Los huesitos de mamá

El licor de anís me recuerda invariablemente a las hermanas Delfino. Ellas nos lo servían en unas copitas elegantes a mí y a mi prima cuando, de niñas, las visitábamos.

Las hermanas vivían en el borde del pueblo, allá donde comenzaban los trigales y los campos de pastoreo. Eso fue hace décadas, antes de que acabaran con el trigo, el girasol, la alfalfa y el maíz para plantar la hoy ubicua soja, que va a parar a las mesas chinas; y antes de que se alimentara a las vacas en los feedlots, más redituables.

Les llamábamos la Tía Finucha y la Tía Ceci.  No eran tías mías sino de mi prima Alicia, pero por el parentesco, nosotras dos teníamos derecho a entrar y salir de su propiedad, o más bien, de su patio, sin llamar a la puerta. A veces íbamos cuando, durante nuestras correrías por esos confines del poblado, necesitábamos el baño, que en aquella casa era un excusado en el patio, y que ellas llamaban “sanitario”. En esas ocasiones solían invitarnos a entrar a la sala.  Entonces nos mostraban todas las fotos de la familia colgadas de la pared: sus abuelos, sus padres y, más arriba, ellas mismas de niñas. Después abrían la cristalera y aparecía el licor y las copas diminutas. Lo tomábamos a sorbos lentos, como si fuera el elixir de los dioses. Cecilia era la más generosa de las dos, y siempre nos ofrecía una segunda dosis. La Finucha, como era la mayor y por tanto administraba el dinero en la casa, se mostraba siempre más parsimoniosa.  Su excusa era que, con apenas diez años, el alcohol nos podía subir a la cabeza. Algunas veces pasó, no muchas. Pero la mayor atracción no eran las fotos ni ese licor que nos quemaba el esófago, sino un ombú que se erguía en el patio, ese árbol colosal de la pampa, que ni es árbol sino gramínea gigante, donde mi prima y yo comulgábamos con el mundo natural, acurrucándonos en los huecos entre sus voluptuosas raíces.

Las Delfino, por contraste, no eran voluptuosas como su ombú, sino más bien delgadas y altas como dos cipreses, esos árboles de cementerio a los que no se puede trepar. Pero la gente prefería darles el epíteto de “secas”, o “secas como bacalao en salmuera”. La mayor virtud de las hermanas era la pulcritud.  Ambas se vestían de negro; no por ser viudas, ya que nunca habían disfrutados de los placeres del matrimonio o, como ellas decían, padecido de los desplaceres de los hombres, seres desordenados y mugrientos. El negro, en cambio, se debía al luto que guardaban desde que su madre había muerto, y que nunca abandonaron. Negras eran sus faldas, negras las camisas bordadas, negras las medias de muselina del invierno y las mantillas para la iglesia, a la que acudían diariamente para la misa matinal. También negros eran el cabello, los ojos y las espesas cejas sicilianas.

Una vez por mes, las hermanas se encaramaban en su Ford T, también negro—una reliquia ya en ese tiempo— y dirigían los tres kilómetros que distaban del cementerio para limpiar el panteón de la familia. Cuando la madre murió, la habían enterrado en un cajón barato, de pino, en una fosa en la tierra. Por ese entonces, aunque el padre había heredado algo de campo, no eran ricos para nada. Pero al final de la década de los cuarenta, cuando los agricultores se enriquecieron con las exportaciones de carne y trigo a los países europeos envueltos en guerra, el hombre se sintió más próspero. Ya no se agachaba en los surcos sudando la gota gorda como antes. Llegó a comprar una trilladora y una cosechadora y a tener una abultada cuenta bancaria. Y, consciente ya de su propia mortalidad, mandó a construir en el cementerio un mausoleo—que allá le llamábamos, erróneamente, panteón, porque sus habitantes son meros mortales —como todas las familias medianamente pudientes, donde reposaban los miembros de la misma familia. Como es sabido, allí los cuerpos no se descomponen tan rápido como los cajones en las tumbas comunes. Y tampoco confraternizan con otros esqueletos plebeyos de un cualquier hijo de vecino en las fosas cavadas en la tierra.

