribles, tal vez había hombres con armas escondidos esperando por una señal predeterminada.

El estómago se me hizo piedra.

– Guarda la cartera bajo la silla-  le digo a mi esposa.

Ella me mira con cara de preocupación. Aunque no sé si es preocupación por lo que nos pueda pasar o por lo que piensa que yo pueda hacer.

– Por favor- ella me dice – no te pelees, dales lo que nos pidan. No quiero más muertes en esta vía.
Parada frente a la ventana del auto, la mujer con ojos intensos y voz carrasposa nos da un discurso que ya se sabe de memoria. Se nota que lo ha repetido una y mil veces, tan memorizado como un padre nuestro de cada día. Tan real como su vida misma, pero tan trillado como los discursos que nuestro hijo universitario nos daba todos los días.

La compañera nos pidió al final una colaboración, que es como una especie de peaje en las carreteras olvidadas, una transacción de algunos pesos para ayudar a la causa. Si puedo adivinar, creo que hasta sonrió bajo el pasamontañas cuando pedía ayuda monetaria.

Siento alivio al escuchar que no nos van a quitar todo. Pero del susto paso a la furia.

Me daban ganas de gritarle a la compañera que de colaboración, nada. Que fue esta carretera bloqueada la que no dejó que mi hijo llegara al hospital a tiempo. Que fueron sus causas y las injusticias lo que lo había traído aquí en primer lugar. Lo que lo trajo a esta tierra olvidada, tierra de mierda, donde una infección te llevaba a la tumba, en lugar de una semana de antibióticos y reposo en cama.

Mis ideas más oscuras me llaman desde la guantera. Pero no las escucho. Lo que pasa en el asiento del copiloto me pone de nuevo en el presente, callando las furias que carcomen mis entrañas.

Mi esposa estaba llorando.

-¿Qué te pasa?- le pregunto a mi esposa.

-Mira sus ojos- me responde ella.

Pegado a la ventanilla estaba otro de los Zapatistas, así de cerca podía ver que era sólo un niño. Pero sus ojos, sus ojos eran inconfundibles. Eran los ojos de nuestro hijo.

Le doy dinero a la compañera, sin decirle nada, y los Zapatistas se despiden con una señal para que pasemos después de remover la madera. Hasta nos dan las gracias por la colaboración.

Yo arranco el auto, sin querer mirar atrás. Paro a unos kilómetros más adelante donde la carretera es lo suficientemente ancha. Lágrimas, por fin lágrimas, sale un llanto que tenía años sin poder salir. No me acuerdo por cuanto tiempo lloré, pero fue mucho.

Abracé a mi esposa y ella me abrazó aún más fuerte.

Ella me dice- Arranca amor, que aún quedan horas de carretera.

Y así, sin más que decir, reiniciamos nuestro peregrinaje hacia un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, por una carretera olvidada.

www.IvanFGonzalez.com

2. Mérida, 1917 (Patricia Ferreyra)

Esa mañana mi hermosa ciudad se desperezaba ante los primeros rayos de luz que anunciaban la llegada del verano. Ya desde temprano se sentía el calor y se escuchaban a los animales, pero las calles estaban aún desiertas. Don Joaquín Lucero había salido de casa unos momentos antes. Había cerrado la pesada puerta azul detrás de sí diciendo que se encaminaba hacia el mercado, y se había despedido agregando que ya que los puestos estaban abriendo, no había mejor momento que ese para comprar algo dulce.

Apenas nos quedamos en la húmeda oscuridad del silencio, abracé a mi marido con todas mis fuerzas y me refugié en su hombro. Incapaz de detener un torrente de emociones que empezó a brotar de no sé dónde, me desahogué tratando de buscarle un sentido a la injusticia. No entendía por qué nuestras creencias y nuestra fe estaban prohibidas. El gobernador Alvarado había ordenado cerrar las iglesias, mandado confiscar reliquias e íconos religiosos, y separado a los sacerdotes de los puestos oficiales. Sin embargo, no habíamos hecho nada malo. ¿Por qué habríamos de vivir nuestra fe en las sombras? La luz que había iluminado nuestras vidas hasta ese momento seguía encendida en nosotros, pero éramos conscientes de que la realidad estaba cambiando.

Don Joaquín también creía que el riesgo de oficiar una ceremonia religiosa y bendecir nuestra unión, aún arriesgando su vida, valía la pena. Esa tarde, un sabor agridulce acompañó la fiesta de bodas. Nos esperaban tiempos difíciles.

3. El seminario (Baudelio Llamas)

Muchas veces nos equivocamos, y depositamos nuestra confianza en quien pensamos que nunca  nos lastimaría.

En aquellas épocas se cometieron muchos abusos, pero la gente no sabía dónde se escondían todas las maldades cometidas. Hoy sí, un poco más. Sabemos los actos y los nombres de quienes abusaron de la inocencia y lastimaron a los niños.

Por eso, aquella confianza que mis padres depositaban en ciertas personas respetables, hoy yo no la tengo.

De niño, parecía muy lindo que me internaran en un seminario, y también de adolescente. Pero manos de pervertidos, que solo dañan la inocencia pura del alma, me han hecho perder la fe y aborrecer la imagen que tenía del clero. La confianza se deshizo, y la perdí para siempre.

Pero mi valor me salvó. Cuando vi la intención del perverso abusador, me defendí. Todavía recuerdo cómo el cura se retorcía en el suelo cuando recibió la tremenda patada que le metí en los testículos. Me alegra al menos poder decir que nunca más se atrevió a tocarme.

Cierto, no lo llegó a hacer, pero si quebró algo dentro de mí: la confianza. Sí, mi valor me salvó. Pero no a otros millares niños que si fueron abusados. Creen los hipócritas que los millones de indemnización los salvará de la prisión. Tal vez. Pero el pecado no se lava ni el alma se limpia con dinero. Sus víctimas nunca se olvidarán. La fe se quebró, se hizo pedazos, y el ser ingenuo que un día fueron nunca regresará a ser el mismo de ayer.

 

 

 

 

 

 

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Seattle Escribe: segunda clase 2016

Lecturas para el 23 de abril

1. Un día de estos, de Gabriel García Márquez

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

-Papá.

-Qué.

-Dice el alcalde que si le sacas una muela.

-Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

-Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

-Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

-Papá.

-Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

-Siéntese.

-Buenos días -dijo el alcalde.

-Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

-Tiene que ser sin anestesia -dijo.

-¿Por qué?

-Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

-Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

-Me pasa la cuenta -dijo.

-¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

-Es la misma vaina.

  1. El prodigioso miligramo, de Juan José Arréola

Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo.

Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso a la espalda. Comprobó con alegría que era una carga justa para ella. El peso ideal de aquel objeto daba a su cuerpo extraña energía; como el peso de las alas en el cuerpo de los pájaros. En realidad, una de las causas que anticipan la muerte de las hormigas es la ambiciosa desconsideración de sus propias fuerzas. Después de entregar en el depósito de cereales un grano de maíz, la hormiga que lo ha conducido a través de un kilómetro apenas tiene fuerzas para arrastrar al cementerio su propio cadáver.

La hormiga del hallazgo ignoraba su fortuna, pero sus pasos demostraron la priza ansiosa del que huye llevando su tesoro. Un vago y saludable sentimiento de reivindicación comenzaba a henchir su espíritu. Después de un larguísimo rodeo, hecho con alegre propósito, se unió al hilo de sus compañeras que regresaban todas, al caer la tarde, con la carga solicitada ese día: pequeños fragmentos de hoja de lechuga cuidadosamente recortados. El camino de las hormigas formaba una delgada y confusa crestería de diminuto verdor. Era imposible engañar a nadie; el miligramo desentonaba violentamente en aquella perfecta uniformidad.

Ya en el hormiguero, las cosas empezaron a agravarse. Las guardianas de la puerta, y las inspectoras situadas en todas las galerías, fueron poniendo objeciones cada vez más serías al extraño cargamento. Las palabras “miligramo”  y  “prodigioso”  sonaron aisladamente, aquí y allá, en labios de algunas entendidas. Hasta que la inspectora en jefe, sentada con gravedad ante una mesa imponente, se atrevió a unirlas diciendo con sorna a la hormiga confundida: “Probablemente nos ha traído usted un prodigioso miligramo. La felicito de todo corazón, pero mi deber es dar parte a la policía”.

Los funcionarios del orden público son las personas menos indicadas para resolver cuestiones de prodigios y de prodigiosos miligramos. Ante aquel caso imprevisto por el código penal procedieron con apego a las ordenanzas comunes y corrientes, confiscando el miligramo con hormiga y todo. Como los antecedentes de la acusada eran pésimos se juzgó que un proceso era de trámite legal. Y las autoridades competentes se hicieron cargo del asunto.

La lentitud habitual de los procedimientos habituales iba en desacuerdo con la ansiedad de la hormiga, cuya extraña conducta la indispuso hasta con sus propios abogados. Obedeciendo al dictado de convicciones cada vez mas profundas, respondía con altivez a todas las preguntas que se le hacían. Propagó el rumor de que se cometían en su caso gravísimas injusticias, y anunció que muy pronto sus enemigos tendrían que reconocer forzosamente  la importancia del hallazgo. Tales propósitos atrajeron sobre ella todas las sensaciones existentes. En el colmo del orgullo dijo que lamentaba formar parte de un hormiguero tan imbécil. Al oir semejantes palabras el fiscal pidió con voz estentórea la sentencia de muerte.

Esa circunstancia vino a salvarla el informe de un célebre alienista, que puso en claro su desequilibrio mental. Por las noches, en vez de dormir la prisionera se ponía a darle vueltas a su miligramo, lo pulia ampliamente y pasaba largas horas en una especie de éxtasis contemplativo.

