Ahora que destronaron al peronismo…

Evita (Cuento del libro “Anos bisiestos. Cinco historias argentinas”, de Rita Sturam Wirkala

Cuando Julián Troncoso llegó al club social el día de San Roque, santo patrón del pueblo, Don Marciano Amaya ya había llegado con sus célebres “peludos”, una especie de armadillo, común de la zona rioplatense. El caparazón de estos animalitos ha servido a la mejor estirpe de músicos gauchos para sus charangos; y su carne, llenado la barriga en sus andanzas por la pampa.

 Pero en aquel pueblito de donde yo provengo, con el dulce nombre de María Susana, esos bichos tenían una función lúdica: eran el entretenimiento más frecuentado del día de las fiestas patronales. Estos “peludos” cautivaban a la comunidad entera y a las otras vecinas porque, además de la emoción de las apuestas, apelaban a la fascinación por el comportamiento animal. El juego era una especie de ruleta criolla, con cubículos de madera dispuestos en círculo y una portezuela mirando hacia adentro. Cada cubículo, o cubiles en este caso, llevaba encima un premio y un número, y el público hacía sus apuestas de acuerdo al premio que codiciaba. Estos podían ser una caja de bombones, una estatuilla de yeso de una niña pastora, unos cacharros de cocina y hasta una lata de duraznos en almíbar. En el centro del círculo, don Marciano metía a un peludo dentro de una bolsa, la hacía girar para marearlo y luego lo dejaba libre. Desorientado, el pobre bicho se encaminaba, indeciso, a uno de los cubiles para esconderse. Pero a ratos se detenía, vacilante como un borracho, mudaba de rumbo, titubeaba y enfilaba hacia otro cubil, para horror de algunos apostantes. Después de varios intentos y zigzags, el animal escogía uno donde meterse y allí se quedaba, para felicidad del dueño que había comprado el número correspondiente, llevándose no solo el premio sino también un porcentaje de todas las apuestas.

 Según contaría la señora Troncoso años después, rememorando las confesiones de su hijo y los detalles proveídos por el tesorero, el comisario, el peluquero y otros que se habían cruzado en su tortuoso camino, esa tarde Julián anduvo un poco a la deriva buscando algún juego donde competir. Probó suerte en el palo enjabonado, y se desplomó ni bien llegó a la mitad. Desdeñó la carrera de embolsados, porque eso era cosa estrictamente de chicos; y la carrera de sortijas a caballo, para la cual no tenía las agallas de los mozos guachos del barrio. Vagabundeó un rato por entre los varios “pozos de la suerte”, donde se reunían  las chicas, con la esperanza de recibir aunque más no sea las migajas de una sonrisa, hasta que dio con la carpa que la municipalidad había levantado para los organizadores.

 Sentado frente a una pequeña mesa, Don Gascar, el tesorero, contaba el dinero destinado a pagar a los músicos, a los carniceros y asadores y a los varios servicios contratados para ese día. Era una cantidad considerable para un pueblo tan chico, y una fortuna para Julián, quien descubrió una abertura detrás de la carpa y se le dio por seguir con ávidos ojos aquellas manos que manipulaban los billetes. Por cuál resquicio del alma se le había fugado la decencia ese día, ni él lo sabía y, sin preguntárselo, dejó que esos pesos endemoniados lo tentaran. Quedó de guardia, esperando una oportunidad. Y esta llegó en la hermosa figura de Ofelia, que había sido electa reina del pueblo para la ocasión.

 El tesorero vio asomarse por la puerta de la carpa la carita de muñeca de porcelana y se levantó para saludarla. No se sabe si don Gascar perdió la cabeza cuando Ofelia le estampó un beso (él aseguró que ese no era el caso) o simplemente no imaginó que la plata encima de la mesa estaría al alcance de una mano de quien se había colado por la trastienda.