Cuando la construcción estuvo lista, trasladaron los restos de doña Delfino, que a esta altura eran meros huesos, y con debida ceremonia los guardaron en una urna que fue puesta en el pequeño altar del panteón. Don Delfino murió unos años después, y fue a ocupar su lugar en un ataúd de lujo contra la pared izquierda. Aún sobraban dos plazas para las hermanas, cuando les llegara la hora, en las dos plataformas de cemento de la pared derecha, una sobre la otra, como las camas-cuchetas de los barcos.

Este panteón, nada opulento, era una edificación blanquísima, pero con un ostentoso portal de madera labrada, atiborrada de ángeles. En cada visita mensual las beatas hermanas seguían una rutina establecida. Al entrar, abrían la pequeña claraboya redonda y quitaban las telarañas del techo que se extendían entre los querubines y otros ornamentos de yeso. Luego limpiaban el piso y pasaban el plumero por el ataúd del padre que se empolvaba con cada barrida. Después sacaban brillo a los candelabros de plata y pasaban un trapo por el altar y los varios santos del profuso Olimpo católico. Y al fin se dedicaban a pulir la urna de la madre, una especie de jarrón con tapa. Pero este era un problema. El material, que no era del mejor, se resistía al jabón y a la esponja. La humedad del lugar hacía emerger una película blanca como de moho, a los cinco minutos de haberlo limpiarlo, y las malditas manchas volvían a surgir como por ensalmo.

En una de estas visitas, después de limpiar, prender las velas y rezar un rosario completo, las hermanas decidieron, de común acuerdo, acabar con las inútiles fregadas de la urna y comprar otra de un material decente.

—De mármol de carrara—propuso Cecilia.

—Es muy caro—respondió su hermana—. Que sea mármol blanco de la China, que es bueno, pero más barato.

Y como La Finu era la indiscutible guardiana del cofre de los ahorros, la urna sería de mármol chino.

Por ese entonces mi padre había cerrado la tienda, que ya vendía poco y nada, y conseguido un trabajo de representante de una casa de sepelios. Su catálogo incluía fotos de féretros y lápidas, para nichos o tumbas, de bronce o mármol, algunas con un pequeño recipiente en relieve para poner flores y agua. El trabajo del grabado de los epitafios en las lápidas estaba incluido en el precio. Los deudos podían mandar el texto, o usar uno sugerido por el vendedor. Me daba gusto inventar frases que mi padre podía usar en sus ventas, tales como Vivirás en nuestro corazón…Aquí descansa en la paz del Señor… Duerme aquí su eterno sueño… etc. Algunas llegaron a ser usadas. Me enorgullece poder decir que estos fueron mis primeros trabajos publicados. Pero, volviendo al catálogo: este también contenía fotos de hermosos ánforas y cofres de variados materiales para guardar ya sea los restos óseos de sus finados o las cenizas. Las Delfino querían una urna de la mejor—o casi de la mejor—calidad posible, y esto era buena noticia para mi padre, que ganaba por porcentaje sobre la facturación.

Recuerdo el día en que eligieron una del muestrario, y también el día en que el comisionista se la trajo de la ciudad. Quien le había encargado la encomienda fue la Ceci, porque el tipo le tenía ojeriza a su hermana. Decía que era tacaña y desconfiada.

Al día siguiente de la llegada de la urna las hermanas se subieron al Ford T y se marcharon directo para el cementerio. Cecilia manejaba, como siempre, y la Finucha pasaba las cuentas del rosario mientras murmuraba sobre cuánto había disminuido la cuenta bancaria después de ese extravagante, aunque necesario, gasto. Esa capacidad de múltiple atención era una de sus habilidades mentales.  Encontraron el camposanto vacío, ya que era un día de semana. Esto las alegró; no querían curiosos. Este y otros detalles los sé porque me los refirió mi prima, y ella los escuchó de su madre, quien lo supo de la propia boca de la Finucha durante el velatorio de su hermana Cecilia.

