¿Quién escribió el libro de Isabel Allende “Largo pétalo del mar?”

 Cuesta creer que salió de la misma pluma que escribió otros libros magníficos. (Todavía recuerdo con gusto sus novelas Isabel del alma mía, o La isla bajo el mar, dos novelas históricas no solo informativas sino bien escritas, intrigantes.) Me pregunto si la autora estaría con prisa y la largó así nomás sin ponerle el amor y la dedicación que merece la buena literatura, o si yo, como lectora, me he vuelto más exigente. Después de haberme debatido bastante tiempo sobre la ética de hacer una crítica negativa de una escritora tan querida y admirada como ella,  he decidido hacera pública, y especialmente después de haber comprobado que no soy la única que se embarca en tan temeraria tarea. Leí un comentario de alguien que cuenta a la autora entre sus favoritas y, sin embargo, no pudo terminar su último libro, Largo pétalo de mar. Dice: Era mi escritora favorita, pero al leer este…no lo podía creer, lleno de frases clichés ¡ y el barco!! La descripción perfecta del Titanic. Ni lo terminé.

            “Llena de clichés” es lo que yo pensé en cuanto la leía. Pero yo sí terminé de leerla, porque era la lectura de turno de mi club de libros.

            No le niego su valor educativo para aquellos que no conocen mucho sobre el exilio de los españoles durante la Guerra Civil y sus incontables miserias en los campos de refugiados de Francia. O sobre el heroico esfuerzo del poeta Neruda en fletar a más de dos mil de ellos a Chile y la buena acogida que tuvieron entre la población chilena. Admito que aprendí sobre unos hechos históricos interesantes. Asimismo, el libro tal vez informe a los que desconocen o todavía niegan las atrocidades de la era Pinochet; o la intervención de los Estados Unidos— no solo en el desenlace final del gobierno Allende sino en el desabastecimiento para socavar su gobierno. Pero aparte del valor informativo que pueda tener, como obra literaria da pena.

            Por empezar, aunque muchos lectores concordemos con su posición y nos dé gusto leer las denuncias de las dictaduras,  una novela, aunque sea histórica, todavía es novela, no una tesis, por lo tanto, debe atenerse al principio de “mostrar más que decir”.  Frases como “Y en eso tenían razón porque…” no tiene cabida en la voz de un narrador supuestamente objetivo como lo es el de la tercera persona, no protagonista. Inyectar opiniones políticas cabe solo a sus personajes. Es cierto que en algunas ocasiones sí lo hacen, por ejemplo, cuando dice:

            –Para impedir esa imaginaria dictadura de izquierda se ha impuesto una implacable dictadura de derecha.

            Admito también, en su favor, que ha habido un esfuerzo de ser ecuánime, por ejemplo, al mencionar las atrocidades de la izquierda y no solo la de los franquistas. Pero otras veces el sesgo ideológico es demasiado frontal, y linda con lo panfletario. Y no solo sobre política opina el narrador. En otra ocasión dice:   

            Para ser ingleses, la comida resultó aceptable.

            Tal declaración de un narrador omnisciente, como si fuera un hecho irrefutable, suena extraña. (Yo no soy una connoisseur de la gastronomía internacional, pero me consta que la chilena no se encuentra entre las más destacadas por su variedad, diversidad de sabores o exquisitez.)

           Tampoco le ha puesto cuidado al lenguaje, y hace hablar a los personajes peninsulares con vocablos que pertenecen al léxico latinoamericano, según me informó con disgusto una colega española. En cuanto al estilo narrativo, me ha resultado chato, desabrido, repetitivo.

             Pero tal vez lo más lamentable es la profusión de lugares comunes y frases hechas, no examinadas, sin mencionar el final predecible, digno de una telenovela.  

            Por ejemplo, el narrador dice: Eran opuestos de carácter y por eso se entendía bien.  Suena a psicología popular, impresa en la página sin analizarla, porque así le vino. Nada indica que esto sea un hecho constatado. Los opuestos de carácter a veces se entienden, sí, y otras tantas veces se agarran de los pelos, se divorcian, se detestan. La frase es un truismo de esos que no se mantienen cuando cotejados con la realidad.  

Otras frases puestas a la ligera: en dos ocasiones al menos, los protagonistas disfrutan del absoluto silencio de la naturaleza ¿Qué silencio absoluto? Que yo sepa, la naturaleza no es ni un poco silenciosa… Tal vez en el Atacama, pero no en los bosques andinos, no todavía.  

            También pone en boca de sus personajes trozos de sospechosa sabiduría, y no con la intención de delinear su carácter, ya que no aportan nada, como esta:

             Si uno vive lo suficiente, todos los círculos se cierran.

            Supongo que “suficiente” sería un tiempo infinito, ya que, estadísticamente, en la eternidad todo es posible. En nuestro humano lapso temporal, el único circulo que se cierra con absoluta certeza es el de la vida, con la propia muerte. Lo demás sucede a veces, y otras veces no. Los círculos se cierran en las novelas por una necesidad argumental y, diría, convencional.  En fin, la autora se sirve de otro cliché, puro y simple.

            Me espantó leer esta otra oración, con referencia a dos personajes y sus clandestinas aventuras amorosas, que se extendieron durante largo tiempo.  

            Aitor quería y respetaba a su bella mujer, tanto como Roser a Víctor.

            ¿Qué quiso decir la autora con “quería y respetaba…”? ¿Desde cuándo la deslealtad, la quiebra de la confianza y la mendacidad son sinónimo de respeto? No es que yo prefiera un dictamen moralista hacia los amantes. Pero al menos evitar esa frase tan equívoca, y hasta molesta para las mujeres. Si el narrador omnisciente es aquel que mira dentro del alma de sus protagonistas seguramente vería algo más que respecto: una infidelidad que se la condona a él mismo, pero no se la permitiría a su esposa. ¡Ah, no, eso no, eso tiene otro nombre!  Y para rematarla, resulta que el tal amante “respetuoso de su mujer” queda paralítico al final de su vida, y al amoroso cuidado de ella. Uno se pregunta si la abnegada señora lo habría cuidado y limpiado el trasero durante su senectud, de haber sabido de sus mentiras y deslealtad. ¿O lo hizo porque, como se sugiere más tarde, era la madre de sus hijos, la esposa legítima…etc.?  Sin embargo, la autora dice:

            Después que quedó postrado por la parálisis lo tuvo para ella sola y llegó a quererlo más que antes, porque descubrió sus enormes virtudes… envejecían juntos en perfecta armonía, rodeados de su familia. “

            ¡Dios me libre de tantos clichés! Este párrafo, además de estar plagado frases hechas, una detrás de la otra, parece salida de otra mente, no la de una escritora inteligente como I.A.  ¿Qué mensaje está queriendo dar la autora? Si el sujeto no hubiera quedado paralitico tal vez habría continuado sus andanzas y una vida de duplicidades. Resulta que la enfermedad puso de manifiesto sus enormes virtudes antes escondidas… y ahora por fin llegaban a la perfecta armonía, rodeados de su familia…  ¡Por favor, Isabel!

            La idea del “niño bien” de la casa enseñando a leer a la empleada doméstica es una imagen tierna, pero es otra variante de los miles de versiones de la Cenicienta, con un toque latino y socialista.  ¿Por qué nunca se lee que es la niña de la casa quien enseña a leer al negro o al indio sirviente o chofer? Por otro lado, a Juana, este personaje tan importante que vivió para servir a la familia, no se le conoce ninguna vida sexual, aunque todos los otros personajes la tienen. Ella no, no mereció ni una mención. Bastó con el humano toque de haberla alfabetizado.  