Durante el día lo llevaba a cuestas, de un lado a otro en el estrecho y oscuro calabozo. Se acercó al fin de su vida presa de terrible agitación. Tanto que la enfermera de guardia pidió tres veces que se le cambiara de celda. La celda era cada vez mas grande pero la agitación de la hormiga aumentaba con el espacio disponible. No hizo el menor caso a las curiosas que iban a contemplar en numero creciente, el espectáculo de su desordenada agonía.

Dejó de comer, se negó a recibir a los periodistas y guardó un mutismo absoluto.

Las autoridades superiores decidieron trasladar a un manicomio a la hormiga enloquecida. Pero las decisiones oficiales adolecen siempre de lentitud.

Un día al amanecer la carcelera halló quieta la celda, llena de un extraño resplandor. El prodigioso miligramo brillaba en el suelo, como un diamante inflamado de luz propia. Cerca de el yacía la hormiga heróica, patas arriba, consumida y trasparente.

La noticia de su muerte y la virtud prodigiosa del miligramo se derramaron como inundación por todas las galerías. Caravanas de visitantes recorrían la celda, improvisaban en capilla ardiente. Las hormigas se daban contra el suelo en su desesperación. De sus ojos deslumbrados por la visión del miligramo corrían lagrimas en tal abundancia que la organización de los funerales se vio complicada por el problema del drenaje. A falta de ofrendas florales suficientes, las hormigas saqueaban los depósitos para cubrir el cadáver de la víctima con alimentos.

El hormiguero vivió días indescriptibles, mezcla de admiración, de orgullo y de dolor. Se organizaron exequias suntuosas, colmadas de bailes y banquetes. Rápidamente se inició la construcción de un santuario para el miligramo, y la hormiga incomprendida y asesinada obtuvo el honor de un mausoleo. Las autoridades fueron depuestas y acusadas de inepcia.

A duras penas logró funcionar podo después un consejo de ancianas que puso término a la prolongada etapa de orgiásticos honores. La vida volvió a su curso normal gracias a innumerables fusilamientos. Las ancianas mas sagaces derivaron entonces la corriente de admiración devota que despertó el miligramo a una forma cada vez mas rígida de religión oficial. Se nombraron guardianas y oficiantes. En torno al santuario fue surgiendo un circulo de grandes edificios, y una extensa burocracia comenzó a ocuparlos en rigurosa jerarquía. La capacidad del floreciente hormiguero se vio seriamente comprometida.

Lo peor de todo fue que el desorden, expulsado de la superficie, prosperaba con vida inquietante y subterránea. Aparentemente el hormiguero vivía tranquilo y compacto, dedicado al trabajo y al culto, pese al gran número de funcionarias que se pasaban la vida desempeñando tareas cada vez menos estimables. Es imposible saber cual hormiga albergo en su mente los primeros pensamientos funestos. Tal vez fueron muchas las que pensaron al mismo tiempo, cayendo en la tentación.

En todo caso se trataba de hormigas ambiciosas y ofuscadas que consideraron blasfema la humilde condición de la hormiga descubridora. Entrevieron la posibilidad de que todos los homenajes tributados a la gloriosa difunta les fueran discernidos a ellas en vida. Empezaron a tomar actitudes sospechosas. Divagadas y melancólicas se extraviaban adrede del camino y volvían al hormiguero con las manos vacías. Contestaban a las sospechosas sin disimular su arrogancia; Frecuentemente se hacían pasar por enfermas y anunciaban para muy pronto un hallazgo sensacional. Y las propias autoridades no podían evitar que una de aquellas lunáticas llegara el día menos pensado con un prodigio sobre sus espaldas.

Las hormigas comprometidas obraban en secreto, y digámoslo asi por cuenta propia. De haber sido posible un interrogatorio general, las autoridades habrían llegado a la conclusión de que un cincuenta porciento de las hormigas, en lugar de preocuparse por sus mezquinos cereales y frágiles hortalizas, tenían los ojos puestos en la sustancia incorruptible del miligramo.

Un día ocurrió lo que debía ocurrir. Como si se hubieran puesto de acuerdo, seis hormigas comunes y corrientes, que parecían de las mas normales, llevaron al hormiguero, con sendos objetos extraños que hicieron pasar, ante la general expectación, por miligramos de prodigio. Naturalmente no obtuvieron los honores que esperaban, pero fueron exoneradas ese mismo día de todo servicio. En una ceremonia casi privada, se les otorgo el derecho a disfrutar de una renta vitalicia.

A cerca de los seis miligramos fue imposible decir nada en concreto. El recuerdo de la imprudencia anterior apartó a las autoridades de todo propósito judicial. Las ancianas se lavaron las manos en consejo, y dieron a la población la mas amplia libertad de juicio. Los supuestos miligramos se ofrecieron a la admiración pública en las vitrinas de un modesto recinto y todas las hormigas opinaron según su leal saber y entender.

Esta debilidad por parte de las autoridades, sumada al silencio culpable de la crítica, precipitó la ruina del hormiguero. De allí en adelante toda hormiga agotada por el trabajo o tentada por la pereza, podía reducir sus ambiciones de gloria a los límites de una pensión vitalicia, libre de obligaciones serviles. Y el hormiguero empezó a llenarse de falsos miligramos.

En vano algunas hormigas viejas y sensatas recomendaron medidas precautorias, tales como el uso de la balanza y la confrontación minuciosa de cada nuevo miligramo con el modelo original. Nadie les hizo caso. Sus proposiciones, que ni siquiera fueron discutidas en asamblea, hallaron punto final en las palabras de una hormiga flaca y descolorida que proclamo abiertamente y en voz alta sus opiniones personales. Según la irreverente el famoso miligramo original, por mas prodigioso que fuera, no tenía por que sentar un precedente de calidad. Lo prodigioso no podía ser impuesto en ningún caso  como una condición forzosa a los nuevos miligramos encontrados.

El poco de circunspección que les quedaba a las hormigas desapareció en un momento. En adelante las autoridades fueron incapaces de reducir o tasar la cuota de objetos que el hormiguero podía recibir diariamente bajo el título  de miligramos. Se negó cualquier derecho de veto, y ni siquiera lograron que cada hormiga cumpliera con sus obligaciones. Todas quisieron eludir su condición de trabajadoras, mediante la búsqueda de miligramos.

El depósito para esta clase de artículos llegó a ocupar las dos terceras partes del hormiguero, sin contar las colecciones particulares, algunas de ellas famosas por la valía de sus piezas. Respecto a los miligramos comunes y corrientes, descendió tanto su precio que en los d´´ias de mayor afluencia se podían obtener a cambio de una bicoca. No puede negarse que de cuando en cuando llegaban al hormiguero algunos ejemplares estimables. Pero corrían la suerte de las peores bagatela. Legiones de aficionadas se dedicaron a exaltar el mérito de los miligramos de mas baja calidad, generando así un general desconcierto.

En su desesperación de no hallar miligramos auténticos, muchas hormigas acarreaban verdaderas obscenidades e inmundicias. Galerías enteras fueron clausuradas por razones de salubridad. El ejemplo de una hormiga extravagante hallaba al día siguiente millares de imitadoras. A costa de grandes esfuerzos y empleando todas sus reservas de sentido común, las ancianas del consejo seguían llamándose autoridades y hacían vagos ademanes de gobierno.

Las burócratas y las responsables del culto, no contentas con su holgada situación, abandonaron el templo y las oficinas para echarse a la búsqueda de miligramos, tratando de aumentar gajes y honores. La policía dejó prácticamente de existir, y los motines y las revoluciones eran cotidianos. Bandas de asaltantes profesionales aguardaban en las cercanías del hormiguero para despojar a las afortunadas que volvían con un miligramo valioso.      Coleccionistas resentidas denunciaban a sus rivales y promovían largos juicios buscando la venganza del cateo y la expropiación. Las disputas dentro de las galerías degeneraban fácilmente en riñas, y estas en asesinatos… El índice de mortalidad alcanzó una cifra pavorosa.    Los nacimientos disminuyeron de manera alarmante y las creaturas por falta de atención adecuada, morían por centenares.

El santuario que custodiaba el miligramo verdadero se convirtió en tumba olvidada. Las hormigas ocupadas en la discusión de los hallazgos mas escandalosos, ni siquiera acudían a visitarlo.  De vez en cuando las devotas rezagadas llamaban la atención de las autoridades sobre su estado de ruina y abandono. Lo mas que conseguían era un poco de limpieza. Media docena de irrespetuosas barrenderas daban unos cuantos escobazos, mientras decrépitas ancianas pronunciaban largos discursos y cubrían la tumba de la hormiga con deplorables ofrendas hechas de casi puros desperdicios.

Sepultado entre nubarrones de desorden, el prodigioso miligramo brillaba en el olvido. Llego incluso a circular la especie escandalosa de que había sido robado por manos sacrílegas.

Una copia de mala calidad suplantaba al miligramo auténtico, que pertenecía ya ala colección de una hormiga criminal, enriquecida en el comercio de miligramos. Rumores sin fundamento, pero nadie se inquietaba ni se conmovía; nadie llevaba a cabo una investigación que les pusiera fin. Y las ancianas del consejo cada dia mas débiles y acechosas, se cruzaban de brazos ante el desastre inminente.

El invierno se acercaba, y la amenaza de muerte  detuvo el delirio de las imprevisoras hormigas. Ante la crisis alimenticia, las autoridades decidieron ofrecer en venta un gran lote de miligramos a una comunidad vecina, compuesta de acaudaladas hormigas, todo lo que consiguieron fue deshacerse  de unas cuantas piezas de verdadero mérito, por un puñado de hortalizas y cereales. Pero se les hizo una oferta de alimentos suficientes para todo el invierno, a cambio del miligramo original.

El hormiguero en bancarrota se aferró a su miligramo como tabla de salvación. Despues de interminables conferencias y discusiones, cuando ya el hambre mermaba el número de las supervivientes  en beneficio de las hormigas ricas, estas abrieron las puertas de su casa a las dueñas del prodigio. Contrajeron la obligación de alimentarlas hasta el fin de sus días exentas de todo servicio. Al ocurrir la muerte de la última hormiga extranjera pasaría a ser propiedad de las compradoras.