 El caso es que mientras cambiaban sonrisas y besos, y pedía un espejo para librarse de la marca del lápiz labial antes que apareciera su mujer, Julián Troncoso ya había substraído el fajo de billetes y desaparecido por entre los fiesteros. El corazón le trepidaba. En un momento de pánico quiso volver atrás. Pero un dicho (seguramente escuchado de algunos de sus compinches no más honestos que él) resonó en su cabeza: “Hay dos tipos de ladrones. Los que lo son, y los que solo sueñan con serlo”. Él no quería ser apenas un soñador, ¡qué joder! confesó más tarde. Además, pensaba darle la mitad a su mamá, o por lo menos la tercera parte, o alguna fracción, porque, como decían los gitanos, “vergüenza es robar y no traer nada a casa”. Y con este trozo de sabiduría cíngara en mente, suprimió la voz de la conciencia y se escabulló por entre el público.

 No tardó don Gascar en notar la falta del dinero. El bochorno por su incompetencia lo apabulló e inmovilizó por un tiempo, hasta que un chiquillo le dijo que él vio al ladrón, que era un muchacho de pelo ensortijado, pero que no pudo verle la cara. El tesorero salió profiriendo gritos con los brazos en alto: “¡Agarren al ladrón, el de pelo enrulado!” Julián se sintió atrapado. ¡Por qué diablos no le hizo caso a su madre esa tarde, cuando le dijo que se pusiera la gorra de lana! Él tenía sus razones, que no pasaban de pura vanidad por su abundante melena ondulada. Pero resulta que ahora era su condena. Escurrió los dedos por el pelo tratando de estirarlo y rogando que hubiera muchos con el mismo pelambre. Se encaminó a las zancadas hacia la entrada del club, y cuando vio a don Marciano descargando los peludos, los cubiles y los premios, se subió al acoplado del camioncito. Era un buen lugar para esconderse y sudar el susto. Entre el ruido de los cohetes y los petardos, el dueño de los armadillos no escuchó los gritos del tesorero.

 —Déjeme darle una mano, don Marciano—le dijo—, yo le barajo las cosas desde aquí y usted las acomoda como sabe hacerlo.

 El viejo aceptó de buen grado, ya que sus rodillas no estaban para subir y bajar del vehículo. Le pidió que comenzara con los premios mientras él arreglaba los cubiles en la pista. Entre los premios se encontraba el busto de Evita Perón, y a Julián se le encendió una luz en el cerebro. Se trataba de un busto pequeño, con una cabeza hermosa y, como suelen ser estas estatuillas, era hueca. La de Julián, rebosaba de ideas. En un rincón del acoplado le dio vuelta al busto, insertó el rollo de dinero y lo empujó a través del cuello hasta llegar al mero centro de la dignísima cabeza de la Primera Dama. La adrenalina le había conferido una destreza envidiable. Taponó el orificio a la altura del cuello con un poco de barro, el que no faltaba en el camioncito de don Marciano, hasta que quedó correcta y discretamente sellado.

 Nadie sospecharía que dentro de la cabeza de la ilustre Evita había algo más que aire. Así, con este golpe de genio, no solo Julián se liberaba de la prueba incriminadora, si llegaran a revisarlo, sino que sabría dónde estaba su botín. Apostaría seguido al número de la caja-cubil donde reposara la estatuilla hasta que uno de los peludos entrara en ella ¡Una pequeña inversión para una ganancia enorme! Comenzó a bajar el resto de los premios: una sartén, un frasco para conservas, un crucifijo, un juego de té y otras cosas para el hogar. Él mismo acomodó al busto amado sobre la caja número quince, “la niña bonita”, y prosiguió con su trabajo voluntario.

 Mientras tanto, la policía andaba alborotada. Registraron a varios sujetos de pelo enrulado, interrogaron a otros y detuvieron a unos cuantos de pelo lacio de otros pueblos aledaños que por tal razón tenían aspecto sospechoso. Pero se abstuvieron con los calvos o los que tenían unas pocas hebras mustias.

 Don Marciano se disponía a comenzar el juego y Julián a sacar su dinerito para apostar al quince, cuando un policía avistó su ensortijada cabeza.

 —A ver, vos, vení aquí, tenemos órdenes de registrarte.