             Hay algunos pasajes líricos en la narrativa. Mi preferido es la descripción de la llegada de los inmigrantes a Valparaíso por la noche,  una ciudad mítica salpicada de diamantes; y la posterior recepción por parte de los chilenos.

             Otro momento memorable, en una de las pocas instancias humorísticas, me hizo sonreír:  el embajador chileno instruye a sus ciudadanos, invitados a un almuerzo en el castillo de un duque inglés, sobre la etiqueta:

            Debian fingir que la servidumbre no existía, pero convenía saludar a los perros,  abstenerse de comentar sobre la comida, pero extasiarse con las rosas..etc.

            Fuera estos momentos, y algunos trozos informativos sobre el exilio en Chile, desde el punto de vista literario, el libro deja mucho que desear.

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New book Press release- Nota de prensa

LA MAGIA DE LA PALABRA. GUIA PARA LA ESCRITURA EN ESPAÑOL.

Esta guía para la escritura creativa,  dirigida a los escritores y escritoras hispanohablantes, asienta los fundamentos de la composición literaria. Lejos de ser un tratado árido y académico, está redactada de forma coloquial y no exenta de humor. La magia de la palabra es una recopilación y ampliación de las clases dictadas en la Universidad de Washington y en la Biblioteca pública de Seattle. Incluye tópicos tales como la voz narrativa y el tiempo verbal, la depuración del léxico—evitando algunos vicios del lenguaje y la verborragia, e incluyendo lo que le da vitalidad y elocuencia, tales como el uso de las figuras retóricas—; los diversos estilos de diálogos, la revisión y autoedición de texto, y la aplicación del concepto de E-prime en el idioma español. Cada capítulo se encuentra ilustrado con ejemplos literarios, ejercicios pertinentes y otras estrategias para desarrollar y pulir el arte narrativo.

Por el mes de junio, el libro se encuentra disponible en Amazon.com $13.50

Presentation:

El contenido del libro esta asimismo resumido en las siguientes clases en línea:

(voz narrativa y tiempo verbal)

(personajes y diálogos)

(poesía, ritmo, rima, etc.)

https://youtu.be/fpa5FciJcIc
(figuras retoricas)

(depuración de léxico)

(sintaxis, oraciones y ritmo)

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La pava no es la señora del pavo

Notas sobre los capítulos 3, 4 y 5 de La magia de la palabra. Guía para la escritura en español.

Para lograr un buen estilo, el escritor o escritora debe dar igual peso a lo que se incluye como a lo que se excluye. Siguiendo tal principio, en estos capítulos dedico varias páginas no solo a la eliminación de lo inapropiado sino a las varias estrategias para lograr excelencia en el estilo. Para quien prefiera escuchar, el siguiente video dará la pauta del contenido de algunos capítulos.

En cuanto a la necesidad de exclusión de elementos que desmejoran un texto, en el capítulo tres me refiero, entre varios temas, al lenguaje estereotipado, sexista y prejuicioso; y a los clichés, truismos y otros lugares comunes que a veces se escriben por hábito, sin analizar su contenido. Creo que el enunciado socrático “Una vida no examinada no vale la pena ser vivida”,podría parafrasearse como: “Una idea no examinada no vale la pena ponerla por escrito”.

En el mismo capítulo advierto sobre el uso y abuso del lenguaje coloquial o regional, porque esto ha sido motivo de ciertas amigables discusiones con mis colegas. Propongo que, mientras el léxico y la gramática del personaje deberá reflejar el de su grupo social, étnico y regional, el narrador tendrá que mantener un español estándar (a menos que sea un narrador en la primera persona, un Yo que es asimismo protagonista de la historia).

 En cualquier caso, si el texto abunda en una jerga no común al lector hispanohablante, puede que se necesite un glosario o explicación al pie de la página. Un chileno no sabe lo que son los huaraches y un mexicano no sabe lo que es la “pava” (que, de hecho, no es la hembra del pavo, sino la tetera o escudilla para cebar mate en Argentina y Uruguay).

Advierto asimismo acerca de las cacofonías (te traje un trapo para limpiar los trastes, por ejemplo, aunque, hablando de “trastes”, en Argentina es otra cosa…); de los pleonasmos, (subió arriba, entró adentro, etc.) y de las simetrías automáticas en la prosa, como hace Florentino Ariza en la novela Amor en tiempos de cólera del maestro GGM. 

Además de estos vicios del lenguaje, señalo otros problemas comunes a los escritores de nuestro medio, tales como los anglicismos y el abuso de la voz pasiva, ambos por contagio del idioma anglosajón.

El capítulo 4 lo dedico a combatir la  “verborragia”, lo que incluye  las oraciones innecesariamente extensas u ornamentadas, las repeticiones, el lenguaje grandilocuente y afectado y, en especial,  lo superfluo y redundante, que tanto brillo quitan a un trabajo literario.

Me consta que es especialmente penoso para el escritor tener que deshacerse de aquellas frases estupendas que tanto lo entusiasmaron en un principio. ¿Cómo voy a cortar esta explicación tan necesaria y este pensamiento magnífico?

A veces no son más que una torrencial lluvia de adjetivos o adverbios; otras veces, las explicaciones que no aportan nada a la narrativa. Mi esperanza es que el autor o autora se convenza de que no es necesario decir, por ejemplo, “me puse el pijama antes de ir a dormir”; a menos que sufra de sonambulismo y lo haga después…

A cada paso me aseguré de incluir algunas estrategias para combatir estos excesos, e ilustrarlas con ejemplos.

Pero mi mayor—o tal vez única—contribución original en este campo, es la mención y elaboración de una estrategia totalmente novel, al menos en la escritura en español, que introduzco en el capítulo 5: el E-prime.  Se trata de un concepto ideado por el lingüista David Bourland, que consiste en expresarse excluyendo todas las formas del verbo to be en cualquiera de sus conjugaciones y tiempos. En mi experiencia, el E-prime sirve de herramienta para aclarar el pensamiento y fortalecer el texto. Lo he aplicado, en nuestra lengua con la substitución de sus equivalentes, los verbos SER y ESTAR, y ampliado al uso de otros verbos “anémicos”, como el HABER y el TENER.

Invito a mis lectores a contar hoy una breve historia o describir una escena a algún interlocutor que se avenga a escucharlo, sin usar los cuatro verbos citados en ninguna de sus formas y derivaciones: ser, estar, haber tener.

¡Buena suerte!

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Abuela, a robber is a bad man! Introducción a “La magia de la palabra”

Mi nieta de tres años me preguntó si su muñeca, que estaba precariamente sentada al borde de la mesa, se iría a romper si se caía. Y le siguió este diálogo:

“No, honey, your doll is rubber”, le contesté.

“No, Abu, She’s not!! A robber is a bad man!”.

Por este y otros motivos, yo escribo en español.

Este es uno de los tópicos con que introduzco mi último libro, La magia de la palabra: Guía para la escritura creativa en español. Volumen 1 (que será lanzado a mediados de Junio)

Entre los que vivimos en estas latitudes, algunos piensan que sus varias décadas de inmersión en los Estados Unidos les confiere una indiscutible habilidad para redactar en perfecto inglés, como un hablante nativo. Es posible que así sea. Y es probable que no lo sea. Si rubber y robber se les entreveran en la lengua como a mí, esto es indicativo de una falta equivalente en el lenguaje escrito, en su gramática, en sus giros idiomáticos y en el uso asistemático y azaroso de las preposiciones del idioma anglosajón. A ellos y ellas les digo, ya en el primer capítulo de este libro, que es más prometedor, enriquecedor y genuino recuperar la memoria y hacer resucitar el idioma materno, que tratar vanamente de pasar por gringo o gringa.