Dijo que estacionaron el Ford T cerca del muro del cementerio, bajo un sauce llorón; abrieron los portones de hierro labrado y se internaron por la callejuela que llevaba al panteón familiar. La urna habría sido pesadísima, pero las hermanas, aunque flacas, no eran débiles. Tenían fibra, como quien dice, y determinación.  Me las imagino andando y transpirando entre cruces plateadas y tumbas blancas, con sus largas faldas negras, portando entre las dos ese jarrón de mármol por más de doscientos metros. Yo conozco bien el sitio, y sé dónde están los Delfino, porque para el Día de los Muertos, cuando la gente del pueblo iba a poner flores frescas a sus difuntos, mis amigas y yo jugábamos a las escondidas entre las tumbas y los panteones.

Aquel día, Cecilia abrió la puerta del panteón y a su hermana le disgustó el chirrido de las bisagras. Le dio un mal presentimiento. La Finucha encendió la linterna y tiró del cordel para abrir la claraboya. La luz entró a raudales. Luego encontró los fósforos y las velas. Prendió seis velas y pronto el lugar quedó envuelto en esa extraña luminosidad, cuando los haces de luz de las candelas se conjugan con la luz natural.

Entonces pusieron manos a la obra. Se persignaron repetidamente. Sin perder más tiempo, la Ceci primero sacudió un poco la vieja urna y una sonajera de huesos insepultos le indicó que todavía no eran polvo. ¡Enhorabuena! Abrió la tapa, comenzó a extraer uno a uno los restos óseos de su difunta madre, y los fue colocando uno al lado del otro, encima del altar. Aquí tengo que hacer un intervalo en mi narrativa para no ser acusada de inventar historias. Lo cierto es que la Finucha no explicó si ella vio o no vio el anillo brillar entre la osamenta en aquel momento, por eso no puedo afirmarlo. Solo contó que al cabo de pocos minutos su hermana Cecilia comenzó a estornudar. Un insidioso polvillo se le estaba metiendo en la nariz.

— Esto está un asco, Finu—dijo—. Hay que lavarlos.

Su hermana concordó. No podía haber sido de otra forma: los huesos estaban como carcomidos, llenos de agujeritos y cubiertos de unos residuos como esos que dejan las polillas cuando atacan alguna prenda en el ropero. No era digno de ellas ignorar este aspecto. Y como siempre, diligente y esforzada—y nadie puede negarle estas virtudes—La Finucha se ofreció a buscar un balde con agua, que siempre existen en los cementerios para los floreros, y una toalla que tenían en el Ford T.

Cuando retornó al panteón, Cecilia ya había puesto las piezas óseas en el suelo, encima de una mantilla. Se dispusieron entonces a lavarlas, una por una.

—¿Y no les dio una… como diré… sensación desagradable, hacer todo esto? — preguntó la mamá de Alicia en cuanto escuchaba la historia que La Finucha le contaría más tarde.

—No, no. Al final, es la madre de una, no un esqueleto cualquiera—le dijo la Finu—. Además, querida, del polvo venimos y al polvo… ya sabés.  Pero te cuento que estaban bien roñosos los huesos. Y yo le dije a mi hermana: “Ceci, por el amor de Dios, aquí hay que hacer un buen trabajo”.

Y así comenzaron su meticulosa tarea de higiene. Cecilia le alcanzaba los huesos de a uno, la Finu los sumergía en el balde, los sacudía un poco, y se los pasaba de vuelta a su hermana, quien los secaba con la toalla y los colocaba en la nueva urna encima del altar. En el funesto silencio ni siquiera se escuchaba un leve clac-clac, porque Cecilia era muy cuidadosa cuando los acomodaba en su flamante jarrón mortuorio. Lo más trabajoso fueron los huesitos de las manos y los pies. ¡No acababan nunca! contaba la Finu.  De vez en cuando tenían que cambiar el agua del balde, cuando se ponía espesa. Al cabo de una hora, cuando terminaron la tarea y se sentaron en el piso para un buen merecido descanso, a la Finu se le cruzó una imagen por la cabeza.