 Se lo llevaron a otra carpa que hacía de cuartel provisorio de la policía y lo hicieron esperar junto a otros jóvenes enrulados. Julián era un nudo de nervios porque sabía que  el juego del peludo iría a comenzar en cualquier momento y alguien apostaría al suyo.

 —¡Jefe, no puedo estar esperando aquí! ¡Tengo un compromiso con don Marciano! —se quejó.

 —Ah, el señorito tiene prisa…—se burló un oficial. Pasó una media hora cuando llegó su turno. Lo revisaron, le hicieron vaciar los bolsillos, y lo palmaron con poca ceremonia.

 —¡Sacá las garras de ahí, huevón, que ese rollo que estás tocando es el mío!—dijo Julián cuando un oficial le metió la mano por dentro del pantalón.

 —Callate la boca y no te hagás el pituco!—intervino el comisario.

 Por supuesto, la búsqueda fue infructuosa. No le encontraron ni el olor al dinero, pero sí un fuerte hedor a pis de armadillo.

 —¡Si descubrimos que le diste la plata a alguien, te metemos en el calabozo por cien años! Pero si confesás, te va a ir mejor—. Le dieron una bofetada, pero nada serio, solo de rutina.

 Al fin se dieron por satisfechos y lo dejaron salir. La pista ya había desplegado un abanico de luces y la música de la orquesta cubría el rumor anónimo de la congregación. Julián corrió hasta el puesto de los armadillos. La esposa de don Marciano, doña María, le dijo que alguien ya había apostado al número quince y ganado y llevado la estatuilla. Un berrido salió de la boca de Julián Troncoso.

 —¿Quién? ¿Quién se la ganó? —preguntó, rabiando. Don Marciano le dijo que era la señora Dalmastro, y que la doña ya se había retirado hacía buen rato.

 Salió a los tropezones y corrió las cinco cuadras que distaban de la casa de la mujer. Ya no se veían luces por la ventana y supuso que la doña estaría durmiendo. No se animó a llamar. Iba a crear sospechas. Decidió volver al día siguiente. Saber el destino de su amado busto era ya un gran consuelo. Y para evitar más problemas, se marchó a su casa, no sin antes pasar por la plaza a saludar a la estatua de la finada Eva Perón. Un rayo de luna iluminaba el beatífico rostro de su benefactora, que desde su pedestal echaba una marmórea mirada a los juegos infantiles del lugar. Le iba a pedir que justificara —por no decir santificara—su acción. ¿No estaba ella acaso del lado de los pobres?

 Esa noche, Julián rezó con fervor frente a un cuadro de la primera dama que adornaba la pared de su cuarto. Y en cierto momento, contaría su madre más tarde, se la confundía con la virgen María y hasta con la chica de al lado de la cual andaba un poco enamorado.

 Al siguiente día, el aire diáfano de la mañana lo hizo reconsiderar su conducta. Pero el escrutinio de su conciencia no duró más que el canto de un pájaro en el ceibo del patio. Se dirigió a la casa de doña Dalmastro para ofrecerle la compra del busto, con la excusa de que su madre, que estaba enferma, sentía devoción por la difunta Evita, y que tal vez su presencia le ayudaría a curarla. La empleada de la doña le informó que la señora había viajado en el colectivo de las seis de la mañana, para la ciudad, y que allí se quedaría por un mes.

 Eso no estaba en sus planes. Fue un mes de extrema ansiedad para Julián. Trabajaba de ayudante de pintor y no ganaba mal, pero no lo suficiente para sus ambiciones. A la tardecita, solía ir a la plaza a saludar a la Dama. Una tarde de domingo la encontró destronada. El magnífico busto de la plaza había sido dislocado, y solo quedaban unos pocos restos mortales al pie del pedestal. En su lugar, alguien había puesto un florero con margaritas silvestres. Julián voló al café donde se juntaba la tropilla de hombres a jugar al billar y ya desde la puerta exclamó:

 —¡Vandalismo! ¡Destruyeron la estatua de Evita!

