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Libros para la Caravana

Aprovechando millas para un vuelo gratis, el sábado 5 de enero, mi esposo Elwin Wirkala, una amiga  y yo nos embarcamos para San Diego. Esa misma tarde cruzamos la célebre frontera entre los haves y los have-nots, o, como diría nuestro Tweeter-in-Chief, la que nos separa de los criminales, los violadores, los traficantes, los terroristas, los mafiosos y quien sabe qué otro tipo de gente que está invadiendo nuestro país [sic].

Al rato ya andábamos en el centro de la vibrante ciudad de Tijuana bajo el icónico arco-reloj monumental en la avenida de la Revolución, cargando maletas con unos 100 libros en cada una, destinados a los niños de los criminales, violadores, traficantes, etc. Para nuestro desconcierto, no vimos a ninguno de estos malignos personajes y llegamos ilesos a nuestro hotel.

Allí nos confirmaron lo que ya habíamos escuchado: que una gran parte de la Caravana de estos criminales y otras malas yerbas, ya se había dispersado. De los siete mil individuos que salieron de Centroamérica en octubre, escapando la violencia y la pobreza con planes de cruzar la “línea” y solicitar asilo, solo quedaban en Tijuana unos dos mil. Algunos quedaron por el camino de su largo peregrinaje. Otros, rechazados por los oficiales del Homeland Security y deportados, ya habían emprendido el doloroso retorno a sus países. Muchos otros aceptaron el generoso ofrecimiento del gobierno mexicano de quedarse en Mexico con un permiso de trabajo, o de pagarles el viaje de vuelta a sus países de origen. Y unos pocos, nos dijeron, tomaron el toro por los cuernos y buscaron una entrada ilegal más para el Este, saltando sobre el muro o cavando por debajo de él, donde lo hay, o sorteando cactus y arriesgando sus vidas en el desierto. (Seguramente a esta altura ICE ya deben haberlos aprehendido). Los restantes, los que aun albergaban esperanzas de cruzar legalmente, de ser escuchados y aceptados en los EEUU, ya habían sido trasladados a un nuevo centro de inmigrantes en las afueras de Tijuana, llamado El Barretal, después de cerrarse el original en el centro, por razones de salud.

Sin más, y armados con nuestros libritos infantiles para enfrentar la terrible turba, al día siguiente nos dirigimos al Barretal.  La policía militar,  a cargo de mantener el orden del lugar, nos recibió con un entusiasmo algo ambiguo.  Según nuestro guía, no debíamos entregarles los libros directamente a las familias como era nuestra intención, sino dejarlos a disposición de las voluntarias del Global Vision, quienes al día siguiente vendrían a hacer actividades con los niños.  Además, nos prohibían tomar fotos de los menores. Como nadie en su buen juicio iba a discutir con este tipo de guardianes del bienestar público, acatamos las órdenes, y dejamos la primera maleta en la recepción.

 

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El Barretal, Tijuana

El guía nos mostró las instalaciones y explicó que varias organizaciones se ocupan de la alimentación y la salud de los migrantes, quienes reciben 4 y hasta 5 comidas por día.  “Están sobrealimentados” dijo. Este albergue consta de un gran patio cimentado donde acampan los hombres en una ordenada hilera de tiendas de campaña, más un pabellón que había sido una pista de baile de mala fama y que ahora cobija a las familias, cada una con su pequeña carpa. En vano buscamos los rostros amenazantes de los asesinos y criminales.  Solo vimos a un montón de gente humilde, esperanzada y agradecida por la ayuda que el gobierno de México les estaba brindando.

Como era Día de Reyes, había llegado un grupo de seminaristas. Un coral de Bach se escuchaba de un altavoz. Todo esto daba un aire al lugar entre festivo y religioso.  En seguida se anunció la función del día. Un par de jóvenes payasos congregaron a la audiencia infantil, y comenzaron con un baile muy latino y muy sexi, para alegría de los niños, y tal vez, de los seminaristas. Las madres tomaban fotos de sus pequeños. Es natural que quisieran llevarse un grato recuerdo de su estadía en el limbo de El Barretal, tan lejos de sus hogares y tan cerca del Iluso Paraíso. Nosotros sabíamos que se les otorga asilo solo al 9% de los solicitantes. ¿Lo sabrían ellos? No tuve el coraje de preguntárselo.

Por la tarde nos encaminamos a nuestro segundo destino: una clínica manejada por la ONG Al otro lado de los E.E.U.U. Allí dejamos nuestra segunda maleta. Como unos veinte niños acuden diariamente, nos informaron, iban a formar una pequeña biblioteca infantil en la sala de espera.

Al día siguiente visitamos otro albergue en la zona Norte, barrio afamado por las señoritas de minifaldas y tacones y por los narcotraficantes que pululan en sus calles.  En este albergue, organizado por una ONG local, “Los embajadores de Jesús 2000” o algo parecido, nos recibieron con muy poca simpatía. A regañadientes nos abrieron la puerta, pero nos prohibieron tomar fotos de los menores. Un pequeño se nos acercó y me pidió un libro de dinosaurios. No encontré ninguno, pero se conformó con otro de astronautas.