—¿No fue que a mamá la enterraron con el anillo de casada, Ceci?

—No sé, Finu, pero lo hubiéramos visto aquí, ¿no te parece?

—Supongo que sí…

Las hermanas dieron por finalizada la macabra tarea, y conste que lo de macabro es una adición mía; para ellas era apenas un santo deber de amor filial y pulcritud.

Días más tarde, en ausencia de Cecilia, La Finucha sacó de un armario el álbum de fotografías de la familia. Allí encontró la foto de su madre en el ataúd, con su vestido de encajes y un bouquet de flores de seda. Y pudo comprobar lo que ya circulaba por el laberinto de su memoria: el anillo de oro con sus piedritas de brillantes relucía claramente en el dedo anular. Consultó con el señor Dicelio, el funebrero. Este le dijo que él mismo había supervisado la transferencia de los restos del ataúd original, y que el anillo todavía estaba en el correspondiente metacarpo de la mano izquierda de la difunta, aunque un poco suelto, por supuesto, cuando cerraron la urna. Nadie podía cuestionar su probidad. Era hombre de iglesia, paisano de su padre, gente honrada, además de rico. No se iba a ensuciar por poco. Y no estaba solo, hubo testigos. No, no podía ser él ni sus ayudantes. Solo cabía una terrible solución al enigma: Cecilia había quedado a solas con los huesos de la progenitora cuando la Finu había ido por agua, tiempo suficiente para… ah, el pensamiento era tan feo que se le ponía la piel de gallina. Y lo rechazaba tan pronto como brotaba en su mente. Sin embargo, comenzó a obsesionarla, sin tregua.

Desde ese día se dedicó a observar a su hermana, y notó que rezaba más, y que el nivel de la botella de licor de anís bajaba en proporción a la frecuencia de sus oraciones. Y que en dos ocasiones esa semana había desaparecido por la tardecita y llegado solo de noche, con historias piadosas mal contadas, con cierta luminosidad en los ojos, y un rojo más vivaz en los labios, que contrastaba con su usual opacidad. Decidió seguirla.

Debió ser en julio o agosto, porque hacía frío. Se puso un pantalón overol de mecánico, una chaqueta de su finado padre y un sombrero, y se escurrió por entre las sombras del ocaso temprano en esa tarde de invierno, evitando la luz amarilla de los faroles de las esquinas.  No es cosa fácil esconderse en un pueblo. Cuando no hay gente por las calles, hay mirillas en los postigos y ojos curiosos. Y cuando no hay mirillas, hay alcahuetes y alcahuetas.  Una de esas alcahuetas era la Vieja Fiandra. Nadie sabe por qué tenía ese sobrenombre, pero ese era el suyo. Las hermanas conocían bien a la doña, porque una vez, cuando se cayó media ebria dentro de una zanja llena de agua y sapos, las dos la socorrieron y se la llevaron a su casita, la lavaron, y la dejaron pulcra durmiendo la mona en su cama. Fue un acto de caridad cristiana.

¡Y ahora resulta que la Cecilia estaba yendo a la casa de la vieja harpía sin contarle nada a ella!

La Finu se apostó en un lugar donde podía vigilar la casa y, amparada por la penumbra que ya a esa hora oscurecía las calles, esperó. Y esperó, y esperó. Gracias a Dios traía su rosario, que le llenaba los minutos y le entretenía los labios. Ya eran como las ocho cuando vio salir a su hermana por la puerta de enfrente. Algo le hizo seguir allí parada, mirando esa puerta, que bullía de posibilidades. Al cabo de un par de minutos, una silueta masculina emergió, no por esa puerta, sino por la trasera. Era el comisionista.