¿Hay que decir lo que ocurrió poco después en el nuevo hormiguero? Las huepesdes difundieron allí el germen de su contagiosa idolatría,

Actualmente las hormigas afrentan una crisis universal. Olvidados de sus costumbres, tradicionalmente practicas y utilitarias, se entregan en todas partes a una desenfrenada búsqueda  de miligramos. Comen fuera del hormiguero, y solo almacenan sutiles y deslumbrantes objetos. Tal vez muy pronto desaparezcan como especie zoológica y solamente nos quedará, encerrado en dos o tres fábulas ineficaces, el recuerdo de sus antiguas virtudes.

  1. Axolotl, de Julio Cortázar (Final del juego, 1956)Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
    El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
    En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
    No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo.      La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
    Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
    Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
    Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
    Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
    Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
    Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
    Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
  1. ¡Diles que no me maten!, de Juan Rulfo (El Llano en llamas)

            -¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos.             Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

 

  1. El chiclero, María de Lourdes Victoria

            El repique de campanas acompaña el andar pausado de Don Perfecto. El anciano camina encorvado – cargando en el pecho su cajón de chiclero. Lleva años vendiendo chicles, cacahuates y dulces en la plaza del pueblo.

Don Perfecto acostumbra llegar temprano, antes que los barrenderos, a ese parque umbroso, rodeado de fresnos y laureles. Le gusta mirar a las tórtolas y a los zanates, chapotear en la fuente, platicar con el bolero, ayudar a Don Julián a colgar periódicos en su puesto, y soplar las brazas del comal de Chencha, que siempre le agradece el gesto con una quesadilla – y con una sonrisa. Pero lo que más disfruta de sus mañanas el anciano, es mirar al ocaso y divisar a lo lejos la silueta pequeña de su nieto, cuando sube por la calle empedrada. El crepúsculo dibuja su inocente trote en un lienzo de color naranja, rosa y púrpura. Está aprendiendo a ser chiclero, su nieto. Ya carga su propia caja.

Hoy, Don Perfecto camina agobiado. Los huesos le duelen. El cuerpo le pesa. Es la vejez, piensa – esa arpía despiadada que en un descuido me gana el pleito. O quizás es el mal tiempo, y para averiguarlo, alza la mirada esculcando el cielo. Las nubes sombrías se contorsionan compartiendo su malestar. Aún así, Don Perfecto reanuda su paso, arrastrando los huaraches, resuelto a ignorar sus múltiples achaques.

En la plaza, se respira un aire diferente. Los pájaros no cantan. Se ocultan en los árboles – su apagado murmullo estremeciendo las ramas frondosas. Solo el chillido estridente de dos cuervos envenena la risa de la fuente. Hacia allá se encamina el chiclero, atraído por su escandaloso aleteo. En la superficie del agua los pájaros se disputan a picotazos un objeto – algo que lanza al cielo destellos de arco iris, como confeti. Entre tanto jalón lo sueltan y cuando cae le salpica la ropa. Es entonces que Don Perfecto descubre el origen del codiciado botín: un anillo ensartado al dedo de una mujer muerta.

El chiclero tarda en desenmarañar la bruma de sus cataratas. Se concentra, afilando la vista y cuando el cuadro esclarece, se sostiene en el borde de la piedra fría. El peso de aquello que sus ojos revelan amenaza botarlo al suelo.

El cuerpo flota boca abajo, plácido e hinchado como un saco de mazorca, impávido al asalto de las aves negras que sin piedad resumen el picoteo del dedo inerte. La aureola de cabello largo se mece en el agua, vaporosa, como crin de yegua suelta, desatrampada. Las faldas se encaraman revelando la intimidad de muslos jóvenes, caderas amplias, tobillos frágiles. Formas rígidas y enceradas de maniquí. Don Perfecto de pronto la reconoce: es la chica de las noticias. La reportera.

Los narcos llegaron el pueblo.

6. La Mosca dorada (Idries Shah, traducido por Rita Wirkala)

            Había una vez un hombre llamado Salar, que sabía distinguir entre el bien y el mal, y qué cosas había que hacer y qué cosas no había que hacer; y que también había aprendido mucho de los libros.

De hecho, tenía tan buena educación que había sido nombrado asistente personal del Mufty Zafrani, un eminente juez y especialista en jurisprudencia.

Pero Salar no lo sabía todo; y aun en las cosas que sí sabía, no siempre actuaba de acuerdo a su conocimiento.

Un día Salar dejó en una mesa un vaso con jugo, y una minúscula mosquita dorada y brillante se posó en el borde del vaso y sorbió un poquito del jugo. Lo mismo pasó al día siguiente, y al otro, y al otro día. La mosquita crecía con cada sorbo que tomaba, pero tan lentamente que Salar no la notaba. Hasta que un día alcanzó un tamaño en que fue fácilmente visible. Pero no le hizo caso.

Varias semanas pasaron. Salar estaba sumergido en el estudio de un caso jurídico difícil cuando levantó la vista y vio que la mosquita estaba mucho más grande de cuando la notara por primera vez. La espantó con la mano y la hizo volar.

Pero la mosca volvió. Cuando Salar se hallaba abstraído en sus estudios, ella bajaba volando en círculos, se posaba en el borde del vaso y tomaba a gusto del jugo.  Con el pasar de los días, la mosca se hacía más grande y hasta comenzó a cambiar de apariencia.

Primero, Salar la espantaba con la mano. Luego vio que tenía que recurrir a un matamoscas para perseguirla. A veces le parecía que la mosca  tenía una forma semi-humana. Por supuesto, no era una mosca, era un genio.

Finalmente, Salar le gritó para espantarla de una vez, y la mosca le respondió:

_No estoy tomando tanto de tu jugo, por qué te quejas? Además, no soy hermosa?

Salar quedó primero absolutamente maravillado. Después tuvo miedo, y al final, completamente confuso.

Comenzó a sentir placer en las visitas de las mosca, aunque de hecho bebía de su jugo. La miraba volar y danzar en el aire; pensaba en ella a toda hora, y ponía menos y menos tiempo en su trabajo Y mientras la mosca continuaba creciendo, comenzó a sentirse más y más débil.

Esto influyó en su trabajo y en su relación con el Mufti, así es que un día decidió acabar con la fascinación. Juntando toda su resolución, le dio un violento manotazo a la mosca para acabar con ella, pero solo consiguió que el insecto saliera volando.

Me has maltratado. Yo solo quería ser tu amiga. Entonces me voy, si es eso lo que tú quieres.

Salar pensó que se había liberado de la mosca. Y se dijo: la he vencido, lo cual prueba que yo soy más poderoso, sea un hombre o un genio, o una mosca..

Pero la mosca apareció otra vez.  Había crecido de forma desmesurada, y descendió del techo como un brillante lago en forma de hombre.

Dos enormes manos agarraron el cuello de Salar.

Cuando el Mufti vino en busca de su asistente, lo encontró estrangulado en el piso de su cuarto. Una pared estaba derrumbada, por el paso del genio, y lo único que quedaba era la marca de una enorme mano estampada en la otra pared, grande como el lado de un elefante.

 

  1. Génesis, Marco Denevi

Imaginad que un día estalla una guerra atómica. Los hombres y las ciudades desaparecen. Toda la tierra es como un vasto desierto calcinado. Pero imaginad también que en cierta región sobreviva un niño, hijo de un jerarca de la civilización recién extinguida. El niño se alimenta de raíces y duerme en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror de la catástrofe, sólo sabe llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecen, se disgregan, se vuelven arbitrarios y cambiantes como un sueño. Su terror se transforma en un vago miedo. A ratos recuerda, con indecible nostalgia, el mundo ordenado y abrigado donde su padre le sonreía o lo amonestaba, o ascendía  (en una nave espacial) envuelto en fuego y en estrépito hasta perderse entre las nubes. Entonces, loco de soledad, cae de rodillas e improvisa una oración, un cántico de lamento. Entretanto la tierra reverdece: de nuevo brota la vegetación, las plantas se cubren de flores, los árboles se cargan de frutos. El niño, convertido en un muchacho, comienza a explorar la comarca. Un día ve un ave. Otro día ve un lobo. Otro día, inesperadamente, se halla frente a una joven de su edad que, lo mismo que él, ha sobrevivido a los estragos de la guerra nuclear. Se miran, se toman de la mano: ya están a salvo de la soledad. Balbucean sus respectivos idiomas, con cuyos restos forman un nuevo idioma. Se llaman, a sí mismos, Hombre y Mujer. Tienen hijos. Varios miles de años más tarde una religión se habrá propagado entre los descendientes de ese Hombre y de esa Mujer, con el padre del Hombre como Dios y el recuerdo de la civilización anterior a la guerra como un Paraíso perdido.

  1. El primer beso, Clarice Lispector

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.

-Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer?

-Sí, ya había besado a una mujer.

-¿Quién era? -preguntó ella dolorida.

Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.

El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, solo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.

Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir…

¡Caray! Cómo se secaba la garganta.

Y ni sombra del agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo.

La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente.

¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos apenas, tal vez horas, mientras que la sed que tenía era de años.

No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando.

El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.

El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie.

Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago.

Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.

Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua.

Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua.

Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.

Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda.

La había besado.

Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.

Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.

Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil.

Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca.

Se había…

Se había hecho hombre.

  1. Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges (Ficciones)

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

 

 

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El Don Quijote Árabe

A friend of mine sent me a wonderful article written by Dr Syed Nomanul Haq, a Social Sciences and Liberal Arts professor in Karachi, Pakistan and a visiting faculty in Near Eastern Languages at the University of Pensylvania.  The article, from “Books and Authors” April 3rd, 2016, is ‘Don Quixote: Cervantes’s “Arabic Tale”’. It’s very interesting and insightful and I was pleased that finally somebody from academia was aware of it.

