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Cincuenta años más tarde

Epílogo de la historia “Amelia y yo” publicada en Los huesitos de mamá (2018)

Llegamos al pueblo en otoño. El oro de los trigales ha sido reemplazado por el verde y amarillo de la soja a punto de ser cosechada. Antes de alcanzarlo, paramos el coche a la vera del camino a fin de ver y tocar esas milagrosas vainas marrones que enriquecieron a sus dueños. En Argentina nadie come esos granos pálidos de soja, me dijeron, son de exportación. Para la China.

Encontré el pueblo pavimentado, limpio, reluciente. Las casas modernas y las semi-mansiones que se levantaron, gracias al nuevo cliente y cultivo del último decenio, ya desbordan el límite del legendario triángulo. Me perdí en las diagonales y me confundieron los ángulos agudos u obtusos de sus esquinas y, al final, di con el lugar donde nos citamos Amalia y yo.

Ella lleva hermosamente sus años. El cuerpo esbelto y el cabello largo, recogido parcialmente con una hebilla, le da un aire de muchacha. Las arrugas en la piel fina de un rostro delicado le confieren una dignidad que parece haberla labrado a través de años y esfuerzos. Su carita delgada y sus gestos medidos son los mismos. Pero algo ha cambiado fundamentalmente en ella. ¿O tal vez siempre fue así y yo nunca lo había percibido? La voz no es la que recuerdo, como el murmullo de un arroyo que corre sin prisa. Es una voz hecha de fibras de acero: alta pero sujetada; fuerte, sin llegar a lo estridente y, sobre todo, de un tono perentorio, algo así como un grito de pájaro con sordina. El brillo castaño y acuoso de la mirada, desafiante, acusadora, certera, posee una intensidad igual de penetrante. Amalia guarda un volcán dentro de ella, y se le ven salir las brasas por los ojos. Nada de esto me recuerda a la niña suave y tímida que jamás abrió la boca ni levantó una ceja con el fin de denunciarme cuando yo le pellizcaba el cuello, día tras día, al formar la fila para entrar en el aula.

Las dos hemos cambiado, como si el viento del tiempo nos hubiera labrado en formas diferentes. En ella creó picos rocosos de un nítido contorno, en una geometría que enfrenta la intemperie. Se afirmó y se fortaleció. En mí, creo, suavizó ciertas aristas y alisó alguna que otra rugosidad de la imperfecta urdimbre de mi alma.

¿Cuánto de mí hay en lo que hoy es ella, y cuánto de lo que ella fue hay hoy en mí?

Hoy sé que, si vine cargando con la culpa de mi yo de otros tiempos, también he cargado un farol. Con él cruzo los puentes.[1]

 

 

 

[1] Una versión más breve de este relato fue publicada en la antología “Puentes” (Seattle Escribe, Seattle, U.S.A. 2017).

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Darwin patas pa’arriba

Aquella tarde acepté acompañar a mi esposo a una conferencia, a pesar de que el origen de la invitación al evento no me hacía saltar de alegría. Provenía de un joven conocido nuestro, excelente persona, aunque de convicciones algo insólitas. Pero accedí a ir por dos factores: uno, porque había tenido un día terrible lidiando con un capricho de mi computadora. Esas batallas cibernéticas me suelen dejar exhausta y con la auto confianza por el suelo. Necesitaba levantar mi espíritu con algo menos mundano.  Y otra razón fue que la charla (aunque esto es un eufemismo ya que resultó ser un monólogo) trataría justamente de un tema que siempre despierta mi interés, si no fascinación: La evolución de la conciencia. Prometía ser una velada iluminadora, valga la redundancia.

   Cuando llegamos al local, una iglesia cuya denominación no recuerdo, nuestro amigo y organizador del evento ya estaba apostado en la puerta del sótano/sala de conferencias impecablemente trajeado. Entre él y la salita había una mesa y dos muchachas que nos dieron el programa.

—¿Para todo el evento del fin de semana? —preguntó una de ellas.

—Ah…. No…— dijo mi esposo, —solo esta noche.

—Entonces son veinte dólares.

—Para los dos ¿no?

—No, cada uno.

Mi esposo saco los cuarenta dólares de su billetera y yo engullí en seco. ¡Más vale que esto sea bueno! pensé. Y enseguida me sentí culpable. ¡El conocimiento no tiene precio! me censuró mi conciencia.