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También aquí los migrantes, todas familias en sus tiendas de campaña, parecían bien alimentados. Una pareja de Honduras que acababa de llegar nos contó, entre lágrimas, cómo una pandilla había quemado su casa y matado a un familiar por no haber podido cumplir con el pago de la mensualidad que le imponen a su pequeño negocio. Este tipo de extorsión es práctica común en un país donde la ley ya no existe y el gobierno no gobierna.  El hombre tenía documentadas sus quejas a las autoridades. Esto tal vez le de derecho a asilo. Tal vez no.

Mientras conversábamos, mi desobediente esposo tomó varias fotos y videos, y el sujeto que guardaba la puerta le ordenó borrarlos.  No lo hizo. Anarquista cuando se trata de leyes que cree absurdas, Elwin se guardó el teléfono en el bolsillo y salió del lugar, sin más; y nosotras detrás de él. El tipo marcó el número de la policía, o al menos eso dijo.  A estas alturas nuestra amiga, que creció en Tijuana y dijo conocer a su gente, sus barrios y sus policías, nos instó a irnos de inmediato, murmurando algo sobre el barrio Norte, las cárceles de la Federal y otros horrores. Cuando llegamos a toda prisa a la avenida principal y nos metimos en un taxi, un coche de la policía doblaba la esquina.

Esa misma tarde, nuestra amiga partió para el aeropuerto rumbo a Seattle. Elwin y yo, para Los Algodones, en autobús, atravesando el extraordinario paraje de la Rumorosa. Como si un divino,y excéntrico Arquitecto, hubiera arrojado un sinnúmero de rocas al azar y las hubiera dejado caer unas sobre otras en diversos montículos de las formas más extrañas, La Rumorosa hace parte de un fenómeno geográfico que continúa, naturalmente, del otro lado de la frontera. Resulta impensable que un ser humano se aventure a atravesar a pie este montañoso pedregal.

Sin embargo, cuando días después volvimos en la dirección contraria por el lado de Arizona, varios coches patrulleros estaban apostados a la vera de la I8, alertas a la aparición de algún infeliz indocumentado.

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Después de acudir a nuestra cita en una de las 350 clínicas dentales de Los Algodones, llegamos a nuestro último destino, en San Luis Rio Colorado, estado de Sonora.

Habiendo escuchado sobre la caravana de inmigrantes de Centro América, familias pobres de Guerrero y de Chiapas decidieron embarcarse en la misma aventura y, caminando cincuenta kilómetros por día, llegaron a este otro paso en la frontera.  Había además un grupo de cubanos que aprovecharon la volada para probar su suerte. Recorrimos la calle paralela a la “línea”. La calzada estaba festonada por tiendas de campaña y otros precarios refugios improvisados con palos, cobijas o plásticos. Allí no hay presencia gubernamental alguna. Una iglesia católica de vez en cuando les trae comida.  El grupo se ha organizado a sí mismo. Mantienen la calzada limpia, y cada nueva familia o individuo que llega recibe un número, que luego se lo pasan con su nombre a las autoridades “del otro lado” que guardan el acceso a la vía de los peatones. Contamos unas 70 familias y unos 150 niños.  Allí viven día y noche, atentos al llamado de los números. Anuncian solamente dos por día “para no crear tumulto”, nos explicó un oficial de la entrada. A este ritmo, los últimos viajeros deberán esperar por lo menos un mes antes de ser llamados. Lo más probable es que sus pedidos de asilo sean rechazados. Pero ellos no lo saben, porque los llamados entran por una vía y los deportados salen por otra, después de unos días de detención en los centros del Homeland Security, llamados “los refrigeradores” por las bajas temperaturas en que los mantienen, con el objetivo de desestimular a otros viajeros.

Estos niños de San Luis Rio Colorado sí pudieron llevarse libros. Se acercaban respetuosamente con sus padres, hurgaban dentro de la maleta y uno por uno elegían lo que más les atraía. Luego se metían en su cueva de cobijas y plásticos con su cuentito bajo el brazo mientras los padres nos agradecían con una humildad que partía el alma. Nadie nos pidió dinero.

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Estas vidas también están en limbo, como los bebés que mueren antes de ser bautizados, según la leyenda católica. Pero este limbo terrenal debe ser peor que el celestial. Aquí parece ser que Dios se ha olvidado de ellos. O habrá hecho un pacto con los seguidores de Trump.

En resumen, esta es la gran crisis de la frontera. Estas son las hordas de criminales, mafiosos, violadores, terroristas y otra gente de mala calaña que amenazan la integridad territorial y cultural de los Estados Unidos, según nuestro gran líder. Estos varios cientos de familias inocentes, con sus niños mocosos y bebes de pecho, en su increíble candidez creen que les abrirán las puertas del gran país del Norte por el solo hecho de ser pobres. Volvimos contentos y tristes. Contentos por haber visto algunas caritas alegres hojeando las páginas coloridas de números, animales, brujas, y abuelas. Tristes porque sabemos que la mayoría de ellos no tendrán la oportunidad de realizar sus más modestos sueños.

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El “Bordo”, así llamada la zona de la playa en Tijuana donde la división metálica que marca la frontera termina en el Pacifico.

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