What surprised me is that what he said is not common knowledge among Spanish academics. As a graduate student in the year 2000 I published an article along the same lines, hoping that it would call the attention of some professors, but the review I received was something like this: “If what you said is true, why doesn’t everybody know about it?”

       I didn’t’ pursue the academic life, but I kept the article. It was called Don Quijote, Sancho Panza y el Mulá Nasrudín”. (Nasrudin is the comic character of the Arabs, akin to the Geoha figure of Sepharadic Judaism). It appeared in “Working Papers in Romance Languages and Literatures”, University of Pennsylvania, Vol.iv.1999-2000-pp113-130), and I transcribe it here in the original Spanish:

Don Quijote, Sancho Panza y el Mulá Nasrudín. Rita Wirkala, University of Washington

Pocos personajes del Medio Oriente se han vuelto tan universales como el Mulá Nasrudín de Turquía, o Gioha en la tradición árabe. Es el conocido tonto sabio, famoso por su multiplicidad y su perspectivismo, cuyas aventuras, además de haber deleitado a generaciones durante siete siglos a ambos lados del Mediterráneo, han sido y continúan siendo ampliamente utilizadas por los maestros de la doctrina sufí para ilustrar ciertos mecanismos mentales. La primera colección  de sus historias es probablemente del siglo XIII. Pero aún antes, los cuentos del Mulá Nasrudín ya habían emigrado por vía oral a varios países europeos con la diseminación de las escuelas derviches que acompañó la expansión islámica de la Edad Media, adquiriendo diversos nombres y aspectos según la región, pero siempre contando y recontando anécdotas similares. La reaparición del personaje en las figuras folklóricas de Baldekiev en Rusia o en la de Bertoldo en Italia, por ejemplo, ha sido reconocida por varios folklóricos occidentales desde el siglo XIX (1).  En la clásica obra en dos volúmenes “Der Hodscha Nasreddin” (1921), el investigador alemán Albert Wesselski reúne 515 anécdotas extraídas de fuentes turcas, y estudia el fenómeno Gioha-Nasrudín en Calabria, Sicilia, Croacia, Malta, Serbia, Grecia y Suiza. Por extraño que parezca, la presencia de las historias de este singular personaje en la península ibérica ha sido prácticamente ignorada hasta  la publicación del Índice Types and Motifs of the Judeo-Spanish Folktales, de la profesora Reginetta Haboucha. Esta autora sugiere que ya en la Edad Media existía una corriente folklórica nasrudinesca fuertemente arraigada en España,  especialmente en la tradición cuentística sefaradí.

Sin embargo, creo que el ciclo de Nasrudín no termina ahí. Un estudio comparativo de esta figura oriental con nuestro don Quijote y Sancho Panza sugiere que hay un cercano parentesco entre los tres personajes. En el corto espacio de este ensayo me propongo señalar algunos aspectos de tal parentesco, tanto en lo que se refiere a lo esencial de cada personaje como a la narración de aventuras semejantes. Reconozco el riesgo de atribuir a la más castiza de las obras españolas un origen tan poco cristiano, pero nunca está demás recordar que durante largo tiempo hubo un rechazo automático a considerar la influencia de cualquier fuente semítica en la literatura española, actitud que aún persiste en algunos medios (2). Tal vez por esta razón no sería de extrañar que el único que ha mencionado la conexión entre Nasrudín y don Quijote haya sido un autor no hispanista, el poeta y erudito inglés Robert Graves, quien,  en su prólogo al libro The Sufis, de Idries Shah,  observa:

…Cervantes’stories often closely follow those of Sidi Kishar, a legendary Sufi teacher sometimes equated with Nasrudín, including the famous incident of his mistaking mills (water mills, however, not windmills) for giants. The Spanish world QUIJADA (Quixada) derives from the same Arabic root KSHR as Kishar. (19)

Pero este no es, naturalmente, el único elemento oriental en Cervantes. Cualquier lector de las Mil y una Noches reconocerá los ecos de algunas de sus historias en la obra del gran novelista. Para dar apenas un ejemplo, en el episodio del “Clavileño” (Don Quijote, Vol II, 827), el  caballo artificial es idéntico en apariencia, mecanismo y función a otro, también de madera, de la conocida historia “El Caballo Mágico” en el palimpsesto oriental.

Antes de señalar algunas historias de Nasrudín que aparecen en el Don Quijote de la Mancha, veamos más de cerca las características de aquel curioso personaje oriental. En la introducción al Índice de Haboucha (xi,xii), Alan Dundes describe a Nasrudín como  a “a delighful wise-fool figure” (3).

Y Haboucha dice:

“Gioha is a well-known numbskull character all over the Mediterranean region, the Middle East and North Africa. He is also a popular folk hero among Sephardic Jews who lived in those areas and absorbed some of the cultural elements of their neighbors. Today, Gioha continues to be the irresistible protagonist of countless Judeo-Spanish tales and anecdotes in which he appears dumb and credulous.” (xxi)

Many of the tales stress his foolishness and literal interpretation of advice. Often, however, he is also unexpectedly witty and wise and overcomes those who mean to harm him. (xxv)

En su extenso ensayo “Nasrudín Khodja entre los turcos, los pueblos balcánicos y los rumanos” (4), el investigador francés G.I.Constantin, quien llama a Nasrudín “el bufón sabio”, describe en detalle las diversas teorías sobre el origen de Nasrudín y la época de su posible existencia,  sin llegar sin embargo a ninguna conclusión. Estas especulaciones teóricas son innecesarias — explica Idries Shah, traductor y recopilador más reciente de Nasrudín– ya que el personaje, convertido en un prototipo, fue diseñado con un propósito específico:

“Mulla (Master) Nasrudin is the classical figure devised by the dervishes partly for the purpose of halting for a moment situations in which certain states of mind are made clear. The Nasrudin’stories, known throughout the Middle East, constitute  one of the strangest achievements of the history of methaphysics.  Superficially, most of the Nasrudin stories may be used as jokes. They are told and retold endlessly in the teahouses and the caravanserais, in the homes and on the radio waves, of Asia. But it is inherent in the Nasrudin story that it may be understood at any one of many depths..”(The Sufis, 63)

Quien lee con detenimiento las sutiles historias y chistes del Mulá comprenderá que está frente a una figura esencialmente didáctica, pero de un didacticismo nada convencional, pues transmite su mensaje no a través del dogma, el rígido escolasticismo o la sententia medieval,  sino a través de situaciones ridículas. Este es precisamente el espíritu y móvil que percibimos en don Quijote: la tontería y la locura como sabiduría, como modo de despertar con una sacudida a aquéllos que se encuentran presos en los aceptados patrones de conducta.  Esta inusitada técnica de actuar por el contrario es uno de los métodos más sofisticados que se ocultan bajo una simple apariencia, característicos de la doctrina sufí, y causantes de no poco desasosiego entre los estudiosos que poco comprenden la función de la ambigüedad en las escuelas orientales. Cuando esta técnica usa el humor como vehículo de transmisión, es doblemente eficaz. Shah continúa:

“Humor cannot be prevented from spreading, it has a way of slipping through the patterns of thought which are imposed upon mankind by habit and design…”( 63).

La leyenda de Nasrudín, que introduce el manuscrito “Las sutilezas del Mulá Nasrudín” escrito en 1617 por el sufí Ablahi Mutlaq, conocido como “El Idiota Absoluto”, dice que su creador debió buscar “a Mulá who was not Mulá, who was both wise and foolish, who was both a man and many men”  (Shah, Thinkers …, 194). Ante esta descripción, es inevitable pensar en don Quijote, quien fue y no fue un caballero andante, quien fue sabio y loco al mismo tiempo, quien fue uno y a la vez muchos al identificarse con los diversos héroes de su acervo literario. Creo que Cervantes percibió, con su profunda intuición, el singular significado y función de este tipo folklórico, y lo aprovechó sabiamente en la creación de su genial don Quijote.

Veamos ahora algunas de las tantas historias, temas y motivos del Mulá que se encuentran entretejidos en el magnífico tapiz que es la historia del hidalgo caballero:

Es una noche oscura y se oye un ruido extraño. Sancho tiene miedo, y calcula la hora a través del sistema pastoril de observar las estrellas:

-¿Cómo puedes tú, Sancho -dijo don Quijote- ver dónde hace esa línea, ni dónde está esa boca o ese cocodrilo que dices, si hace la noche tan escura que no aparece en todo el cielo estrella alguna?

-Así es-dijo Sancho-; pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de tierra, cuanto más encima del cielo; puesto que, por buen discurso, bien se puede entender que hay poco de aquí al día. (Don Quijote, Vol.I, 180)

En la colección de Nasrudín, la historia es así:

Un rey cruel e ignorante, que había oído de los poderes de Nasrudín, dijo:

-Si no compruebas que eres un místico te mandaré colgar.

Rápidamente Nasrudín contestó:

-Veo cosas extrañas; un ave dorada en el cielo y demonios bajo la tierra.

-¿Cómo puedes ver a través de los materiales sólidos? -pregunta el rey.

-Miedo es todo lo que se necesita – responde el Mulá. (Shah, Las hazañas …,140) (5)

Veamos otra historia:

Durante su gobierno en la ínsula Barataria, el buen escudero debe juzgar un caso traído por un forastero. La ley ordenaba:

   Si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijera mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”… Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía,  que iba a “morir en aquella horca que allí estaba y no otra cosa”. Repararon los jueces en el juramento, y dijeron: “Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento y, conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”.(Don Quijote, Vol II, 908)

En la versión de Nasrudín, tenemos a un rey, de quien el Mulá es consejero, que sostiene que él puede imponer la veracidad en sus súbditos a través de la ley. De modo que anuncia que aquél que cruce el puente de la ciudad sin decir la verdad, irá al patíbulo. Por supuesto, Nasrudín no admite esta rígida interpretación de “la verdad”, y es él mismo quien, al día siguiente, cruza el puente. Al llegar a la orilla, los soldados lo interrogan:

-¿Adónde va usted?-

-Yo estoy en camino para ser colgado- dijo Nasrudín lentamente.