Mi esposo abrió su portafolio y extrajo un libro del neurólogo y psiquiatra Robert Ornstein de la Universidad de Berkeley, titulado Evolución de la Conciencia. Se lo mostró a nuestro amigo para que viera no solo la coincidencia de títulos, sino el alto grado de interés que el tema tiene entre nosotros.

El joven sonrió con expresión de leve complicidad (pensé yo), y mi esposo guardó el libro, con aire triunfal.

Entramos y nos ubicamos en la última fila, lo cual es una sabia medida en un recinto pequeño y bien iluminado, porque nunca se sabe si uno va a necesitar el baño o, en el peor de los casos, huir sin ser notado.

El organizador, al cual yo no recordaba como a alguien particularmente efusivo o con un idiosincrático don de gente (aunque tampoco lo muy opuesto), presentó al conferenciante con gestos encantadores, irradiando una simpatía que delataba cierto tiempo de práctica. Explicó que el profesor había llegado de Alemania el día anterior.

Para no dar nombres, voy a llamar a este profesor Mr. SC, o el Sujeto en Cuestión.

SC era un hombre apuesto, de edad mediana y rasgos de europeo del norte, y también vestía traje y corbata. Se inclinó reverente hacia el público, y a continuación cerró los ojos por unos segundos. Por varios segundos. ¡Ay! pensé. El tipo está con jet lag. ¡Espero que no se caiga!  Me sentí aliviada cuando abrió los ojos y fijó su mirada en la audiencia.

Dijo que no había mejor manera de comenzar su exposición que leyendo directamente de sus fuentes: un libro de Rudolf Steiner, o, mejor dicho, traduciéndolo del alemán original en que fue escrito. El párrafo se refería a la conciencia individual vs la colectiva, pero en términos bastante herméticos. Digo esto en sentido metafórico, porque seguramente que el propio Hermes lo habría explicado mejor. Yo no entendí casi nada. Me juego a que la audiencia tampoco, porque nadie asentía con la cabeza como cuando suele haber una afinidad con el mensaje y una aprobación. Pero como no hubo preguntas ni interrupciones, Mr. SC se lanzó con entusiasmo hacia la siguiente parte de la exposición, haciendo uso del power point que manejaba nuestro amigo.

Esta fue una serie de pinturas del arte barroco. Como es sabido, las obras pictóricas de artistas famosos siempre dan lustre a una conferencia. Desfilaron por la pantalla varias madonas flotando sobre nubes—hermosas imágenes, debo admitir— y por unos diez minutos SC analizó para la audiencia los respectivos trazos de Rafael comparándolos con los de sus maestros. Luego le siguió una breve disertación sobre Bach, Shakespeare, Goethe, Nietzsche y algún otro icono de la cultura occidental y europea, con el fin de demostrar que nadie saca nada de la nada, sino que sigue los pasos de sus antecesores; y algo más sobre la relación entre estos sujetos y sus fuentes, que no llegué a captar del todo.

Tal vez mi esposo sí lo entendía, pensé.  Lo miré de reojo. ¿Quizás me podría susurrar una explicación? Pero él estaba ocupado extrayendo sigilosamente de un estuche sus diminutos audífonos y colocándoselos en las orejas. Seguramente atribuía su perplejidad a su no muy agudo sentido auditivo.

Mr. SC pasó a mostrar otras láminas con la estructura ósea de diversos animales. Otros quince minutos habrán transcurrido en la explicación morfológica de varios mamíferos y reptiles, al final de lo cual aprendimos que el hombre (y la mujer, para empatar) no desciende de los animales, sino que es al revés, algo así como que el hombre es el arquetipo sobre el cual el Espíritu descendió y se encarnó; y que los animales siguieron más o menos el molde; pero como ellos son más adaptables que nosotros al medio ambiente, de ahí la existencia de tanta variedad en el reino animal.

No pretendo hacerle justicia a esta parte de su presentación porque para ese entonces yo estaba pensando en la evolución de la conciencia y ¡burra de mí! esperaba que él explicara el nexo con la antropología física.

La serie de dibujos de salamandras saliendo del mar que aparecieron después de los esqueletos, nos decía Mr. SC, era una prueba rotunda de la ignorancia de la ciencia, que lo tenía todo al revés.

—Sí, señores. Es al revés. La raza humana no es el fin de la evolución.  Observemos que nosotros tenemos cinco dedos y hay animales que, partiendo de los cinco, los han juntado en uno. ¿Ejemplos?