También desde el comienzo he querido animar a los que, por alguna razón u otra, nunca dan a luz ese cuento o esa novela que llevan adentro y anhela por salir, porque se han acuartelado en una posición de yo no puedo, ya soy vieja, quién me va a leer, de qué voy a escribir…les digo entonces que los jóvenes tienen más tiempo por delante, pero los viejos tenemos más historias para contar; y resumo la mía:

[En este libro] volqué mi vivencia como alguien que se ha iniciado en el arte de la escritura después de un proceso de rescate y reaprendizaje de la lengua materna, que se vio primero soterrada bajo el dulce idioma portugués en mi largo pasaje por tierras brasileñas y, más tarde, en este otro ámbito anglosajón donde me encuentro hoy.  Yo, como mis estudiantes, somos todos sapos de otro pozo. Sin embargo, a fuerza de invocar y evocar ese lenguaje a veces sepultado bajo el signo de asimilación cultural, o simplemente abandonado en un rincón mental poco visitado, pudimos al fin recrear el pozo nativo, refundar nuestra propia laguna, limpiarla de voces extranjeras que pugnan por imponerse y cantar nuestro propio canto. Nada nos lo ha impedido.

Admito que no es una tarea muy simple, pero ofrezco las varias razones por las cuales es gratificante. Ciertamente, ser escritor es una rara manera de ser feliz. Pero las raridades, cuando son prometedoras, también merecen su lugar. Por eso en el primer capítulo me aboco a dar una serie de recomendaciones para lanzarse a la aventura, unas ya consagradas por los que han tratado el tema, y otras de mi propia cosecha.

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El Volumen 1 agregado al subtítulo conlleva un pensamiento optimista: la esperanza de que aparezcan futuros volúmenes 2, 3, etc. Esto es, si no sucumbo a alguno de nuestros modernos Jinetes de la Apocalipsis, encabezados por el Covid 19 y seguidos por el desplome económico que me obligue a usar mis horas en cultivar zanahorias y lechugas en mi huerta.

El subtítulo Guía para la escritura creativa en español avisa al lector que el libro no solo explica teóricamente los aspectos básicos de la excelencia en la escritura, sino que ofrece estrategias para evitar algunos errores comunes y embellecer el estilo, incluyendo ejemplos, así como ejercicios al final de cada capítulo. El título La magia de la palabra refleja mi convicción de que a la escritura la ilumina ese duende que habita el modo mental intuitivo y perceptivo, el que invocamos cada vez que tomamos la pluma, real o digital. La creatividad surge de un laberinto de conexiones de tan esquivo algoritmo como la alquimia. Creo que ese sortilegio cerebral es la quintaesencia humana.

Finalmente, el tono del libro, así como lo muestra su portada, lejos de ser académico y árido, es coloquial. (El humor, como sabemos, nace del hemisferio cerebral creativo):

El segundo capítulo lo dedico a señalar ciertos parámetros que debemos fijar de antemano para ahorrarnos tiempo y frustraciones: el público lector, la voz narrativa y el tiempo verbal que vamos a escoger. Continue reading

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Nuevos datos sobre el origen del Homo Sapiens

¡De haberlo sabido, cuando visitamos el lago Makgadikgadi, me habría arrodillado para besar la tierra ancestral!
Ya se sospechaba hace tiempo que el origen del Homo Sapiens había que buscarlo en otro lado. Por eso, en mis “notas etnográficas” del 16 -09-14 sobre los Koisan (en relación a mi novela Las aguas del Kalahari) me animé a proponerlo, adjuntando esta cita de Spencer Wells, en The Journey of Man: “Por lo tanto [los bosquimanos], representan una de las poblaciones más antiguas existentes y menos adulteradas genéticamente.”

Y he aquí una nueva evidencia, publicada hace tres días:

 Nuño Domínguez 28 OCT 2019 – 13:11 EDT

La genética sugiere que nuestra especie surgió en un paradisíaco humedal de Botsuana. El ADN materno de nómadas africanos muestra que los humanos actuales vivieron hace 200.000 años en el lago Makgadikgadi.

 

Botswana bushman house

 Bosquimano mostrandonos su casa en nuestra visita al Kalahri, Botswana 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Books for the Caravan

Taking advantage of free miles, on 5 January, my husband Elwin Wirkala, together with a friend and myself flew to San Diego. That same afternoon we crossed the famed border between the haves and have-nots, or, as our Tweeter-in-Chief would say, the border between criminals, rapists, drug traffickers, terrorist, mafiosos and who knows what other riffraff is invading our country.

So we were walking the vibrant Tijuana downtown near the iconic and monumental Clock Arch on the Avenida de la Revolución pulling suitcases with around 100 books in each which we aim to distribute to the children of the criminals, rapists, drug traffickers, etc. To our surprise, we did not meet a single one of these malignant personages and we arrived unscathed back at our hotel.

There, what we had heard was confirmed: a large part of the caravan of these criminals and other scum had already dispersed. Of the 7000 individuals who left Central America in October escaping violence and poverty with plans to cross the “line” and ask for asylum, they were only some 2000 left in Tijuana. Some had fallen by the wayside in the course of their long journey. Others, rejected by the officials of Homeland Security and deported, where on their painful return to their countries. Many others accepted the generous offer of the Mexican government to remain in that country and receive a work permit. Some feew, we were told, had taken the bull by the horns and sought illegal entry more to the east, climbing over the fence or trying to dig under it, where it exists, or risking their lives crossing the desert. (If they survived, they have surely been picked up by ICE by now.) The rest, those who still nourished the hope of a legal crossing, of being heard and accepted into the United States, had already been transferred to a new immigrant center on the outskirts of Tijuana called El Barretal, the first shelter having been closed down by the health authorities.

Armed only with our children’s books, we went to face the terrible mob in El Barretal. The military police charged with keeping order there received us with undetectable enthusiasm. Our guide told us not to deliver the books directly to the families, as was our intention, but to leave them for Global Vision volunteers who, next-day, were coming to organize activities with the children. They also forbade us from taking pictures of minors. Since no one is his right mind could argue with these guardians of the public well being, we left the first suitcase in Reception as instructed.

The guide showed us the facilities and explained that various organizations are busy providing food and health services to the migrants, who receive four and even five meals per day. “They are super well-fed,” he said. The shelter consists of a large cement patio where single man camp in an orderly file of tents, plus a pavilion which was formerly used as a dance floor of ill fame and which now shelters families, each one with a small tent. In vain we looked for the threatening faces of assassins and criminals. We only saw a large group of humble people, hopeful and thankful for the Mexican government’s help offered.

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As it was January 6th, Día de Reyes, a group of seminarians had arrived and a Bach chorale could be heard, giving the place a festive and religious air. Immediately afterwards the event of the day was announced. A pair of young clowns drew an audience of children and began with a very Latin and quite sexy dance which provided great joy to the children and, perhaps, the seminarians. Mothers took pictures of their young. Naturally, they wanted to have a memory of their stay in the limbo of El Barretal, so distant from their homes and so near the illusory Paradise. We know that only about 9% of asylum-seekers actually gain asylum. Did they know this? I didn’t have the heart to ask them.

In the afternoon we walked to our second destination: a clinic managed by the American NGO The Other Side. There we left our second suitcase full of books. Around 20 kids visit the clinic on a daily basis, we were informed, and a small children’s library will be set up in the waiting area.