-No le creemos -le contestaron.

-¡Muy bien, si yo he dicho una mentira, cuélguenme!- dijo.

-Pero si lo colgamos por mentir, habremos hecho que lo que usted dijo sea cierto -le respondieron.

-Así es. -dice Nasrudín. -Ahora ustedes saben qué es la verdad. ¡Vuestra verdad!

(Shah, Las Hazañas… 25).

Naturalmente, el cuento está ilustrando la limitación de los razonamientos verbales. Además, las escuelas sufíes sostienen que la verdad es relativa a cada situación,  punto fundamental de su enseñanza. Precisamente este relativismo también es, como ya se ha observado muchas veces, un importante mensaje de la novela de Cervantes.

Motivos comunes a los tres personajes son abundantes.  El célebre amor de Sancho hacia su rucio es paralelo al amor de Nasrudín hacia el suyo. Del Mulá se dice que ha llorado la muerte de su burro más que la enfermedad de su esposa, y él explica por qué a los que reprochan su actitud: todos se ofrecieron a encontrarle una esposa nueva si fuera necesario; sin embargo, no hubo la misma solidaridad cuando se le murió el burro (The Pleasantries…, 40). Recordemos también cómo Sancho , estando cerca de la casa de Dulcinea, interpreta el rebuzno del burro como un buen augurio, tal como hace Nasrudín en la historia “The Omen that worked”(87).

Una interesante coincidencia entre don Quijote y Nasrudín tiene que ver con las circunstancias de sus muertes. El narrador de Don Quijote nos dice:

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y  lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero (1067).

Y de Nasrudín se dice:

Muchos países reclaman a Mulá Nasrudín como suyo, aunque pocos han ido tan lejos como Turquía al exhibir su tumba en Exhishehr, el pretendido lugar de su nacimiento (The sufíes, 65) (6)

Tal vez lo más importante en la comparación que estamos haciendo es que el texto cervantino desarrolla ciertos temas favoritos también del personaje árabe, temas que contienen elementos centrales del sistema de enseñanza del que Nasrudín participa. Por ejemplo, los clérigos y los académicos representan a menudo el dogmatismo e intelectualismo rígido, por lo cual don Quijote tiene poca simpatía, y el Mulá, indudable  aversión.  En la historia “La respuesta” Nasrudín demuestra la falacia de creer que todo puede ser entendido por medio del intelecto:

‘There is nothing without an answer’, said a monk as he entered the teahouse.

‘Yet I have been challenged by a scholar with an unanswerable question,’ observed the Mulla.

‘Would that I have been there!’ -the monk said- ‘Tell it to me, and I shall answer it’.

‘Very well. He said: “Why are you stealing into my house through a window by night?”’

(The Pleasantries…,13)

Durante su cena con los duques, el caballero andante también debe enfrentarse con la rígida lógica del clérigo y su dura reprimenda por sus así llamados sueños y disparates. Don Quijote lanza entonces uno de sus memorables discursos, y declara  que él se rige por códigos diferentes, ajenos a  la comprensión del clérigo que ve todo bajo el prisma de un estrecho raciocinio y materialismo, y que por lo tanto éste no puede ni debe juzgarlo.

¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrechez de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? (Don Quijote, Vol. II, 770)

Lo que Nasrudín dice en la historia citada con una frase aparentemente críptica “why are you stealing into my house through the window by night…?” Don Quijote lo expresa con una metáfora similar: “entrarse por las casas ajenas a gobernar a sus dueños”. Puesto esto en términos psicológicos, se comprende que estamos aquí ante la dicotomía de dos modos mentales opuestos: el verbal, lógico y lineal, representado por el clérigo y el monje de ambas historias, y el intuitivo, creativo y holístico, expresado por las figuras de Nasrudín y por don Quijote respectivamente. Este segundo modo mental es el reino del poeta, del intuitivo, del visionario, y del que sigue el estrecho sendero del buscador de la verdad (7). Juzgar la conducta y los motivos de éste exclusivamente con los métodos del modo mental lineal y prolijamente racional es como entrar en casas ajenas sin permiso, y querer gobernarlas.  Don Quijote continúa así su réplica al clérigo:

..pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. (770)

Don Quijote comprende al final de su vida que la más alta aspiración del hombre no puede ser encontrada con los métodos obsoletos de tiempos pasados:

-Señores- dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. (1066 )

El mismo motivo aparece en la historia de Nasrudín “Los nidos del año pasado” (The Pleasantries…, 163), aunque puede ser leído de dos maneras diferentes y aun opuestas, método típico de la literatura sufí que se empeña en mostrar “the duality of real being, which is obscured by conventional thinking” (The sufis, 89)

Creo que la gran novela de Cervantes es no sólo un monumento al perspectivismo, como se ha dicho frecuentemente, sino también un alegato a favor de este modo mental alternativo representado por Nasrudín, del cual el episodio de los duques es uno entre los tantos del texto cervantino.

En relación con esto, quiero señalar lo que, creo, es la esencia de ambos personajes y su significado en el contexto de la obra de Cervantes. Los hechos de don Quijote son calificados una y otra vez de contradictorios por el propio narrador. El oxímoron abunda en el texto de Cervantes, y expresiones tales como “discretas locuras,” o “graves y graciosos sucesos” son parte del título de numerosos capítulos. Recordemos que en el lenguaje del siglo XVII discreto significa poseedor de discernimiento, buen criterio y sabiduría. Esta inversión de valores, ambigüedad o aparente contradicción es un elemento característico del sistema de enseñanza sufí, lo que Nasrudín representa a menudo de una forma graciosa, andando al revés o cabeza para abajo. También el Hidalgo Caballero anda al contrario del resto de la sociedad, proclamando su extremo idealismo en el materialista siglo XVII.  Y es muy explícito en su admonición a Sancho cuando dice:

-¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? (239)

Esta posición al contrario es graciosamente dramatizada por don Quijote al comenzar sus penitencias cabeza para abajo en su retiro de la Sierra Morena (251). El Mulá Nasrudín, por su parte, es famoso por montar al revés en su burro, con el propósito de mostrar que lo que la gente llama verdad es una opinión subjetiva:

Al entrar al salón de audiencias del rey montado con su cara mirando hacia la cola del burro, el Mulá se dirige a la consternada audiencia: “Qué! -dice- ¿no se les ha ocurrido a ustedes que es mi burro el que está andando para atrás?”

Siguiendo el mismo principio de “ambigüedades constructivas”, otro tópico de la literatura sufi es representar al sabio como tonto, al hombre honrado como ladrón, al devoto como loco, (“el loco de Dios” tal como lo usara el místico cristiano Raimundo Lulio) (8).  En el libro Wisdom of the Idiots, Shah explica:

“Because what narrow thinkers imagine to be wisdom is often seen by the Sufis to be folly, the Sufis in contrast sometimes call themselves” (The Idiots. Nota preliminar)

En la leyenda oriental de El ladrón Alim, hallamos un concepto parecido. Alim dice:

“If all the honest men are in jail, then I will become a thief. A thief who knows that he is one must surely be better than one who does not” (A Veiled Gazelle,81) (9).

Sería difícil encontrar en la historia de España una época en que se sintetice mejor esta situación de infamia a la que se sometió a tantos hombres honestos. Si la Inquisición era cordura, ¿no era mejor entonces plegarse a la locura? ¿No escribió Erasmo su Elogio de la locura con el mismo espíritu de crítica a la religión dogmática y la hipocresía? (10).

En el prólogo a su novela, Cervantes está dándonos una importante aunque velada indicación del origen de don Quijote cuando habla de su paternidad, cosa que hasta hoy se ha tomado como otro chiste del autor: “… Pero yo”, dice el autor, “aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote.” (19) ¿No estaría diciendo Cervantes que en realidad ha adoptado a un personaje huérfano cuyo origen tan poco cristiano es mejor ocultar, y que, además, ha nacido en un lugar de cuyo nombre él no se quiere acordar?

Si Cervantes aprendió los cuentos de Nasrudín a través del folklore sefardí, o de labios de los mozárabes, o en los propios centros de cultura islámica durante su estadía en Argelia o en el Sur de Italia ¿le fue transmitida también la enseñanza interior que encierran las tonterías de Nasrudín?  Creo que  es muy posible (11). Notemos que  en el Don Quijote aparece la misma intención que le fue conferida a Nasrudín: congelar, por un momento, y a través del chiste,  ciertas situaciones humanas y modos de pensamientos para ser observadas; mostrar las limitaciones del subjetivismo y la multiplicidad de la realidad;  y entre aventura y aventura, señalar la dificultad de distinguir entre apariencia y realidad o, como diría el Arcipreste de Hita en un léxico más medieval, entre el meollo y la corteza. Sugiero que la misma vida e intereses de Cervantes lo habrían llevado a acercarse a la enseñanza de las  escuelas de psicología orientales y a adoptar, y adaptar, este extraordinario personaje, manteniendo su esencia de tonto sabio cuyas locuras tienen el efecto de ensanchar nuestra estrecha visión de la realidad; cuerdas locuras que, gracias al humor, se han hecho inolvidables.

Entiendo que este tema que he venido hilvanando requiere, por su novedad y, podría argüirse, su audacia, un tratamiento más profundo, tanto en la ejemplificación de los paralelos como en la elaboración del concepto básico que sustenta la mera existencia del tonto sabio en la literatura oral y escrita y su función como núcleo dentro del texto de Cervantes. De modo que, admito, este ambicioso tema ha sido apenas rozado superficialmente por limitaciones de espacio impuestas a esta presente publicación. Pero guardo la esperanza de que este trabajo sirva de estímulo para que aparezcan otros en que se registren las numerosísimas evidencias que he debido dejarme en el tintero, y para que encauce la discusión de la obra cervantina desde esta nueva perspectiva.
Notas

(1)  Para una cronología de los estudios sobre Nasrudín publicados durante los siglos XVIII y XIX, véase el artículo de Constantin.