Mr. SC se dirigió desafiante a la audiencia y ¡Aleluya, hermano! Alguien dijo la palabra cierta:

—El caballo.

¡Bingo! Un murmullo de admiración corrió entre la audiencia.

—Correcto. El caballo tiene un solo dedo, efectivamente, pero supo tener más, en un pasado—dijo el profesor.

Los dibujos en las láminas que le siguieron lo demostraban: equinos de cinco dígitos, (lo que les impedía muchísimo el trote porque se le enganchaban los dedos por ahí), de cuatro, de tres, y así, hasta llegar a la triunfante y última pezuña que les permite hasta el galope. Eso prueba, yo deduje, que el caballo viene del caballero y no al revés. Me pregunté si en algún pasado el primero montaría al segundo. Mis elucubraciones fueron interrumpidas por otra explicación del conferenciante:

—Los huesos de los animales se fosilizan fácilmente, y los nuestros, no. Por eso es que se los encuentran en épocas supuestamente anteriores a la aparición del ser humano.  Es decir: la arqueología y la evolución están patas para arriba.

Escuché los huesos de Darwin crujir dentro de su cajón en el subsuelo de la abadía de Westminster.

A estas alturas yo esperaba—es decir, ansiaba con toda mi alma— la interrupción de un valiente entre el público que preguntara algo de cierto peso. Por ejemplo, ¿Por qué no nos habla del cerebro de estos animales y del humano? ¿O del respectivo nivel de conciencia? O algo más básico aún, tal como ¿Qué es la conciencia? ¿Un producto de la mente, una emanación del edificio neurológico que es el cerebro? ¿O un fenómeno independiente, tipo espíritu? Pero, no. La única persona que se animó a aventurar una pregunta dijo:

—¿Y los animales tienen una segunda dentición?
¡Segunda dentición! ¿Qué diablo es eso? Ah, cuando se nos caen los dientes de leche…, recordé enseguida. Pero no pude hacer la conexión entre la segunda dentición y la evolución de la conciencia, por más que me esforzara.

Ya habían pasado cuarenta penosos minutos. Se me ocurrió que las sillas de madera, durísimas, no habían sido escogidas por una medida de economía sino por una decisión deliberada, para evitar que la audiencia se durmiera. De repente dudé si estábamos en el lugar y tiempo correcto. Miré el programa. Sí, lo estábamos. El título de la plática y la hora lo corroboraba.

Mr. SC prosiguió. Al finalizar cada frase larga hacía una pausa, entrecerraba los ojos, como si pensara, o tal vez como si estuviera invocando un mensaje cósmico de Rudolf Steiner. Yo también los entrecerraba, pero muy a pesar mío. Luego él pestañaba varias veces para encarar al público y atacar el próximo tema. Yo también pestañaba, tratando de atar los hilos dispersos de su ponencia. Entonces hice la ansiada conexión: ¡antroposofía, la filosofía que enseñan en las escuelas Waldorf del mundo! ¡Claro, nuestro amigo es un maestro en una de ellas! Y mi pobre entendimiento se debía a que no había hecho los deberes de casa para estar informada de antemano sobre las premisas de tal corriente filosófica.

El hombre prosiguió dando más pruebas científicas para sustentar la tesis antroposófica de la evolución al revés. Y afirmó que no existe ningún fósil que demuestre que animal A es el antecesor de los animales B y C, como supone la teoría de la evolución.

—¡No existen! — reiteró.

¡Deshonestidad científica! gritó mi yo crítico, para mis fueros internos. ¡Sí existen! Pero, como Mr. SC no es un científico, ni siquiera se lo puede culpar de deshonestidad.  Apenas de burricie o ignorancia. O locura, en el peor de los casos. (Más tarde, en mi casa y frente al Google, me enteré de que no era ni una cosa ni la otra, sino una convicción dogmática e inofensiva, y que el hombre estaba exponiendo, lo mejor que podía, la teoría de Rudolf Steiner).

Vi a mi esposo cabecear varias veces. Mientras tanto, la audiencia se reía a gusto con algunos comentarios suspicaces de SC. Yo tenía ganas de llorar.

Pensé en las preguntas que candorosamente me había preparado por si llegaba la ocasión, tales como, ¿Ud cree que la conciencia evolucionó paralelamente a la evolución física de un organismo, o llegó de repente? O, ¿Ud concuerda con la teoría de la conciencia de Teilhar de Chardin o la del budismo?  También pensé en el libro de neurología que agonizaba de vergüenza en el portafolio de mi esposo. ¡Ah, que par de ingenuos!