The following day we visited another shelter in the North Zone, a neighborhood well-known for its mini skirted girls with high heels and for the drug traffickers who roam its streets. In this shelter, organized by a local NGO, “The Ambassadors of Jesus 2000”, or some such, received us with little sympathy. The door guard seemed reluctant to open it, and when he did, he prohibited any pictures of the minors. A little one came up to me and asked for a book on dinosaurs. I did not find one, but he was satisfied with another one, about astronauts.

Here also the migrants, all families in their tents, seemed well fed. A recently-arrived teary-eyed Honduran couple told us how a gang had burned their house and killed a family member for not having come up with the monthly payment required of his small business. This type of extortion is common in a country where law doesn’t practically exist and the government doesn’t govern. The man had documented his complaints with the authorities. This will, perhaps, giving a right to asylum. But perhaps not.

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As we were conversing, my husband took various photos and videos and the door guard ordered him to erase them. He did not. An anarchist with regard to rules he thinks absurd, he put his phone back into his pocket and left the place abruptly; and we followed. The guard phone the police or at least said he was doing it. At this point our friend, who grew up into Tijuana and said she knew her people, their neighborhoods and the police, urged us to pick up the pace, murmuring something about the North Zone, Mexican federal jails and other horrors. As we made haste to the main street and got into a taxi, a police car came around the corner.

That same afternoon, our friend left for the airport and Seattle. Elwin and I went to Lo Algodones by bus, crossing the extraordinary stone mountain geography called La Rumorosa. As if a divine but eccentric Architect had thrown numberless stones here and there which fell one atop the other in great rock piles of the strangest forms, La Rumorosa is part of a continuous geographical phenomenon on both sides of the border. It is unthinkable that a human being could cross such a mountainous rock pile. However, when days afterwards we returned in the opposite direction on the Arizona side, several patrol cars were stationed beside Highway I8 on the alert for the appearance of some unlucky undocumented migrant.

After our appointment in one of the 350 dental clinics in Los Algodones, we took a rental car to our last stop, San Luis Rio Colorado, in the State of Sonora.

Having heard of a caravan of migrants from Central America, poor families from Guerrero and Chiapas also decided to embark on the same adventure and, walking 50 km per day, they arrived at this port of entry. There was also a group of Cubans who had decided to try their luck. We walked on a street parallel to the “line”. The sidewalk was festooned with tents and other improvised shelters consisting of tarps, plastic, string and sticks. There is no government aid in evidence. We were told that the Catholic Church sometimes provides food. These people were organized themselves by themselves. They kept the sidewalk clean and each family or individual that arrives receives a number which they immediately give to the authorities “on the other side”  who? will keep track of access over the pedestrian walkway. We counted about 70 families and some 150 children. There they live day and night, paying attention to the numbers called. The announcement is made only twice a day “in order to avoid confusion”, a border official explained. At that rate, the final travelers would wait at least a month before being called. It is most probable that their requests will be rejected. They, however, seem not to know this, because those who are called enter through one place and are deported through another, after a few days of detention by Homeland Security.

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The children of San Luis Rio Colorado received in the remainder of the books. They approached respectfully with their parents, then made their books selection from the open suitcase. They then disappeared into the tent and plastic caves with their little book under their arms while the parents thanked us with heartbreaking humility. No one asked us for money.

Their lives are also in limbo like babies who die unbaptized, according to Catholic legend. But this earthly limbo must be worse than the celestial variety. Here it seems that God has forgotten them. Or perhaps he has made a pact with the followers of Trump.

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Summing up, this is the “great border crisis”. These are the criminal hordes, the mafioso rapists, terrorists and other low-life’s who threatened the territorial and cultural integrity of the United States of America according to our Great Leader. These several hundred innocent families, with their runny-nosed babies in their arms, with their incredibly candid naivety believe that the doors of the Colossus to the North will be open to them by dint of the fact that they are poor.

We left, satisfied and sad. Satisfied for having seen some little happy faces of children turning colored pages with numbers, animals, witches, grandparents. Sad because we know that the majority of them will not have the opportunity to realize their most modest dreams.

 

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Libros para la Caravana

Aprovechando millas para un vuelo gratis, el sábado 5 de enero, mi esposo Elwin Wirkala, una amiga  y yo nos embarcamos para San Diego. Esa misma tarde cruzamos la célebre frontera entre los haves y los have-nots, o, como diría nuestro Tweeter-in-Chief, la que nos separa de los criminales, los violadores, los traficantes, los terroristas, los mafiosos y quien sabe qué otro tipo de gente que está invadiendo nuestro país [sic].

Al rato ya andábamos en el centro de la vibrante ciudad de Tijuana bajo el icónico arco-reloj monumental en la avenida de la Revolución, cargando maletas con unos 100 libros en cada una, destinados a los niños de los criminales, violadores, traficantes, etc. Para nuestro desconcierto, no vimos a ninguno de estos malignos personajes y llegamos ilesos a nuestro hotel.

Allí nos confirmaron lo que ya habíamos escuchado: que una gran parte de la Caravana de estos criminales y otras malas yerbas, ya se había dispersado. De los siete mil individuos que salieron de Centroamérica en octubre, escapando la violencia y la pobreza con planes de cruzar la “línea” y solicitar asilo, solo quedaban en Tijuana unos dos mil. Algunos quedaron por el camino de su largo peregrinaje. Otros, rechazados por los oficiales del Homeland Security y deportados, ya habían emprendido el doloroso retorno a sus países. Muchos otros aceptaron el generoso ofrecimiento del gobierno mexicano de quedarse en Mexico con un permiso de trabajo, o de pagarles el viaje de vuelta a sus países de origen. Y unos pocos, nos dijeron, tomaron el toro por los cuernos y buscaron una entrada ilegal más para el Este, saltando sobre el muro o cavando por debajo de él, donde lo hay, o sorteando cactus y arriesgando sus vidas en el desierto. (Seguramente a esta altura ICE ya deben haberlos aprehendido). Los restantes, los que aun albergaban esperanzas de cruzar legalmente, de ser escuchados y aceptados en los EEUU, ya habían sido trasladados a un nuevo centro de inmigrantes en las afueras de Tijuana, llamado El Barretal, después de cerrarse el original en el centro, por razones de salud.

Sin más, y armados con nuestros libritos infantiles para enfrentar la terrible turba, al día siguiente nos dirigimos al Barretal.  La policía militar,  a cargo de mantener el orden del lugar, nos recibió con un entusiasmo algo ambiguo.  Según nuestro guía, no debíamos entregarles los libros directamente a las familias como era nuestra intención, sino dejarlos a disposición de las voluntarias del Global Vision, quienes al día siguiente vendrían a hacer actividades con los niños.  Además, nos prohibían tomar fotos de los menores. Como nadie en su buen juicio iba a discutir con este tipo de guardianes del bienestar público, acatamos las órdenes, y dejamos la primera maleta en la recepción.

 

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El Barretal, Tijuana

El guía nos mostró las instalaciones y explicó que varias organizaciones se ocupan de la alimentación y la salud de los migrantes, quienes reciben 4 y hasta 5 comidas por día.  “Están sobrealimentados” dijo. Este albergue consta de un gran patio cimentado donde acampan los hombres en una ordenada hilera de tiendas de campaña, más un pabellón que había sido una pista de baile de mala fama y que ahora cobija a las familias, cada una con su pequeña carpa. En vano buscamos los rostros amenazantes de los asesinos y criminales.  Solo vimos a un montón de gente humilde, esperanzada y agradecida por la ayuda que el gobierno de México les estaba brindando.