(2)  Las razones de esta resistencia a aceptar el mujaderismo de la literatura española podrían resumirse en las palabras de María Rosa Menocal: ‘The revisionism in literary history is obviously unpopular for it involves the “ritualized murder of cherished ancestry’. (The Arabic role in Medieval Literary History, 6-15).

 (3) “The delightful wise-fool figure …whose adventures and misadventures are enjoyed in Turkey, Greece, throughout the Arabic-speaking world as well as in India and China … and in the sephardic folklore”

(4) G.I. Constantin presenta en este estudio un resumen de los tratados, traducciones y usos de los chistes de Gioha Nasrudín en Europa, e incluye materiales tan diversos como una traducción hecha por Goethe y la narración de las historias en la radio de Bucarest en una reciente emisión para niños.

(5) Según el léxico derviche, “miedo” es un término técnico que significa “activación de la conciencia”(The Sufis, 65) y Nasrudín lo usa en un doble sentido. Si Cervantes conocía o no este doble significado, no podemos saberlo por el momento.

(6) En Akshehir, Anatolia, se celebra anualmente un Festival Nasrudín, en el cual la gente se disfraza y representa las famosas bromas del Mulá. (Haboucha, xxi).Véase también el artículo sobre Gioha y la cultura Sefaradí de M.Molho, en Literatura Sefardita de Oriente, 119-20.

(7) Para un estudio detallado de las funciones cerebrales, véase el tratado de Robert Ornstein, Psychology of Consciousness.  Ornstein utiliza los chistes de Nasrudín para ilustrar cada punto de su teoría del mecanismo de la conciencia.

(8) Raimundo Lulio, el místico mallorquí del siglo XIII que escribió en árabe, fue fuertemente influenciado por los Sufis, según el mismo afirma en el prólogo de su Libre d’Amic e Amat.

 (9) El mismo carácter contradictorio lo encontramos en Abu-Fath al Iskandari, personaje de las Maqamat de al-Hamadhani (siglo X) y en Abu Zair, en las Maqamat de  Al Hariri (siglo XI). Recordemos que Rosa Lida de Malkiel vio en el género de las Maqamat un modelo para el Libro de Buen Amor cuyo narrador, el gracioso Arcipreste de Hita, es otra ambigua y contradictoria figura de la literatua española (Lida de Malkiel, Nuevas Notas…)

 (10) Es posible que Cervantes haya absorbido ideas teñidas de una postura subversiva de su maestro Lópéz de Hoyo, erasmista. Luce Lopez-Baralt señala que el erasmismo tuvo sus orígenes en los Alumbrados, y que se “injertó en un iluminismo preexistente” (Huellas del Islam, 111)

(11) Además de sus viajes , Cervantes vivía en un ambiente altamente arabizado. Según López-Baralt, hasta la misma Dulcinea del Toboso debería leerse algo así como “Dulcinea de la Morería”, por ser Toboso un ‘nido de habitantes de sangre “no limpia”’(38). Y el mismo narrador de Cervantes dice: “Estando yo un día en Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios…y como yo soy aficcionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio… anduve mirando si aparecía allí algún morisco aljaimado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante.” (Don Quijote,Vol I, 93) .

Si era tan fácil encontrar un traductor del árabe en las calles de Toledo, si Cervantes tenía una natural inclinación a leer todo lo que pudiera encontrar, hasta “los papeles rotos de las calles”, no sólo es factible sino parece hasta imposible que el autor no se hubiera acercado a la filosofía y misticismo del Islám del que España estaba tan impregnada. Recordemos que el movimiento sufí, la más refinada expresión de la cultura islámica,  había sido inmenso en la Andalusía de la Edad Media, entre árabes y judíos. Basta mencionar a Ibn Masarra, Ibn el Arabi, Ibn Tufail, Ibn Gabiron o Maimónides.También parece ser que los “Alumbrados” fue una secta derivada de una escuela sufí del norte de Africa, según indica López-Baralt (110). En la introducción a la traducción inglesa de su libro, la autora puertorriqueña incluye nuevos descubrimientos acerca de lo que ella llama “el eslabón perdido” entre el movimiento sufí de Andalusía de los siglos previos a la caída de Granada, y la posterior aparición de ideas sufíes en la literatura castellana. La vía de transmisión sería, según la autora, la cábala judío-española (xxv).

Obras citadas

Al-Hamadhani, Badi. Maqamat. London: Prendergasts, l973.

Al-Hariri, Maqamat. Trad. Amina Shah, London: Octogon, 1990.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha.. Edición y Notas de Martín de Riquer.          Barcelona: Ed. Juventud, l985.  Tomos I y II

Constantin, G.I. “Nasr ed-Din Khodja” chez les Turcs, les peuples balkaniques et les Roumains”. Der Islam, 43 (1967) 90-133.

Graves, Robert. Introducción a The Sufis de I.Shah. New York: Anchor Books, 1964.

Haboucha, Reginetta. Types and Motifs of the Judeo-Spanish folktales . New York:     Garland, l992.

Lida de Malkiel, María Rosa de. Nuevas Notas para la interpretación del LBA. NRFH 13, 1959.

Lopez-Baralt, Luce. Huellas del Islam en la Literatura española. Madrid: Hiperión, l985.

Lulio, Raimundo. Obras literarias. Ed. Miguel Batllori. Madrid: La Editorial Católica, l948.

Menocal, María Rosa. The Arabic Role in Medieval Literary History. Philadelphia: Univ.         of Pennsylvania Press, l987.

Molho, Michael, Literatura Sefardita de Oriente. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones               científicas, 1960.

Ornstain, Robert. Psichology of Consciousness. New York: Penguin Books, 1986.

Shah, Idries. A Veiled Gazelle. London: Octogon, l984

—. Las Hazañas del incomparable Mulá Nasrudín. Buenos Aires: Paidós,               1993.

—. The Exploits of the Incomparable Mulla Nasrudin. London: Octogon, 1983.

—.  The Pleasantries of the Incredible Mulla Nasrudin. London: Octogon, l983.

—-. The Subtleties of the Inimitable Mulla NasrudinLondon:  Octagon Press, 1983.

—. The Sufis . London: Octogon, 1964

—. Thinkers of the East. London: Penguin, 1971.

—. Wisdom of the Idiots. London: Octogon, l980.

Wesselski, Albert. Der Hodscha Nasreddin. I.Weimar, 1921.

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SEATTLE ESCRIBE. Primera clase 2016

En preparación para la primera clase de escritura creativa, los estudiantes leerán un cuento modelo:

 

El almohadón de plumas, del libro de Horacio Quiroga (uruguayo) Cuentos de amor, de locura y de muerte, 1917

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

              Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

              Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

              La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

              En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

              No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

            Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

           -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

          Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

              Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

              -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

              Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

              -¡Soy yo, Alicia, soy yo!

              Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

              Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

              Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

              -Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…

              -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

              Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

              Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

              Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

              -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

              Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

              -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

              -Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

              La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

              -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

              -Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

              Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

              Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

              Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

 

 

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Seattle escribe. Resumen de las clases 2015. Seattle Central Library

Resumen (Continuación)

Algunas recomendaciones para el principiante

a) La lectura es esencial para quien quiere ser escritor/a, así como escuchar música a una edad temprana es esencial para desarrollar el sentido musical. A través de la lectura se absorben, tal vez inconscientemente, los principios fundamentales de argumento y desarrollo. Para quien quiere escribir, lo mejor aún es leer activamente, observando los diferentes estilos y el manejo del lenguaje, la creación de atmósferas, el uso de figuras retóricas, voz y perspectiva del narrador, el manejo de los diálogos, de las tensiones, y otras numerosas herramientas que hacen una narrativa interesante y un estilo vívido y convincente. Esto incluye leer los diarios, porque el idioma periodístico ofrece excelentes ejemplos de las estrategias utilizadas para despertar y mantener el interés del lector. Multitud de buenos escritores fueron primero periodistas.

b) No limitarse a lo que nos es familiar. Si ha dicho por ahí que el principiante tiene que comenzar a escribir sobre lo que conoce: su gente, su ambiente, su país, sus experiencias. Pero esto no es absolutamente necesario. La única condición para elegir un tema es que te resulte fascinante, intrigante, y te de ganas de investigarlo más. Y si es intrigante para uno, seguramente lo va a ser para otros lectores. En cualquier caso, lo importante es tener algo interesante que contar. Si no hay una buena historia, no vale la pena el esfuerzo. Hay que dejar que el tema lo busque a uno/o una, y no lo contrario. ¡Que golpee a tu puerta!

 c) Extraer ideas de la vivencia diaria, de los recuerdos y de los sueños. Esto es esencial para la creación de personajes y ambientes. Si es un memoire, tenemos el problema resuelto (o casi). Si es ficción, conviene ser un buen observador, porque el propio entorno físico provee enorme caudal de material. Piensa en las características físicas de los protagonistas (incluyendo la ropa si es novela contemporánea) y psicológicas; en la creación de diálogos fidedignos; o de la atmósfera — colores, sonidos, olores. Finalmente, los sueños suelen ser una fantástica fuente de inspiración, si tenemos la suerte recordarlos y capturarlos antes de que se desvanezcan. Aquí hay algunas técnicas que tal vez ayuden: https://www.psychologytoday.com/blog/emotional-freedom/201002/how-remember-and-interpret-your-dreams

d) No hacer caso a las fórmulas. Los consabidos diagramas sobre “cómo escribir una novela”, que marcan paso a paso la evolución de la narrativa (Comienzo /Desarrollo / Presencia de fuerzas antagónicas / Crisis /Resolución, etc) y otras semejantes, en general basadas en trayectoria del héroe mítico (que Joseph Campbell expuso tan magníficamente en El Héroe de las Mil Caras) pueden ser un impedimento más que una herramienta útil, si se la quiere forzar. Si se tiene una buena historia para contar, la secuencia de la narrativa va a surgir de forma espontánea, precisamente porque esta trayectoria, según Campbell, es arquetípica, y ya la tenemos internalizada.