Luego siguió algo que debe haber sido sobre Atlantis o Atlántida. Lo recuerdo vagamente porque mi conciencia ya se deslizaba hacia la inconsciencia del sueño. Para despertarme, puse mi mano en la rodilla de mi esposo, esperando recibir una mirada de misericordia.  Creo que él lo tomo como un gesto de cariño erótico, porque devolvió el mío posando su mano en mi rodilla, y un poco más arriba.  Me desperté del todo.

La última parte de la conferencia, sin solución de continuidad, como quien dice, derivó hacia un tema singular. Es decir, más singular aún que los anteriores:

El problema del ser humano de nuestros tiempos, dijo el profesor, es que hemos desarrollado un individualismo atroz en detrimento de una conciencia social. Muy bien, nada objetable con esa afirmación, pensé. Y en tiempos pasados vivíamos en estrecha relación con la naturaleza. También es verdad, admití. Y un ejemplo de esto es que, durante la dinastía tal y tal de la China, continuó, una emperatriz contaba con varias docenas de doncellas y cortesanas; y cuando murió, todas murieron con ella (con alguna poción venenosa, sugirió nuestro conferencista).

—¡Y eso prueba, señoras y señores, que en época pasadas hubo un sentido cósmico del todo, un espíritu comunitario que hacía que esa generosa entrega voluntaria de la vida, sin miedo a la muerte, fuera la conducta correcta, porque la conciencia global está por encima de la individual!

Mientras yo digería el significado metafísico de este acto (y de la pena de haber perdido esa facultad extraordinaria de sacrificarnos por nuestra reina o rey) recordé de repente a Jim Jones y el célebre suicidio colectivo en las Guayanas, en nombre de Cristo. Lancé otra mirada a mi esposo. Vi que se estaba quitando los audífonos de las orejas y los volvía a meter en la cajita. A lo Churchill, pero más discretamente.

Al finalizar la ponencia, nos unimos a los otros con ruidosos aplausos y, sin más y en tácito acuerdo, escapamos hacia el estacionamiento.

Por la enésima vez lamenté el destino de los cuarenta dólares.

Pero más lamento ahora no haber grabado esta conferencia. Si lo hubiera hecho, podría hoy   ofrecérsela a ustedes en la totalidad de su gloria. Mis disculpas.

 

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La lotería de Navidad

Tonino, el bobo del pueblo, era un hombre larguirucho y desgarbado. Todo en él era enjuto: su cuerpo, su cara, sus manos, su cerebro. Hablaba en monosílabos y gesticulaba mucho. Decían que era bobo porque su padre se había casado con su prima hermana. ¡Tonterías! opinaban algunos. No sería el primer caso en el pueblo. Vean allí al telegrafista— daban como ejemplo—, un Vellino casado con su prima la Vellina. (Conviene aclarar que el final femenino del nombre de la mujer fue un invento, una broma de la gente, porque la prima de veras tenía el mismísimo apellido de él, y eran ambos nietos del mismo abuelo).

—Y vean ustedes cómo su hijo les salió normal—aducían los defensores de estas relaciones anómalas.

—Pero no es lo mismo—opinaba mi tío Alfredo—. En el caso del Tonino, no solo sus padres eran primos hermanos. Sus abuelos también estaban emparentados.

—Sí, pero eran apenas primos segundos—argüían otros.

—No importa. Las taras se acumulan, se amplifican. Y si no son taras, son otras enfermedades ¿Vos no escuchaste hablar de la herencia maldita de la sangre azul europea? La familia real británica, los borbones, la emperatriz de Rusia… Todos sufrían de hemofilia por causa de la consanguinidad.   

Esto los dejó un tiempo callados. A unos pocos, porque no entendieron la última palabra; pero a la mayoría, porque mi tío era el contador de la cooperativa agraria, o sea, un hombre de cierto conocimiento. Su palabra tenía peso, por así decir.

   —Pero si el Tonino es bobo—comentó alguien—¿por qué a veces adivina cosas? ¿Te acordás cuando predijo el número que iba a salir en la lotería, y acertó?

—Sí. ¡Y yo fui tan estúpido de no comprar un billete! —dijo otro, que se llamaba Abelardo.