Como era Día de Reyes, había llegado un grupo de seminaristas. Un coral de Bach se escuchaba de un altavoz. Todo esto daba un aire al lugar entre festivo y religioso.  En seguida se anunció la función del día. Un par de jóvenes payasos congregaron a la audiencia infantil, y comenzaron con un baile muy latino y muy sexi, para alegría de los niños, y tal vez, de los seminaristas. Las madres tomaban fotos de sus pequeños. Es natural que quisieran llevarse un grato recuerdo de su estadía en el limbo de El Barretal, tan lejos de sus hogares y tan cerca del Iluso Paraíso. Nosotros sabíamos que se les otorga asilo solo al 9% de los solicitantes. ¿Lo sabrían ellos? No tuve el coraje de preguntárselo.

Por la tarde nos encaminamos a nuestro segundo destino: una clínica manejada por la ONG Al otro lado de los E.E.U.U. Allí dejamos nuestra segunda maleta. Como unos veinte niños acuden diariamente, nos informaron, iban a formar una pequeña biblioteca infantil en la sala de espera.

Al día siguiente visitamos otro albergue en la zona Norte, barrio afamado por las señoritas de minifaldas y tacones y por los narcotraficantes que pululan en sus calles.  En este albergue, organizado por una ONG local, “Los embajadores de Jesús 2000” o algo parecido, nos recibieron con muy poca simpatía. A regañadientes nos abrieron la puerta, pero nos prohibieron tomar fotos de los menores. Un pequeño se nos acercó y me pidió un libro de dinosaurios. No encontré ninguno, pero se conformó con otro de astronautas.

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También aquí los migrantes, todas familias en sus tiendas de campaña, parecían bien alimentados. Una pareja de Honduras que acababa de llegar nos contó, entre lágrimas, cómo una pandilla había quemado su casa y matado a un familiar por no haber podido cumplir con el pago de la mensualidad que le imponen a su pequeño negocio. Este tipo de extorsión es práctica común en un país donde la ley ya no existe y el gobierno no gobierna.  El hombre tenía documentadas sus quejas a las autoridades. Esto tal vez le de derecho a asilo. Tal vez no.

Mientras conversábamos, mi desobediente esposo tomó varias fotos y videos, y el sujeto que guardaba la puerta le ordenó borrarlos.  No lo hizo. Anarquista cuando se trata de leyes que cree absurdas, Elwin se guardó el teléfono en el bolsillo y salió del lugar, sin más; y nosotras detrás de él. El tipo marcó el número de la policía, o al menos eso dijo.  A estas alturas nuestra amiga, que creció en Tijuana y dijo conocer a su gente, sus barrios y sus policías, nos instó a irnos de inmediato, murmurando algo sobre el barrio Norte, las cárceles de la Federal y otros horrores. Cuando llegamos a toda prisa a la avenida principal y nos metimos en un taxi, un coche de la policía doblaba la esquina.

Esa misma tarde, nuestra amiga partió para el aeropuerto rumbo a Seattle. Elwin y yo, para Los Algodones, en autobús, atravesando el extraordinario paraje de la Rumorosa. Como si un divino,y excéntrico Arquitecto, hubiera arrojado un sinnúmero de rocas al azar y las hubiera dejado caer unas sobre otras en diversos montículos de las formas más extrañas, La Rumorosa hace parte de un fenómeno geográfico que continúa, naturalmente, del otro lado de la frontera. Resulta impensable que un ser humano se aventure a atravesar a pie este montañoso pedregal.

Sin embargo, cuando días después volvimos en la dirección contraria por el lado de Arizona, varios coches patrulleros estaban apostados a la vera de la I8, alertas a la aparición de algún infeliz indocumentado.

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Después de acudir a nuestra cita en una de las 350 clínicas dentales de Los Algodones, llegamos a nuestro último destino, en San Luis Rio Colorado, estado de Sonora.

Habiendo escuchado sobre la caravana de inmigrantes de Centro América, familias pobres de Guerrero y de Chiapas decidieron embarcarse en la misma aventura y, caminando cincuenta kilómetros por día, llegaron a este otro paso en la frontera.  Había además un grupo de cubanos que aprovecharon la volada para probar su suerte. Recorrimos la calle paralela a la “línea”. La calzada estaba festonada por tiendas de campaña y otros precarios refugios improvisados con palos, cobijas o plásticos. Allí no hay presencia gubernamental alguna. Una iglesia católica de vez en cuando les trae comida.  El grupo se ha organizado a sí mismo. Mantienen la calzada limpia, y cada nueva familia o individuo que llega recibe un número, que luego se lo pasan con su nombre a las autoridades “del otro lado” que guardan el acceso a la vía de los peatones. Contamos unas 70 familias y unos 150 niños.  Allí viven día y noche, atentos al llamado de los números. Anuncian solamente dos por día “para no crear tumulto”, nos explicó un oficial de la entrada. A este ritmo, los últimos viajeros deberán esperar por lo menos un mes antes de ser llamados. Lo más probable es que sus pedidos de asilo sean rechazados. Pero ellos no lo saben, porque los llamados entran por una vía y los deportados salen por otra, después de unos días de detención en los centros del Homeland Security, llamados “los refrigeradores” por las bajas temperaturas en que los mantienen, con el objetivo de desestimular a otros viajeros.

Estos niños de San Luis Rio Colorado sí pudieron llevarse libros. Se acercaban respetuosamente con sus padres, hurgaban dentro de la maleta y uno por uno elegían lo que más les atraía. Luego se metían en su cueva de cobijas y plásticos con su cuentito bajo el brazo mientras los padres nos agradecían con una humildad que partía el alma. Nadie nos pidió dinero.

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Estas vidas también están en limbo, como los bebés que mueren antes de ser bautizados, según la leyenda católica. Pero este limbo terrenal debe ser peor que el celestial. Aquí parece ser que Dios se ha olvidado de ellos. O habrá hecho un pacto con los seguidores de Trump.

En resumen, esta es la gran crisis de la frontera. Estas son las hordas de criminales, mafiosos, violadores, terroristas y otra gente de mala calaña que amenazan la integridad territorial y cultural de los Estados Unidos, según nuestro gran líder. Estos varios cientos de familias inocentes, con sus niños mocosos y bebes de pecho, en su increíble candidez creen que les abrirán las puertas del gran país del Norte por el solo hecho de ser pobres. Volvimos contentos y tristes. Contentos por haber visto algunas caritas alegres hojeando las páginas coloridas de números, animales, brujas, y abuelas. Tristes porque sabemos que la mayoría de ellos no tendrán la oportunidad de realizar sus más modestos sueños.

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El “Bordo”, así llamada la zona de la playa en Tijuana donde la división metálica que marca la frontera termina en el Pacifico.

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Cincuenta años más tarde

Epílogo de la historia “Amelia y yo” publicada en Los huesitos de mamá (2018)

Llegamos al pueblo en otoño. El oro de los trigales ha sido reemplazado por el verde y amarillo de la soja a punto de ser cosechada. Antes de alcanzarlo, paramos el coche a la vera del camino a fin de ver y tocar esas milagrosas vainas marrones que enriquecieron a sus dueños. En Argentina nadie come esos granos pálidos de soja, me dijeron, son de exportación. Para la China.

Encontré el pueblo pavimentado, limpio, reluciente. Las casas modernas y las semi-mansiones que se levantaron, gracias al nuevo cliente y cultivo del último decenio, ya desbordan el límite del legendario triángulo. Me perdí en las diagonales y me confundieron los ángulos agudos u obtusos de sus esquinas y, al final, di con el lugar donde nos citamos Amalia y yo.