La adrenalina explotó por las venas de la Finucha, y su mente se puso a trabajar furiosa, imaginando los varios motivos de este encuentro obviamente clandestino y sopesando sus probabilidades. Pero todas las alternativas giraban en torno a dos, una peor que la otra: La primera era que Cecilia estaba negociando el anillo con el comisionista y tratando de sacarle el mejor precio. Esto era inadmisible. ¿Para qué querría su hermana el dinero? Es cierto que La Finu, en su función de estricta administradora, se lo mezquinaba un poco, porque ese era su deber. ¡Pero tampoco le faltaba nada a la Ceci! La otra alternativa era que los dos … Un sobrevuelo de imágenes pornográficas tomó posesión de su cerebro, y la enfureció.  ¡Eso sí que era impensable!  Era tan tremendo que de solo figurárselo ya le daba náuseas. Corrió a su casa como alma que lleva el diablo para llegar antes que su hermana. Se metió en el cuarto para cambiarse de ropa y luego salió disimulando su consternación con un pañuelo en la boca y una tos fingida. Iba a preparar la cena.

Esa noche la hermana mayor se guardó el volcán que llevaba adentro. Cenaron en silencio, un silencio espeso, eléctrico. La Finu no podía achacarle ninguna culpa sin pruebas. Tampoco se animaba a preguntarle a su hermana, así, a boca de jarra, a qué se debía el encuentro. No quería que Cecilia la retrucara acusándola de espionaje barato. Tenía que actuar con calma e inteligencia. Su premonición, que a menudo se encendía como un faro en medio de la tiniebla cuando visualizaba catástrofes, la llevó a la acción inmediata. Cuando Cecilia ya estaba roncando, la Finucha tomó la linterna y, presa de una feroz determinación, se fue a la calzada donde dejaban el tacho de la basura. Había estado allí por una semana. Al día siguiente pasaría el basurero. Arrastró el tacho para adentro, lo ocultó detrás del ombú y, protegida por el generoso tronco de la remotísima posibilidad de que Ceci abriera la ventana, escarbó entre los restos de comida—yerba mate, cáscaras de papas y de huevos, huesos de gallina y otras menudencias, lo poco que las espartanas mujeres arrojaban a la basura. No fue difícil encontrar lo que buscaba, pues era lo único envuelto en un papel de diario: la prenda incriminadora.

¡Avemaría purísima! ¡Ahora no había dudas! ¡Los calzones de su hermana estaban manchados de sangre! Y no era sangre de menstruación, porque el período de las dos no estaba ni cerca. Lo sabía porque en eso siempre andaban sincronizadas, día más día menos.

¡Su hermana había perdido la virginidad!

La Finucha rezó con rabia, se guardó las bragas de su hermana en el bolsillo del deshabillé de lana y se metió en la casa. Esa noche no pegó un ojo. Se la pasó revisando mentalmente los siete pecados capitales y los veniales. El robo es un pecado capital. Y también la mentira… pero ¿la deslealtad? ¿Por qué no consta entre los siete pecados mortales? ¿O es que a Moisés se le había acabado la tabla para escribir más?

Se levantó con unas ojeras profundas, el rostro ceniciento y un hálito de hiel, y no pudo menos que encarar a Cecilia, que ya estaba preparando un mate.

—¡No sé qué es peor, si el robo o la lujuria! —le dijo, sacando chispas por las pupilas como una demente, mientras enarbolaba los calzones de su hermana.

Cecilia quedó paralizada, con el rostro desencajado y blanco como un papel.

—¡Mentiste, robaste, FORNICASTE! ¡Por todo eso te vas a ir tres veces al infierno, hermana! —continuó la Finu—. Ahora hablá y decime qué hiciste con el anillo de mamá. ¿Se lo regalaste a tu Fulano? ¿Para pagarle por los servicios?