—Cierto. Yo leí que a veces los bobos tienen un rasgo de genio, especialmente para las cifras y las probabilidades—continuó mi tío—. Es como que llevan la estadística en la cabeza.

—Qué pena que al Tonino no le gusta que lo persigan con esas cosas. Si le preguntás sobre números, te manda a diablo. O no te responde. Ni su madre le puede sonsacar la información. ¡Podrían ser ricos!

—Bueno, pero es bobo. Misterios de la mente humana.

—Solo Dios sabe…

Yo presencié este diálogo en el bar Venecia, en una tarde calurosa, cuando mis amigas y yo tomábamos un aperitivo en las mesas de la calzada. ¡Qué tiempos dulces, aquellos! El señor Septentinelli, el dueño y padre de nuestra compañera Clydia, era un hombre muy responsable, y nos servía el vermut con bastante soda, acompañado de un plato de papas fritas y maníes, para atenuar el efecto de la bebida. A los once años no se tiene mucha tolerancia para el alcohol.

La conversación quedó grabada en mi memoria por lo que pasó después.

Tonino estaría rondando los treinta años en aquella época. No era exactamente un autista, como lo llamaríamos hoy, ni presentaba los rasgos del síndrome de Down. No sé cuál sería el diagnóstico, pero por entonces nuestro vocabulario solo poseía una palabra para él: retardado, vocablo en desuso hoy por su connotación despectiva, pero por entonces nos parecía adecuado, porque el muchacho nunca aprendió a leer o a manejarse socialmente. Miraba a las chicas casi sin pestañar, en un estado de puro embeleso, con la boca abierta, y un hilo de baba corriéndole por el mentón. No se atrevía a hablarle a ninguna de ellas, sin embargo, y menos aún a tocarlas. Era respetuoso.

Pero era claro que sus neuronas estaban conectadas de forma extraña. Por ejemplo, se unía a veces a un grupo de hombres que conversaban, de pie, al lado de la mesa de billar. Y en dado momento, se dormía. No digo que se caía dormido, porque de hecho no se caía. Simplemente, cerraba los ojos, roncaba un poco, pero continuaba en su sitio, con un leve movimiento oscilatorio y sin perder el equilibrio, como la llama de una vela cuando le da la brisa. Era como si tuviera un eje interno y flexible, amarrado a los zapatos. Después de unos minutos de sueño, abría los ojos y se incorporaba al mundo de los despiertos.

—Tonino, ¿con qué estabas soñado? —le preguntaban.

—Con la vaca de doña Panchita —decía, o algo así. La gente estaba atenta a sus sueños, con la esperanza de que largara un número premonitorio.

Vivía con su madre, viuda. En el verano, se quedaba horas sentado inmóvil en un sillón de mimbre, con los brazos apoyados en el descanso. Cuando volaba una mosca cerca de él, con un rápido movimiento la atrapaba con una mano. Y así, una tras otra, las contaba y las dejaba ir. Seguramente cazaba la misma mosca una y otra vez, pero eso era inconsecuente para sus propósitos. Lo que medía no era la cantidad de insectos que entraban en la casa sino su propia capacidad de concentración y rapidez manual.

Tenía la mansedumbre de un cordero con la gente del pueblo, pero era extremadamente duro consigo mismo. Cuentan que una vez estaba cambiando la llanta de un coche, trabajo que él sabía hacer bien. Pero esta vez, cuando estaba martillando una tuerca algo vencida para soltar la rueda, Tonino se martilló un dedo, profirió un grito y, tanto fastidio le dio, que levantó el martillo y se golpeó la cabeza. Cayó desmayado.

El bobo no iba a misa. El cura quería atraerlo a su rebaño, pero él se resistía, y si su madre intentaba arrastrarlo de un brazo, él gritaba como un marrano al que están llevando para ser degollado.

—Tonino no es tonto—mascullaba mi tío, un convencido anticlerical.

La gente lo trataba con cariño, y lo respetaba. Pero Abelardo, un buen talabartero que sin embargo detestaba su profesión, lo perseguía a toda hora.

—¡Tonino, Tonino! ¡Decime un número! —lo acosaba.

El bobo hacía un ademán despectivo con el brazo, para sacárselo de encima, como a un moscardón, y seguía su camino. O en ocasiones, se daba la vuelta y le gritaba, en el dialecto de su madre:

—¡Imbecille!