Ella lleva hermosamente sus años. El cuerpo esbelto y el cabello largo, recogido parcialmente con una hebilla, le da un aire de muchacha. Las arrugas en la piel fina de un rostro delicado le confieren una dignidad que parece haberla labrado a través de años y esfuerzos. Su carita delgada y sus gestos medidos son los mismos. Pero algo ha cambiado fundamentalmente en ella. ¿O tal vez siempre fue así y yo nunca lo había percibido? La voz no es la que recuerdo, como el murmullo de un arroyo que corre sin prisa. Es una voz hecha de fibras de acero: alta pero sujetada; fuerte, sin llegar a lo estridente y, sobre todo, de un tono perentorio, algo así como un grito de pájaro con sordina. El brillo castaño y acuoso de la mirada, desafiante, acusadora, certera, posee una intensidad igual de penetrante. Amalia guarda un volcán dentro de ella, y se le ven salir las brasas por los ojos. Nada de esto me recuerda a la niña suave y tímida que jamás abrió la boca ni levantó una ceja con el fin de denunciarme cuando yo le pellizcaba el cuello, día tras día, al formar la fila para entrar en el aula.

Las dos hemos cambiado, como si el viento del tiempo nos hubiera labrado en formas diferentes. En ella creó picos rocosos de un nítido contorno, en una geometría que enfrenta la intemperie. Se afirmó y se fortaleció. En mí, creo, suavizó ciertas aristas y alisó alguna que otra rugosidad de la imperfecta urdimbre de mi alma.

¿Cuánto de mí hay en lo que antes era ella, y cuánto de lo que ella fue hay hoy en mí?

Hoy sé que, si vine cargando con la culpa de mi yo de otros tiempos, también he cargado un farol. Con él cruzo los puentes.[1]

 

 

 

[1] Una versión más breve de este relato fue publicada en la antología “Puentes” (Seattle Escribe, Seattle, U.S.A. 2017).

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Darwin patas pa’arriba

Aquella tarde acepté acompañar a mi esposo a una conferencia, a pesar de que el origen de la invitación al evento no me hacía saltar de alegría. Provenía de un joven conocido nuestro, excelente persona, aunque de convicciones algo insólitas. Pero accedí a ir por dos factores: uno, porque había tenido un día terrible lidiando con un capricho de mi computadora. Esas batallas cibernéticas me suelen dejar exhausta y con la auto confianza por el suelo. Necesitaba levantar mi espíritu con algo menos mundano.  Y otra razón fue que la charla (aunque esto es un eufemismo ya que resultó ser un monólogo) trataría justamente de un tema que siempre despierta mi interés, si no fascinación: La evolución de la conciencia. Prometía ser una velada iluminadora, valga la redundancia.

   Cuando llegamos al local, una iglesia cuya denominación no recuerdo, nuestro amigo y organizador del evento ya estaba apostado en la puerta del sótano/sala de conferencias impecablemente trajeado. Entre él y la salita había una mesa y dos muchachas que nos dieron el programa.

—¿Para todo el evento del fin de semana? —preguntó una de ellas.

—Ah…. No…— dijo mi esposo, —solo esta noche.

—Entonces son veinte dólares.

—Para los dos ¿no?

—No, cada uno.

Mi esposo saco los cuarenta dólares de su billetera y yo engullí en seco. ¡Más vale que esto sea bueno! pensé. Y enseguida me sentí culpable. ¡El conocimiento no tiene precio! me censuró mi conciencia.

Mi esposo abrió su portafolio y extrajo un libro del neurólogo y psiquiatra Robert Ornstein de la Universidad de Berkeley, titulado Evolución de la Conciencia. Se lo mostró a nuestro amigo para que viera no solo la coincidencia de títulos, sino el alto grado de interés que el tema tiene entre nosotros.

El joven sonrió con expresión de leve complicidad (pensé yo), y mi esposo guardó el libro, con aire triunfal.

Entramos y nos ubicamos en la última fila, lo cual es una sabia medida en un recinto pequeño y bien iluminado, porque nunca se sabe si uno va a necesitar el baño o, en el peor de los casos, huir sin ser notado.

El organizador, al cual yo no recordaba como a alguien particularmente efusivo o con un idiosincrático don de gente (aunque tampoco lo muy opuesto), presentó al conferenciante con gestos encantadores, irradiando una simpatía que delataba cierto tiempo de práctica. Explicó que el profesor había llegado de Alemania el día anterior.

Para no dar nombres, voy a llamar a este profesor Mr. SC, o el Sujeto en Cuestión.

SC era un hombre apuesto, de edad mediana y rasgos de europeo del norte, y también vestía traje y corbata. Se inclinó reverente hacia el público, y a continuación cerró los ojos por unos segundos. Por varios segundos. ¡Ay! pensé. El tipo está con jet lag. ¡Espero que no se caiga!  Me sentí aliviada cuando abrió los ojos y fijó su mirada en la audiencia.

Dijo que no había mejor manera de comenzar su exposición que leyendo directamente de sus fuentes: un libro de Rudolf Steiner, o, mejor dicho, traduciéndolo del alemán original en que fue escrito. El párrafo se refería a la conciencia individual vs la colectiva, pero en términos bastante herméticos. Digo esto en sentido metafórico, porque seguramente que el propio Hermes lo habría explicado mejor. Yo no entendí casi nada. Me juego a que la audiencia tampoco, porque nadie asentía con la cabeza como cuando suele haber una afinidad con el mensaje y una aprobación. Pero como no hubo preguntas ni interrupciones, Mr. SC se lanzó con entusiasmo hacia la siguiente parte de la exposición, haciendo uso del power point que manejaba nuestro amigo.

Esta fue una serie de pinturas del arte barroco. Como es sabido, las obras pictóricas de artistas famosos siempre dan lustre a una conferencia. Desfilaron por la pantalla varias madonas flotando sobre nubes—hermosas imágenes, debo admitir— y por unos diez minutos SC analizó para la audiencia los respectivos trazos de Rafael comparándolos con los de sus maestros. Luego le siguió una breve disertación sobre Bach, Shakespeare, Goethe, Nietzsche y algún otro icono de la cultura occidental y europea, con el fin de demostrar que nadie saca nada de la nada, sino que sigue los pasos de sus antecesores; y algo más sobre la relación entre estos sujetos y sus fuentes, que no llegué a captar del todo.

Tal vez mi esposo sí lo entendía, pensé.  Lo miré de reojo. ¿Quizás me podría susurrar una explicación? Pero él estaba ocupado extrayendo sigilosamente de un estuche sus diminutos audífonos y colocándoselos en las orejas. Seguramente atribuía su perplejidad a su no muy agudo sentido auditivo.

Mr. SC pasó a mostrar otras láminas con la estructura ósea de diversos animales. Otros quince minutos habrán transcurrido en la explicación morfológica de varios mamíferos y reptiles, al final de lo cual aprendimos que el hombre (y la mujer, para empatar) no desciende de los animales, sino que es al revés, algo así como que el hombre es el arquetipo sobre el cual el Espíritu descendió y se encarnó; y que los animales siguieron más o menos el molde; pero como ellos son más adaptables que nosotros al medio ambiente, de ahí la existencia de tanta variedad en el reino animal.

No pretendo hacerle justicia a esta parte de su presentación porque para ese entonces yo estaba pensando en la evolución de la conciencia y ¡burra de mí! esperaba que él explicara el nexo con la antropología física.

La serie de dibujos de salamandras saliendo del mar que aparecieron después de los esqueletos, nos decía Mr. SC, era una prueba rotunda de la ignorancia de la ciencia, que lo tenía todo al revés.

—Sí, señores. Es al revés. La raza humana no es el fin de la evolución.  Observemos que nosotros tenemos cinco dedos y hay animales que, partiendo de los cinco, los han juntado en uno. ¿Ejemplos?