La Cecilia no respondió. Se encerró con llave en su cuarto y no salió por largo tiempo. Sí, salió en cierto momento, como una tromba—se corrigió la Finu cuando narraba la historia—, para agarrar la botella de licor de anís de la cristalera y encerrarse otra vez. Y al cabo de horas, cuando la Finu tenía los nudillos doloridos de tanto golpear a la puerta, la otra salió al fin, media borracha, y le dijo:

—¿Querés saber del anillo? ¡Vení, te voy a mostrar donde está!

Cruzó el patio, a los tropezones, en dirección al excusado. Abrió la puerta, extrajo la joya de su bolsillo y le dijo a su hermana:

—Buscá tu anillo ahora—y lo dejó caer por el agujero.

Los días siguientes a este evento quedaron un poco confusos en la narrativa de la Finucha. Parece ser que las hermanas no se hablaron más. Y que Cecilia solo salía del cuarto para la sala como perro apaleado para mandarse unos tragos de licor de anís de una botella nueva y volvía a encerrarse. Que en ese par de días se había bajado la segunda botella, que contiene un treinta y cinco por ciento de alcohol, dicen, aunque la Finucha dijo que ese tenía más. Y que cuando la finiquitó, la puso en el tocador con una vela encima.

Lo que sí quedó claro es que, al tercer día, la Cecilia desapareció con sus cosas, dejando solo un mensaje:

La envidia también es un pecado capital. ¡Nos vemos en el Infierno, hermana! El anillo era para comprarme un vestido blanco. No importa. Me caso de negro.

La Finu armó un servicio fúnebre simbólico, porque, para ella, dijo, su hermana se había muerto.

En cuanto al malhadado anillo, cuenta que buscó una linterna y se armó de un alambre con un gancho en la punta. Todavía estaba intacto brillando en la superficie fecal. En minutos ya lo había rescatarlo.

—Vendí el anillo a mi vecina—contó la Finu—. La plata no alcanzó ni para este velatorio. ¡Y eso que no es de cuerpo presente!

—¿Y no te dio… asco, revolver en el excusado? —preguntó mi tía.

—No, no. Al final, era mierda nuestra, no una cualquiera.

 

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20 Comments

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20 responses to “Los huesitos de mamá

  1. maria canton

    Que bueno Rita…me sorprendio el final…humor negro no lo esperaba…un beso grande💓

  2. Ann Cameron

    ¡Magnífico!

  3. Patricia Mays

    Me gusto el cuento un abrazo Gracias !!!

  4. Marcela Vodall

    Me encantó este cuento, ¿Está basado en hechos reales? ¿O leyendas?

    • Son parientes lejanos, de mi pueblo. Los personajes y el ambiente estan descriptos tal cual eran, inclusive el licor de anis que nos tomabamos, el negocio de mi padre, mis “escrituras lapidarias”, sus visitas al cementerio y el lavado de los huesitos, todo es real. El anillo rescatado del excusado pertenece a otra historia, y el desenlace es elaboracion de la autora…

    • Es real hasta la mitad. A partir de la desaparicion del anillo es mi propia creacion, digamos, en un universo paralelo de estas dos hermanas.

  5. Me ha encantado!… ya recuerdo que me contaste algo sobre esta historia en nuestra ultima charla, pero no me la imaginaba tan intrigante e interesante a la vez.

  6. Claudia Castillo

    Rita, qué hermoso relato me encantó! Bueno, me enganchó desde la primera línea y ahora quiero más! Tu talento con las letras me enamora de tus personajes. Ya amo a la Finu y a Cecilia. Y he descubierto la belleza del Ombú. Gracias.

  7. ¡Me encantó! Hay algo de homenaje a Borges y García Márquez en la forma de contar la historia y darle vida a los personajes. Y ese narrador que aparece y desaparece me resulta enigmático. ¿Quién será? ¡Un abrazo y éxitos!

  8. Dalia Maxum

    Me encantó!!

  9. Geraldine Rodríguez

    Me quedé atrapada desde la primera línea. ¡Me encantó!

  10. I translated this into English.

  11. Teresa Luengo Cid

    ¡Me encanta la historia y tu estilo Rita, sobretodo la mezcla de lo macabro con el humor sarcástico!

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