Era de esos que actuaban por la intuición del momento, no por obedecer la exigencia o el capricho de otros. Y menos la de Abelardo, un obsesionado con la lotería.

Según contó después la madre de Tonino, un caluroso día de la semana antes de Navidad, a la hora en que los rayos del sol se filtraban oblicuos entre el ramaje de los sauces llorones, Abelardo pasaba por la casa del bobo y lo vio de espaldas sentado sobre un tronco atravesado en el patio, que cumplía la función de banco. Estaba tan quieto como la tarde. Por no perder la costumbre, Abelardo lo llamó:

—¡Tonino! ¿Qué número?

Para su sorpresa, esta vez Tonino se volvió hacia él con una expresión enigmática en el rostro, y le gritó:

—¡Ocho mil novecientos noventa y nueve!

—¡Dios te bendiga, Tonino! —exclamó Abelardo, en extremo excitado, con los ojos húmedos de puro alborozo. Era una cifra magnífica.

Moviendo los labios y martillando la cifra en su cabeza de talabartero para no olvidarla, voló hasta la casa del Sr. Dicelio, el funebrero, que también era el revistero y vendía los billetes de lotería, rogando a Dios que ese número, o al menos un número con ese final, estuviera disponible. ¡Y lo estaba! Era un milagro, porque se trataba de “La Gorda”, el sorteo de Navidad, la mayor lotería del año. El hombre no cabía en sí de júbilo. Con el corazón trepidante, fue directo a la carnicería, compró media res de puerco, la llevó a su casa, la adobó, la puso en la parrilla y le pidió a su esposa que cocinara unas papas y otras hortalizas.

Esa noche del 21 de diciembre, Abelardo invitó a sus vecinos a cenar. Estaba con ánimo de fiesta. Era el comienzo oficial del verano. Sacó la mesa de la sala a través de la ventana y la puso en el patio, y buscó en el sótano varias botellas de la mejor grapa que guardaba allí, junto a los chorizos a la grasa.

Comieron y bebieron, y la carne sabía más tierna y jugosa que nunca. A los postres, Abelardo bajó el acordeón que tenía colgado de la pared y comenzó a tocar. Nadie sabía por qué se lo veía tan contento, ni él dijo mu, pero le siguieron la farra, bebiendo y cantando. Cuando se acabó la grapa, comenzó a correr el vino tinto, uno más barato, y las horas se hacían cada vez más festivas.

Finalmente, los invitados agradecieron la hospitalidad y se fueron a sus casas. El día siguiente, jueves, era una jornada de trabajo. Entonces Abelardo se dirigió algo tambaleante a un galponcito donde guardaba sus herramientas y las puso en hilera en el patio de cemento. Las brasas aun ardiendo de la parrilla se reflejaban en sus pupilas, ya encendidas por la emoción y el alcohol. Luego tomó una barra de hierro, la insertó en una argolla incrustada en la tapa redonda de cemento que cubría el pozo séptico, y con un enérgico movimiento que casi lo hace caer de espaldas, la levantó. Enseguida subieron hasta su nariz los efluvios del así llamado pozo ciego, y allí arrojó, una por una y con una alegría feroz, todas sus herramientas de trabajo: los martillos, los cuchillos, la chaira, la lesna, el sacabocado, los remachadores, las cajas de clavos. Luego se limpió las manos en el pantalón, y se metió en la casa.

Cuenta su señora que esa noche Abelardo “quiso guerra” y la arrastró con cariño hasta el dormitorio, y—es de imaginar— murmurándole en la oreja quién sabe qué impúdicas intimidades que se le enredaban en la lengua. Pero ni bien se desvistió y quiso iniciar la embestida, se quedó dormido encima de su esposa.

Temprano a la mañana siguiente, con una resaca descomunal, Abelardo manoteó la radio que estaba en su mesita de luz al lado de la cama y la encendió a la hora exacta, y en la estación justa, que transmitía los números ganadores del sorteo de “la gorda de Navidad”. Se comía las uñas. La cifra agraciada, al fin, fue enunciada dígito por dígito, y él los iba anotando uno por uno en un papel, con mano temblona.

No estaba ni cerca del suyo, ni en la decena.

—¡Ni en el último dígito! — contaría su mujer, histérica, al referir el hecho a sus vecinas.

Cuando la realidad aterrizó en su cerebro obnubilado, Abelardo pegó un alarido salvaje. Su esposa corrió a su lado y lo encontró sentado en la cama, llorando con la cabeza encima de la radio.