 —De qué vandalismo hablás, despistado. ¿Vos vivís en la luna? ¿No escuchaste las noticias en la radio? ¿No sabés que lo rajaron al Hombre?

 Salió del café como un zombi. La política le importaba poco y nada, pero esto ya estaba cruzando el umbral de su vida privada, y le parecía un presagio de lo peor. Se fue a lo del peluquero, que lo sabía todo, y se lo confirmó: El general había huido a Caracas. Ahora gobernaban los milicos.

 —¿Y por eso tuvieron que destruir la estatua de Evita?

 —No solo eso. Ya llegaron órdenes de confiscar todos los libros de ella que hay en la escuela.

 A Julián se le cayó un lagrimón. Todavía guardaba con cariño el librito “La Razón de mi vida” de lectura obligatoria: no hacía mucho que él, de niño, leía en aquel libro frases como “Evita es la Jefa espiritual de la nación”, o “Evita nos ama”. Recordó el día en que murió la primera dama, en aquel terrible año bisiesto de 1952, cuando él había desfilado con la procesión llevando una antorcha flamante, y los escolares, con una cinta de luto en la manga del guardapolvo inusualmente blanco, esparcían por el camino desde la escuela al cementerio las ramas de aromitos escamoteados del parque. Yo, una chiquilla por entonces, también recuerdo vagamente ese día, siguiendo el desfile a horcajadas sobre los hombros de mi tío.

 Pero ya habían pasado tres años desde aquel luctuoso día. En septiembre del 1955 un golpe de estado dio fin a lo que para algunos fuera una larga dictadura, y para otros, unépoca de oro. La gente de este pueblo, como otros, tenía su lealtad dividida. Algunos se alegraron del cambio político, recordando los tiempos en que Perón y Evita pasaban por la estación de tren, arrojando dinero en un gesto—decían en susurros—de pura demagogia. Otros se entristecieron. Las mujeres más despabiladas, porque Evita les había concedido el derecho al voto femenino; las maestras, porque Perón las había favorecido. Pero ese día en que Julián se dio de cara con la realidad política, la gente no abría la boca. El golpe los había enmudecido.

 ¡Qué mal augurio para Julián! Ese era otro elemento del desorden que siempre había asediado su corta vida.

 Días más tarde, la dueña del busto de la dama depuesta regresó de la ciudad, y Julián no perdió tiempo en acudir a su casa, con el corazón en la boca.

 —Doña Dalmastro, este… quería ver si me vendía la estatuita que ganó con los peludos, ahora que ya vale poco, porque mi abuela tiene cierto apego…

 —Hijo, llegaste tarde. Hoy mismo se la di al jardinero para que la enterrara, porque yo no tengo coraje de tirarla a la basura. Pero tampoco quiero verme en problemas con la justicia porque, sabrás —le dijo en voz baja—que ahora no se permite ni mencionar el nombre de ella o el de la querida pareja. No sé dónde lo habrá enterrado. Vos preguntale…

 Julián encontró al jardinero en la huerta, y le preguntó por el sepulcro de la exjefa espiritual, ya que tampoco quería articular su nombre.—¿La estatua de la Eva? Se la di al Bizca. Él es muy sentimental, ya sabés, y dijo que la iba a guardar en el ropero. Pero el Bizca era un borracho irremediable, y el sentimentalismo no tenía lugar cuando necesitaba unos pesos para la bebida. Por eso, a Julián no le extrañó su respuesta cuando lo encontró en el bar bebiendo una ginebra—que el cantinero había adelgazado con agua (para que no se mame tanto, decía él; para ahorrar ginebra, decían otros).

 —Perdoná, flaco. No la tengo. Se la vendí a los húngaros—dijo el Bizca.

 —¡Traidor de la patria! —le gritó Julián.

 —Cerrá el pico porque te van a meter en cana por contrarrevolucionario. Y si te interesa comprársela a los húngaros, andá rápido, porque ya están levantando campamento.