Mr. SC se dirigió desafiante a la audiencia y ¡Aleluya, hermano! Alguien dijo la palabra cierta:

—El caballo.

¡Bingo! Un murmullo de admiración corrió entre la audiencia.

—Correcto. El caballo tiene un solo dedo, efectivamente, pero supo tener más, en un pasado—dijo el profesor.

Los dibujos en las láminas que le siguieron lo demostraban: equinos de cinco dígitos, (lo que les impedía muchísimo el trote porque se le enganchaban los dedos por ahí), de cuatro, de tres, y así, hasta llegar a la triunfante y última pezuña que les permite hasta el galope. Eso prueba, yo deduje, que el caballo viene del caballero y no al revés. Me pregunté si en algún pasado el primero montaría al segundo. Mis elucubraciones fueron interrumpidas por otra explicación del conferenciante:

—Los huesos de los animales se fosilizan fácilmente, y los nuestros, no. Por eso es que se los encuentran en épocas supuestamente anteriores a la aparición del ser humano.  Es decir: la arqueología y la evolución están patas para arriba.

Escuché los huesos de Darwin crujir dentro de su cajón en el subsuelo de la abadía de Westminster.

A estas alturas yo esperaba—es decir, ansiaba con toda mi alma— la interrupción de un valiente entre el público que preguntara algo de cierto peso. Por ejemplo, ¿Por qué no nos habla del cerebro de estos animales y del humano? ¿O del respectivo nivel de conciencia? O algo más básico aún, tal como ¿Qué es la conciencia? ¿Un producto de la mente, una emanación del edificio neurológico que es el cerebro? ¿O un fenómeno independiente, tipo espíritu? Pero, no. La única persona que se animó a aventurar una pregunta dijo:

—¿Y los animales tienen una segunda dentición?
¡Segunda dentición! ¿Qué diablo es eso? Ah, cuando se nos caen los dientes de leche…, recordé enseguida. Pero no pude hacer la conexión entre la segunda dentición y la evolución de la conciencia, por más que me esforzara.

Ya habían pasado cuarenta penosos minutos. Se me ocurrió que las sillas de madera, durísimas, no habían sido escogidas por una medida de economía sino por una decisión deliberada, para evitar que la audiencia se durmiera. De repente dudé si estábamos en el lugar y tiempo correcto. Miré el programa. Sí, lo estábamos. El título de la plática y la hora lo corroboraba.

Mr. SC prosiguió. Al finalizar cada frase larga hacía una pausa, entrecerraba los ojos, como si pensara, o tal vez como si estuviera invocando un mensaje cósmico de Rudolf Steiner. Yo también los entrecerraba, pero muy a pesar mío. Luego él pestañaba varias veces para encarar al público y atacar el próximo tema. Yo también pestañaba, tratando de atar los hilos dispersos de su ponencia. Entonces hice la ansiada conexión: ¡antroposofía, la filosofía que enseñan en las escuelas Waldorf del mundo! ¡Claro, nuestro amigo es un maestro en una de ellas! Y mi pobre entendimiento se debía a que no había hecho los deberes de casa para estar informada de antemano sobre las premisas de tal corriente filosófica.

El hombre prosiguió dando más pruebas científicas para sustentar la tesis antroposófica de la evolución al revés. Y afirmó que no existe ningún fósil que demuestre que animal A es el antecesor de los animales B y C, como supone la teoría de la evolución.

—¡No existen! — reiteró.

¡Deshonestidad científica! gritó mi yo crítico, para mis fueros internos. ¡Sí existen! Pero, como Mr. SC no es un científico, ni siquiera se lo puede culpar de deshonestidad.  Apenas de burricie o ignorancia. O locura, en el peor de los casos. (Más tarde, en mi casa y frente al Google, me enteré de que no era ni una cosa ni la otra, sino una convicción dogmática e inofensiva, y que el hombre estaba exponiendo, lo mejor que podía, la teoría de Rudolf Steiner).

Vi a mi esposo cabecear varias veces. Mientras tanto, la audiencia se reía a gusto con algunos comentarios suspicaces de SC. Yo tenía ganas de llorar.

Pensé en las preguntas que candorosamente me había preparado por si llegaba la ocasión, tales como, ¿Ud cree que la conciencia evolucionó paralelamente a la evolución física de un organismo, o llegó de repente? O, ¿Ud concuerda con la teoría de la conciencia de Teilhar de Chardin o la del budismo?  También pensé en el libro de neurología que agonizaba de vergüenza en el portafolio de mi esposo. ¡Ah, que par de ingenuos!

Luego siguió algo que debe haber sido sobre Atlantis o Atlántida. Lo recuerdo vagamente porque mi conciencia ya se deslizaba hacia la inconsciencia del sueño. Para despertarme, puse mi mano en la rodilla de mi esposo, esperando recibir una mirada de misericordia.  Creo que él lo tomo como un gesto de cariño erótico, porque devolvió el mío posando su mano en mi rodilla, y un poco más arriba.  Me desperté del todo.

La última parte de la conferencia, sin solución de continuidad, como quien dice, derivó hacia un tema singular. Es decir, más singular aún que los anteriores:

El problema del ser humano de nuestros tiempos, dijo el profesor, es que hemos desarrollado un individualismo atroz en detrimento de una conciencia social. Muy bien, nada objetable con esa afirmación, pensé. Y en tiempos pasados vivíamos en estrecha relación con la naturaleza. También es verdad, admití. Y un ejemplo de esto es que, durante la dinastía tal y tal de la China, continuó, una emperatriz contaba con varias docenas de doncellas y cortesanas; y cuando murió, todas murieron con ella (con alguna poción venenosa, sugirió nuestro conferencista).

—¡Y eso prueba, señoras y señores, que en época pasadas hubo un sentido cósmico del todo, un espíritu comunitario que hacía que esa generosa entrega voluntaria de la vida, sin miedo a la muerte, fuera la conducta correcta, porque la conciencia global está por encima de la individual!

Mientras yo digería el significado metafísico de este acto (y de la pena de haber perdido esa facultad extraordinaria de sacrificarnos por nuestra reina o rey) recordé de repente a Jim Jones y el célebre suicidio colectivo en las Guayanas, en nombre de Cristo. Lancé otra mirada a mi esposo. Vi que se estaba quitando los audífonos de las orejas y los volvía a meter en la cajita. A lo Churchill, pero más discretamente.

Al finalizar la ponencia, nos unimos a los otros con ruidosos aplausos y, sin más y en tácito acuerdo, escapamos hacia el estacionamiento.

Por la enésima vez lamenté el destino de los cuarenta dólares.

Pero más lamento ahora no haber grabado esta conferencia. Si lo hubiera hecho, podría hoy   ofrecérsela a ustedes en la totalidad de su gloria. Mis disculpas.

 

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El lenguaje del bosque

  De reino en reino el ser humano fue pasando, hasta alcanzar su  robusto estado actual de
raciocinio y conocimiento, olvidando en el proceso las anteriores formas de inteligencia (Rumi) 
                                                                                                                      

Contrariamente a lo que el título sugiere, estas páginas no son un poético canto a los magníficos gigantes de las florestas ni una metafórica alusión al susurro de sus hojas o el diálogo con el viento; ni siquiera al trino de las aves que los habitan. En este ensayo me refiero literalmente a la comunicación que los árboles establecen entre sí en un bosque sano, y a la naturaleza de sus conversaciones.