 e) Hacer uso del ejercicio físico y el grabador. Las mejores ideas suelen ocurrir durante un moderado ejercicio físico, porque mejora las funciones cognitivas y la solución de problemas. Una buena manera de recordar las ideas que se nos ocurren durante una caminata es llevar consigo un grabador. Se diría que la creatividad que el ejercicio, aeróbico especialmente, promueve, se debe a la mente se libra de las barreras impuestas por el stress o la ansiedad. Pero hay más, a nivel químico/neurológico. Para quien le interese el tema, un buen libro (segundo capítulo) es el último de Norman Doidge, sobre neuroplasticidad: The Brain Way’s of Healing.

f) No tomarse la escritura como una obligación diaria. Algunas personas se esfuerzan en tener una rutina, tengan o no tengan inspiración. De ahí el llamado “writer’s block”: la inspiración no llega con el mero hecho de poner nuestras sentaderas en la silla y las manos en el teclado. Otras escriben cuando sienten el inconfundible llamado de la musa que exige materializarse en la palabra. No hay un conceso en cuanto a cuál práctica es más productiva, todo depende de la personalidad de cada individuo. Pero creer que sin una rutina y disciplina no hay progreso, es una suposición falsa. Lo opuesto también.

 g) Investigar. No importa si se quiere escribir una historia corta o larga o un memoire. Hay que asegurarse de la exactitud cuando se hace mención de lugares geográficos, fechas, eventos, etc. que se presentan como fidedignos, y no confiar meramente en la memoria o suposiciones. Una autora de un libro de inmigración, por ejemplo, dijo que la niña salió de Tegucigalpa por la mañana, caminando, y llegó a la frontera de Guatemala por la noche. Es decir, recorrió a pie más de 300Km en 12 horas! Si toma tanto tiempo escribir un libro, ¿por qué no invertir un poco más en la investigación?

h) Compartir. Cuatro ojos ven más que dos, decían nuestras abuelas, y cuatro pares, podrán crear un milagro; o por lo menos, significar una gran diferencia en un manuscrito. Un club de escritores funciona bien para este propósito, y también un intercambio de manuscritos con otro escritor. Pero ojo con los criticones: especialmente cuando se está en la etapa de brainstorming, todas las ideas son válidas. Ya habrá tiempo para el proceso de selección y poda. Más de una vez se pierde un talento por hacer caso a una crítica arrogante.

i) Ser capaz de dejar la obra por un tiempo. Si se empacado y no se sabe cómo resolver ciertas situaciones o partes del argumento, lo aconsejable (después de probar con varias arduas caminatas) es dejar al inconsciente continuar trabajando “entre telones”. La solución puede presentarse en el momento menos esperado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Clases de escritura creativa para los miembros de “Seattle Escribe”, 2015. Seattle Central Public Library.

 

PRIMERA CLASE: Resumen de las clases grabadas

Principiantes y veteranos

Para el inexperto que nunca ha escrito pero siente el impulso de hacerlo, puede resultar abrumador. Pero la escritura es un arte que, como otros, se aprende haciéndolo. No hay edad para comenzar a ser creativos. La mente es un órgano mucho más plástico de lo que creemos: es solo ofrecerle el estímulo, el amor y entusiasmo, y la disciplina necesaria.

Finalmente,  para aquellos que ya son veteranos en el arte de la narrativa, puede resultar más fácil iniciar un nuevo proyecto. Sin embargo, el desafío radica en este caso en poder abrir la mente hacia otras ideas, intereses o aun géneros literarios, y combatir la terca tendencia que todos tenemos de repetir con variaciones lo que ya hemos hecho antes.

En uno u otro caso, todo escritor tendra que lidiar con el mismo tipo de problemas: liberar la mente para crear vidas imaginarias y relatarlas en un lenguaje atractivo, vigoroso y evocativo.

Por qué escribimos

En primer lugar, deberíamos escribimos para nosotros mismos, como cosa catártica, o como medio para descubrirnos y tal vez mejorarnos. Esto es porque la escritura, si se hace con sinceridad, nos obliga a pensar, a analizar cada frase y determinar si es verdadera o falsa, o a sopesar los temas que elegimos y ver qué nos dicen acerca de nuestras propias preocupaciones. ¿Son intereses legítimos? ¿Representan una búsqueda? ¿Son realmente así de importantes en última instancia? ¿Son obsesiones?

Están los escritores que dicen, yo escribo porque no puedo no escribir. Y esto es totalmente comprensible desde el punto de vista neurológico. El acto de pensar o imaginar algo produce la misma sensación, la misma qualia, –para usar el lenguaje de la filosofía–que el acto de vivir esa experiencia en el mundo. Veamos un ejemplo: una persona ve un río y dentro de su mente experimenta la sensación de ver el río. Un ciego escucha la descripción del mismo río y lo imagina. En ambos casos, es la misma parte del cerebro la que se activa, el mismo grupo de neuronas que disparan y en consecuencia producen la sensación o qualia, que es la experiencia absolutamente subjetiva.  Por eso, aquellos que disfrutan viajar en general escriben sobre diferentes territorios o culturas, por ejemplo. Sin mencionar a los sensualistas que se deleitan en descripciones eróticas y en el estímulo sexual que disfrutan en el proceso.

Hay quienes escriben para su familia, o para sus descendientes. Esta es una razón poderosa ya que escribir un memoir satisface un innegable deseo de perpetuidad, aunque sea a través de la línea familiar. Es, además, un legado cultural que puede llegar a representar un  incentivo para los descendientes.

Otros escriben para su núcleo social más cercano, para compartir su propia visión de la realidad. No importan si llegan a solo 100 lectores.  Después de todo, 100 o 150 es el número que constituye el núcleo de la tribu, la llamada unidad social básica. Si lo escrito tiene repercusión aunque solo sea en esta unidad, desde el punto de vista antropológico, debería ser suficiente.

Por otro lado, aunque un mero pensamiento en un libro influya positivamente en apenas una persona, las repercusiones (el efecto “mariposa”) son insospechables.

En resumen,  escribimos porque el proceso nos enriquece, y cumple una función social: la de compartir nuestra visión del mundo. De hecho, se conoce mejor la interioridad de un autor a cincuenta mil kilómetros de distancia que la del vecino con el cual hablamos todos los días.

Escribir por fama y dinero es una razón comprensible para el escritor profesional, el que escribe sobre fórmulas, para un editor y un público asegurado.  Pero este no es el caso para los que estamos hoy aquí. Escribir para obtener prestigio con la esperanza de encontrar esa casa editora  que nos va a publicar y el reconocimiento de un público amplio que ésta garantiza, es la más deplorable de las razones, y la más peligrosa. El trabajo creativo puede transformarse en una cadena y una maldición, porque la persecución de tal objetivo crea una serie de ansiedades y frustraciones que acabarán por alienar cualquier beneficio interior que la escritura pueda tener en el individuo.

Escribamos para nosotros mismos y para compartir: las historias son necesarias para la humanidad.

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Naturalization Ceremony Speech Video

A video of Rita Wirkala presenting the keynote speech at a naturalization ceremony in Leavenworth, WA 2015. She describes the story of her family immigrating to the United States in the 80’s, and the struggle many immigrants face while transitioning into a new life and culture.

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Aristotelismo vs. platonismo

Aristotelianism, Platonism and Artificial Intelligence (Spanish below)

One of the themes hinted at in my last novel, “Waters of the Kalahari”, refers to the two ways of seeing, or interpreting, reality: the purely logical /materialistic which dominates scientific thinking and is based on known physical laws, and the intuitive /transcendental way of seeing, which accepts the idea of a nontangible dimension of reality. This dichotomy has been referred to, in some scholastic arenas, Aristotelian vs. Platonism. Plato suggested that the reality we perceive with our senses is an illusion and, in his famous allegory of the cave, men imprisoned there see nothing but the shadows of other men and objects projected on the walls of the cave in front of them. Aristotle begins the process of elimination of all “esoteric and mystical” traces of Platonism, accepting as true only that which can be explained rationally, and proclaiming the intellect as the supreme authority.

The dispute between Platonists and Aristotelians had its heyday in the Middle Ages, and its results permeate the thinking and behavior of later centuries. The well-known Arabist Asin Palacios describes the famous philosophical controversy that arose in Muslim Spain as follows:

These two streams – the Neoplatonic school of the mystic Ibn Masarra, for example, and the Aristotelian, represented by Avicenna (Ibn Sina), Averroes (Ibn Rush) and Maimonides in Spain – were found face to face in the thirteenth century during the stage of scholastic struggles. Two Christian schools … [the accounting]: Franciscan Neoplatonic on one hand, and the Thomistic Aristotelianism of Aquinas on the other. Both struggled mightily for a coup de grace. The winner, as well you know, was Thomism. (Palacios, Selected Works, 166-169)

This quote from Palacios partly explains the rapid development of science from the Renaissance onward, with all the benefits that ensued. It must be admitted, however, that this took place disproportionately and much to the detriment of other faculties innate to human beings that are not based on Aristotelian logic. Modern academics mostly discredit Neoplatonic thought, and instead encourage materialistic rationalism, even in areas where this does not work well. Such is the outcome of the medieval debate. Thomism won.