 Julián llegó casi sin aliento cuando la caravana de camiones de los gitanos cargados con sus mujeres, niños, perros, toldos y bártulos ya estaban saliendo en fila a los tumbos por el camino polvoriento que como una cicatriz surcaba los verdes trigales. Corrió detrás del último camión blandiendo los brazos, y exclamando:

 —¡Esperen, esperen, muchachos, tengo una oferta para la estatuita de la Eva…!—Sabía que no les importaba ni el valor sentimental ni el patriótico, ya que estos no tenían patria, decían.

 En el medio de la polvareda vio que alguien levantaba la lona que cubría el acoplado. Apareció un rostro moreno deuno que dijo algo en su incomprensible lengua, matizada con otras en español, y le gritó: —¡Boludo!

 Julián respondió profiriendo un improperio a la madre del gitano. Y el vehículo siguió su camino, bramando como un toro.

 Fue un duro golpe. Desde ese día, Julián pasó meses yendo de un campamento de gitanos a otro, entre los pueblos vecinos, en busca de su estatuilla. Y en todos lo recibían con el mismo saludo: “¡Boludo!” Por alguna inescrutable razón, estos itinerantes que vagaban por la geografía de nuestra patria le habían agarrado cariño a este modismo. Hoy le llamaríamos “apropiación cultural”.

 Pasó un año sin pena ni gloria para Julián. La única novedad fue que en el pedestal donde estuviera Evita Perón, la municipalidad colocó la escultura de una madre con un bebé agarrado a la teta. Al día siguiente el cura mandó a poner un pañuelo para cubrirle la indecencia.

 Un buen día Julián se encontró por acaso en un taller mecánico de otro pueblo, y la vio. El corazón le dio un vuelco. Alguien había pintado bigotes en la preciosa cara de porcelana, y la estaba usando como pisapapeles. Se acercó, pidió permiso para observarla más de cerca, la levantó, metió la mano por su interior y comprobó que el tapón de barro del cuello ya reseco aún estaba allí. La sacudió, y un sonido sordo a cosa oculta le indicó que su tesoro seguía incólume. Ofreció comprarla por todo el dinero que tenía en el bolsillo, que serían unos veinte pesos. El mecánico, que estaba lidiando con una tuerca emperrada, se encogió de hombros, le indicó que dejara el dinero en el mostrador y se la llevara.

 No podía esperar a llegar a su casa para extraer la plata, según contaría después. En un banco de un parquecito cercano, el ahora dueño de la estatuilla se dedicó a la operación de limpieza y rescate. Con un poco de agua, una pinza larga que se sustrajo de la oficina mecánica, y exquisita alegría, hurgó hasta que desprendió el tapón. Luego insertó la pinza y extrajo el rollo de dinero intacto. ¡Allí estaba! Limpio, seco, incorrupto, ni una mordida de polilla tenía.

 ¡Por fin Dios se acordaba de él!, pensó. Sacó el elástico, desparramó los billetes sobre el banco—era un día soleado y sin viento—, los estiró con la palma de la mano, los contó, los contempló y los recontó mientras hacía planes de cómo gastar, o tal vez, invertir, todo ese dinero. Y lo más emocionante era que, de cada uno de los billetes le sonreía el rostro dulce de la Jefe Espiritual de los argentinos, Eva…Evita… la Primera Dama…

 ¿Primera Dama? Poco le costó caer en la cuenta: El peso argentino había sido remozado y reevaluado, le habían cortado tres ceros por causa de la inflación y acuñado una nueva moneda, y ahora circulaban unas notas con el perfil de un prócer de irreprochable pasado. Estos de la Eva Duarte no circulaban más y, recordó con casi un desmayo, ya hacía tiempo que la fecha para canjearlos en el banco había caducado.

 Julián junto los billetes, encendió un fósforo y lo echó en la pila inútil de papeles, haciendo una tremenda fogata encima del banco, el único donde ese dinero podía ser depositado. Vio subir la humareda que se ensortijaba entre las hojas de los árboles, consumiendo los viejos pesos que se retorcían como gusanos. Y en el mejor estilo gongorino, todo se convirtió en humo, en sombra, en polvo, en nada.

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