Para aquellos a quienes los misterios de la vida no los asombra a diario como a mí, pueden parar aquí esta lectura. Para los otros, los que sienten alguna afinidad con el mundo inaudible que vibra en torno nuestro, tal vez encuentren interesante la idea de que el lenguaje y la comunicación no es propiedad exclusiva de los humanos y, en menor medida, de los animales, sino que se extiende al mundo vegetal, el de los bosques.

Como alguien que vive barajando a diario tres lenguas diferentes, es natural que cualquier novedad relacionada al lenguaje siempre me atraiga como un imán a su polo magnético. Ya sea aquello que se trate del origen de la lengua hablada (y refuten a Noam Chomsky), o del fenómeno a nivel neurológico, o de los chasquidos de los bosquimanos del Kalahari, o del lenguaje corporal, o del canto de las ballenas, el tema lingüístico ejerce en mí una constante fascinación.  Por lo tanto, la idea de que los árboles también se comunican, aunque no de una manera verbal sino físico-química, me atrapó desde el momento en que leí acerca de la intrigante www, es decir, la wood wide web.

El concepto de esta triple w apareció en una reseña literaria en un New York Time Book Review del año pasado, sobre el libro The Hidden Life of Trees, en la que se describían los hallazgos de su autor, Peter Wohlleben, un estudioso forestal en Alemania. Los descubrimientos de Wohlleben y otros anteriores a él, (una científica canadiense de nuestro rincón del Pacífico Northwest, entre otros) fueron comentados más recientemente en un artículo de la revista Smithonia (Whispering of the Trees, Marzo 2018). 
   Para quienes no tenga el tiempo, la paciencia o el espíritu para leer uno o el otro, aquí les presento mi propio resumen:

Desde Darwin, pensamos en los árboles como organismos independientes y desconectados que, según la ley de la selección del “más fuerte”, o la “supervivencia del mejor adaptado”, compiten por los recursos naturales: agua, nutrientes y luz solar.

La idea es sorpresivamente refutada con lo que a mí me ha parecido una serie de argumentos claros, científicos, desprovistos de cualquier pátina de misticismo o proposiciones de fenómenos supernaturales, que demuestran que árboles de la misma especie, y a veces de especies diferentes, llevan una vida comunal y cooperativa. Pero estas relaciones interdependientes tienen lugar a pocos centímetros debajo de nuestros pies: los árboles hablan mayormente con sus raíces. En una floresta que no ha sido extensamente dañada, dice Wohlleben, los filamentos de las raíces, finos como cabellos, se conectan con los microscópicos filamentos de hongos subterráneos llamados micorriza, que funcionan como mensajeros. Los hongos por su parte se benefician de esta relación simbiótica ya que a cambio reciben el azúcar que los árboles producen con la fotosíntesis.  Y así se crea una extensa red de comunicaciones a través de la cual los árboles de un mismo habitat comparten no solo agua y nutrientes sino también información sobre las aflicciones que afectan a la comunidad entera.

(El fenómeno me resulta casi poético. No puedo evitar la triste comparación con la raza humana. Saltéese este párrafo quien detesta digresiones: Un grupo de organismos como estas micorrizas, que subsisten en la oscuridad subterránea, sin acceso a la riqueza del aire y la luz solar, reciben alimento de los poderosos gigantes. Después de dos millones de años de evolución, los humanos pisotean y denigran a los más vulnerables y menos privilegiados miembros de la escala social. Sin duda, hemos olvidado las formas de pasadas inteligencias del reino vegetal.)

Lo más sorprendente de estas conexiones arbóreas es que, además de intercambiar recursos tangibles, conforman una red social donde intercambian informaciones. Las raíces y sus mensajeros suenan la alarma cuando acechan peligros tales como escasez de agua, enfermedades, invasión de insectos o proximidad de predadores. De este modo, los participantes de la misma red alteran su biología para adaptarse a las nuevas circunstancias.  Parece ser que estos mensajes de alerta constituyen el tópico de conversación más común entre los árboles. (De hecho, en este Facebook vegetal no se desperdicia energía en autopromoción y otras boberas).

¿Pero en qué código se envían tales mensajes?  Los estudios se refieren a un lenguaje de naturaleza química, hormonal y de signos eléctricos de bajo voltaje, de pulsaciones lentas, que estos investigadores de las florestas están apenas comenzando a descifrar. Una especialista australiana mostró evidencias de que algunas plantas inclusive detectan e interpretan el sonido crujiente de las raíces de un vecino, a un nivel inaudible para un ser humano.  Mapear estas redes subterráneas es como mapear un cerebro. Un centímetro cúbico de suelo forestal contiene varias millas de filamentos de estos hongos conectores.

Aunque las raíces son el conducto más importante para cambiar información, no es solo en el ambiente subterráneo donde tienen lugar las conversaciones entre estos seres forestales. El aire también sirve de mensajero, llevando los signos químicos de las feromonas y de diversos gases. Si una jirafa comienza a servirse de las hojas de las acacias, por ejemplo, la víctima no tarda en enviar una señal de alerta a su comunidad en forma de gas etileno. Las otras acacias montan la defensa enviando tanino a las hojas, lo que les da un gusto aborrecible al paladar de estas cogotudas rumiantes. Por supuesto, las jirafas–que crecieron entre las acacias—ya conocen el truco. Y saben que deben correr más rápido que el aire para llegar al próximo grupo de árboles desinformados e indefensos y tener su festín.

¿Pero cuál es la ventaja para un árbol mantener este tipo de cooperación y formar alianzas, inclusive con otras especies (cedros y arces, por ejemplo)? Al fin de cuentas, los recursos pueden ser escasos y la ley de la selección natural sugiere que deberían competir ferozmente, montar una guerra económica a lo Trump, o seguir el infeliz dictado de “buey solo bien se relame”.

Sin embargo, no es beneficioso para un árbol crecer aislado de otros, por una diversidad de razones (que no voy a enumerar aquí pero que están claramente explicadas en las fuentes que he citado).  Por eso, en un bosque natural, afirma Suzanne Simard de la universidad de British Columbia, siempre hay “árboles madres”, que se identifican por su edad, tamaño, raíces más profundas, copas más frondosas y mayor conectividad de hongos micorriza, y que velan por la supervivencia de los árboles “bebés”, bombeándoles azúcar. Claro que el calificativo nada tiene que ver con su género sino con la función de nutricionistas. Estas “madres” están en condiciones de extraer más agua y recibir más energía solar, y compartir con los brotes que en la profundidad del bosque normalmente no reciben luz. Otro ejemplo son los tocones de viejos árboles que fueron cortados hace 400 o 500 años y que muestran trazos de clorofila, resultado de la continua alimentación recibida de sus vecinos vivos y vigorosos. “Como los elefantes”, dice Wohlleben, “los árboles fuertes no abandonan a sus viejas y reverenciadas matriarcas”.

Por último, los estudios afirman también que, cuando se corta un árbol, este utiliza los mismos medios químicos y eléctricos para para enviar una señal “dolorosa” a los árboles de su red de conexiones sociales.

En otras palabras, un bosque ralo es un bosque vulnerable. En un bosque no dañado, autosostenible, los árboles viven más. Por eso han evolucionado para cooperar con sus vecinos. De la supervivencia de la comunidad deviene la supervivencia del individuo.

No estoy intentando antropomorfizar la biología de los árboles, sino señalar un antecedente de una existencia vital cooperativa en nuestra más remota línea genética, la que se remonta a la vida vegetal.

El contraste entre la cooperación de los miembros de una floresta natural y la actual floresta de las naciones se vuelve hoy más pronunciado que nunca. Ojalá que el aislamiento al que nos lleva la presente coyuntura política sea apenas un accidente pasajero en la evolución social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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