El episodio se comentó durante mucho tiempo entre risas, en el café, en el club, en las reuniones familiares y en la cancha de fútbol. La tarde de aquel malhadado domingo, Tonino había estado contando las moscas que iba cazando, informó su madre. Y estaba a punto de llegar al número nueve mil, que para él encerraba un alto significado lindando en lo metafísico, cuando Abelardo lo interpeló. Naturalmente, el bobo dijo en voz alta la cifra que tenía en sus labios. Había cazado la mosca número ocho mil novecientos noventa y nueve desde que había comenzado el contaje al comienzo de la primavera.

En cuanto a las herramientas del desafortunado Abelardo, quedaron en las profundidades del pozo ciego. Por algo este se llama también “sumidero”, palabra derivada de “sumir” y que connota las ideas de inmersión, descenso, hundimiento, desaparición. Como en un cósmico pozo negro, lo que entra allí permanece sumergido para siempre.

Quisiera creer que el pueblo se apiadó e hizo una colecta para equipar nuevamente el taller de Abelardo. Al final, un pueblo que aprecia los caballos y las buenas monturas siempre necesita de un talabartero.

 

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Foreign Languages, Mathematics, and Neuro-Plasticity-Lenguas extranjeras, matematicas y neuroplasticidad (English below)

En un artículo publicado en la revista Nautilus (Fall 2014) la profesora Barbara Oakley confima, para mi agrado, lo que yo siempre sostuve sobre cómo estudiar un idioma: más importante que comprender el mecanismo de la gramática es practicarla a través de ejercicios repetitivos y memorización.

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Bilingualism and Alzheimer’s Disease

Speak­ing two or more lan­guages may help de­lay Alzheimer’s dis­ease symp­toms by as much as five years, re­search has found. Continue reading

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Notas históricas / etnográficas, científicas y filosóficas sobre la próxima publicación “Las aguas del Kalahari”

Sobre las marcas genéticas de los bosquimanos:

La sangre de los San o KhoiSan contiene algunos de los marcadores genéticos más antiguos encontrados en la Tierra. Un análisis reciente sugiere que el grupo pudo haber permanecido aislado de otros grupos ancestrales originales por 100.000 años a los cuales se les unió en una fecha posterior, reintegrándose así al acervo genético humano. Por lo tanto, representan una de las poblaciones más antiguas existentes y menos adulteradas genéticamente. Continue reading

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What’s Lost as Handwriting Fades- Lo que se pierde al abandonar la escritura a mano

VERSIÓN EN ESPAÑOL ABAJO

I would like to refer my readers to an important article regarding the learning process: “What’s Lost as Handwriting Fades” by Maria Konnnikova. It’s from the Science Times section of the New York Times, June 3rd, 2014:

http://www.nytimes.com/2014/06/03/science/whats-lost-as-handwriting-fades.html?_r=0
Through her readings in psychology as well as neurological studies, Konnikova learned that memory and motor skills may suffer as a consequence of a shift from handwriting to the keyboard. The links between handwriting and learning run deep. Continue reading

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Chevron, bad news

(See English below) ¡Nada mas cierto que el dinero es poder! Malas noticias para los afectados del desastre ecológico en la Amazonía Ecuatoriana. Una corte federal en los EEUU dictaminó que el juicio contra la Chevron  no es válido.  Este fallo hace más improbable que la compañía pague los 19 mil millones de dólares que debe, y que serían mayormente para descontaminar el ambiente (medio millón de …hectáreas contaminadas, 30,000 personas afectadas con cáncer y otras enfermedades). Vease el video en mi Facebook de nuestra ultima visita a la Amazonia.https://www.facebook.com/rita.wirkala  

Nothing more certain than that money is power! Bad news for those affected by the ecological disaster in the Ecuadorian Amazon. A federal court in the United States ruled the judgement against Chevron invalid. This makes if more improbable that the company will pay the 19 billion dollars it owes, which would have been used, in the main, to decontaminate the half million hectares with 30,000 people afflicted with cancer and other diseases. In a video posted in Facebook (Rita Wirkala or Elwin Wirkala, https://www.facebook.com/rita.wirkala), which we took during our last visit to the Amazon, Elwin walks in an undulating mass of fern floating over one of the 960 unlined oil pools left by Texaco some 40 years ago. Still, toxic killing…..

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