I read somewhere –and unfortunately my sources escape me at the moment – that the controversy continues with renewed vigor in relation to jobs in AI (Artificial intelligence) in the field of computing. Latter-day Aristotelians argue that artificial intelligence will achieve the ability to think and reason autonomously and even acquire a humanlike experience of consciousness. And why not? Consciousness, after all, is the product of the neurological edifice that is the brain, which is born and dies. In other words, Aristotelians say, if the mechanics are understood mind can be produced artificially. On the other hand, detractors, the Platonists, warning that AI has severe handicaps in relation to imitating the human mind. The physicist Roger Penrose himself has declared that the development of artificial consciousness is highly unlikely.

The difficulty is that a computer, even if an accurate copy of our neural structure, is far from acquiring perception because, truth be told, science does not understand the emergent phenomenon of qualia, i.e. subjective experience. Synapses are physical-chemical phenomena; the experience itself is intangible and immeasurable. Inexplicable as a natural phenomenon.

“The hard problem”

David Chalmers introduced the term hard problem in relation to consciousness, as contrasted with so-called “easy problems”. Easy problems, by contrast, can be resolved by copying mechanisms.

It’s hard to understand why – and how – we humans and other creatures, in due proportion, have qualia: all thoughts, feelings, perceptions, mental images, emotions, and other experiences accessible only in the inner life of the individual, and not evident to an observer scrutinizing an fMRI, for instance.

How is it that a physical-chemical event can lead to a rich inner life experience, Chalmers and others wonder. The fact that a state of consciousness occurs as a result of chemical exchanges in nervous tissue is as inexplicable, they say, as the appearance of the genie when Aladdin rubs his lamp.

 As in the macrocosm, so in the microcosm

Philosophers say that the hard problem of consciousness must be described in nonphysical terms. Obvious comment: if only we could!

Some thinkers argue that conscious experience is a fundamental component of the universe, a form of panpsychism, and that the inner life is no reducible to the properties of physical processes. This does not explain a lot, but at the least it points to a dimension outside known physical laws.

This flaw in our understanding is, I think, parallel to our inability to explain fundamental natural phenomena: why would a singularity, in a quantum leap, bring forth the universe? Are we an accident or the result of an implicit order? What is the origin and ultimate reality of the universe? Why something instead of nothing? In other words, we have no idea. The more attempts to explain quantum mechanics and the nature of elementary particles the more mysteries appear. Religions have been and are attempts to explain and appease the eternal inquietude of not knowing.  Or maybe they just sweep it under the rug.

My impression is that the human mind, in its present state of evolution, is not equipped to find an answer. Perhaps Plato, heir of the perennial philosophy, actually foresaw the problem: the reality as we perceive it is illusory. We are staring at shadows in the prison of mind as it exists in its current state. Only when humanity – if it survives – develops an appropriate organ of perception not based on intellect alone will the veil lift, revealing the mysteries of the universe and the interior of our minds: On earth as it is in heaven. One wonders if we will ever leave the cave.

ESPAÑOL

Aristotelismo, Platonismo e Inteligencia Artificial 

Uno de los temas insinuados en mi última novela, “Las aguas del Kalahari”, se refiere a las dos maneras de ver, o interpretar, la realidad: la puramente lógica / materialista, que domina el pensamiento científico y se basa en leyes físicas conocidas, y la intuitiva /transcendental, que contempla la posibilidad de una realidad no tangible. A esta dicotomía se le ha llamado, en ciertos ámbitos escolásticos,  aristotelismo vs. platonismo. Platón sugirió que la realidad que percibimos con los sentidos es una ilusión y, en su famosa alegoría de los prisioneros en la cueva, lo que los hombres ven no es más que las sombras de otros hombres y objetos proyectadas en las paredes de la cueva frente a ellos. Con Aristóteles comienza un proceso de eliminación de todo rastro “esotérico y místico” de platonismo,  aceptando como verdad solo aquello que pueda explicarse racionalmente, y proclamando al intelecto como la facultad suprema.

La controversia entre platonistas y aristotelianos tuvo su auge en la Edad Media, y sus resultados han permeado el pensamiento y la conducta de los siglos posteriores. El famoso arabista español Asín Palacios describe así la célebre polémica filosófica que se suscitó en la España musulmana:

Estas dos corrientes —la neoplatónica, de la escuela del místico Ibn Masarra, por ejemplo, y la aristotélica, representada por Avicena (Ibn Sina), Averroes (Ibn Rush) y Maimónides en España—se encontraron  frente a frente en el siglo XIII, en el estadio de las luchas escolásticas. Dos escuelas cristianas…[las representaban]: la neoplatónica franciscana por un lado, y la aristotélica tomista [de Santo Tomás de Aquino] por el otro. Ambas pugnaron reciamente por la victoria definitiva. El triunfo, bien es sabido, correspondió al tomismo. (Palacios, Obras escogidas, 166-169)

Esta cita de Palacios explica en parte el rápido desarrollo de la ciencia a partir del Renacimiento, con todos los beneficios que trajo consigo. Pero esto se realizó—hay que admitir—de manera desproporcionada y en detrimento de otras facultades mentales innatas al ser humano que no están basadas en la lógica aristotélica. La tendencia moderna a desacreditar el pensamiento neoplatónico y favorecer al racionalismo materialista, aun en áreas donde este no funciona, deviene del resultado de aquel debate medieval, ya que “el triunfo correspondió al tomismo.”

En algún lugar he leído (y lamentablemente no puedo ofrecer fuentes en este momento) que  la controversia continúa con renovada importancia en relación a los trabajos en I.A. (Inteligencia artificial) en el campo de la computación. Los así llamados “aristotélicos” sostienen que la inteligencia artificial tendrá la capacidad de pensar y razonar autónomamente y aun adquirir una conciencia semejante a la experiencia humana. ¿Por qué no? La conciencia, después de todo, es el producto del edifico neurológico que es el cerebro, razonan los “aristotélicos”, porque nace y muere con él. De modo que es suficiente comprender su mecanismo para reproducirlo artificialmente. Por otro lado, sus detractores, los “neoplatónicos”, advierten que la I.A. tiene severas limitaciones si intenta imitar la mente humana. El mismo Roger Penrose sugiere que el desarrollo de una conciencia artificial es altamente improbable.

La dificultad es esta: una computadora,  aun construida copiando el modelo de la intrincada estructura neurológica del cerebro, está lejos de adquirir percepción porque, la verdad sea dicha, la ciencia no comprende ese fenómeno emergente al que llaman “cualia” (experiencia subjetiva). Las sinapsis son fenómenos físico-químicos; la experiencia en sí, es impalpable e inmedible. Inmaterial. Inexplicable como fenómeno natural.
“The hard problem”

Fue David Chalmers quien introdujo el término “problema difícil” (the hard problem) en relación a la conciencia, y lo contrasta con los “problemas fáciles” de explicar, aquellos que para su solución se requiere  la especificación de cierto mecanismo que puede realizar tal y cual función.

El verdadero problema es explicar cómo y por qué los humanos –y otros organismos, en diferentes medidas–tenemos cualia: pensamientos, sensaciones, percepciones, imágenes mentales, emociones, y otras experiencias accesibles solo en la interioridad del individuo, a diferencia de la actividad física del cerebro (que produce tal experiencia) y que es accesible al observador exterior, por ejemplo, en un fMRI.

¿Por qué un evento  físico-químico daría lugar a una rica vida interior? se preguntan Chalmers y otros. El hecho de que un estado de conciencia se produzca como resultado de un intercambio químico en el tejido nervioso es tan inexplicable, dicen, como la aparición del Genio cuando se frota la lámpara de Aladino.

Así en el macrocosmos como en el microcosmos

La conciencia, dicen los filósofos del “hard problem”, debe ser descrita utilizando medios no físicos.

Un obvio comentario: ¡Si solo pudiéramos!

Algunos pensadores argumentan que la experiencia consciente es un componente fundamental del universo, una forma de panpsiquismo, y que   la  “vida interior” no es lógicamente reducible  a las propiedades de los procesos físicos. Tampoco esto explica  mucho, pero al menos señala hacia un componente fuera de las leyes físicas conocidas.

Esta falencia en nuestro entendimiento, creo, es paralela a nuestra incapacidad de  explicar los fenómenos naturales fundamentales: ¿Por qué un salto cuántico en el momento de la “singularidad” daría lugar al universo? ¿Somos un accidente o el resultado de un orden implícito?  ¿Cuál es el origen y la última realidad del universo? ¿Por qué “algo” en vez de “nada”? En otras palabras, no tenemos idea. Cuanto más se esfuerza la física en explicar la mecánica del quantum y la naturaleza de las partículas elementales, y aplicar la teoría a nivel cósmico, más misterios aparecen.  Las religiones han sido y son intentos de dar una explicación y apaciguar la eterna inquietud de no saber. O al menos, barrerla bajo la alfombra.

Mi impresión es que la mente humana, en su estado actual de evolución, no está equipada para encontrar una respuesta. Tal vez Platón, heredero de las filosofías herméticas y perennes, realmente vislumbró el problema: la realidad que percibimos es engañosa. Estamos observando las sombras de las cosas en la prisión de nuestra mente en su estado actual. Sólo cuando la humanidad –si sobrevive – desarrolle un órgano de percepción adecuado no basado en la lógica del  intelecto,  podrá “levantar el velo” que nos separa del conocimiento, y “develar” los misterios del universo y de la privacidad de nuestras mentes: Así en la tierra como en el cielo. Me pregunto si algún día saldremos de la cueva.

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El cincuentavo aniversario del lanzamiento del libro “Los sufis” de Idries Shah. The 50th anniversary of the first publication of the “The Sufis” by Idries Shah.

(English below)

El 2 de Octubre pasado se celebró en Londres el 50vo.aniversario de la publicación del libro “The Sufis” de Idries Shah, y el lanzamiento de una nueva edición. Mi esposo y yo acudimos al evento para apoyar la iniciativa de la ISF (Idries Shah Foundation) de reintroducir en un nuevo formato la obra del autor, ya que este libro ha sido uno de los más influyentes en nuestras vidas, desde su primera lectura, hace poco más de cuarenta años. Continue reading

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