La lotería de Navidad

Tonino, el bobo del pueblo, era un hombre larguirucho y desgarbado. Todo en él era enjuto: su cuerpo, su cara, sus manos, su cerebro. Hablaba en monosílabos y gesticulaba mucho. Decían que era bobo porque su padre se había casado con su prima hermana. ¡Tonterías! opinaban algunos. No sería el primer caso en el pueblo. Vean allí al telegrafista— daban como ejemplo—, un Vellino casado con su prima la Vellina. (Conviene aclarar que el final femenino del nombre de la mujer fue un invento, una broma de la gente, porque la prima de veras tenía el mismísimo apellido de él, y eran ambos nietos del mismo abuelo).

—Y vean ustedes cómo su hijo les salió normal—aducían los defensores de estas relaciones anómalas.

—Pero no es lo mismo—opinaba mi tío Alfredo—. En el caso del Tonino, no solo sus padres eran primos hermanos. Sus abuelos también estaban emparentados.

—Sí, pero eran apenas primos segundos—argüían otros.

—No importa. Las taras se acumulan, se amplifican. Y si no son taras, son otras enfermedades ¿Vos no escuchaste hablar de la herencia maldita de la sangre azul europea? La familia real británica, los borbones, la emperatriz de Rusia… Todos sufrían de hemofilia por causa de la consanguinidad.   

Esto los dejó un tiempo callados. A unos pocos, porque no entendieron la última palabra; pero a la mayoría, porque mi tío era el contador de la cooperativa agraria, o sea, un hombre de cierto conocimiento. Su palabra tenía peso, por así decir.

   —Pero si el Tonino es bobo—comentó alguien—¿por qué a veces adivina cosas? ¿Te acordás cuando predijo el número que iba a salir en la lotería, y acertó?

—Sí. ¡Y yo fui tan estúpido de no comprar un billete! —dijo otro, que se llamaba Abelardo.

—Cierto. Yo leí que a veces los bobos tienen un rasgo de genio, especialmente para las cifras y las probabilidades—continuó mi tío—. Es como que llevan la estadística en la cabeza.

—Qué pena que al Tonino no le gusta que lo persigan con esas cosas. Si le preguntás sobre números, te manda a diablo. O no te responde. Ni su madre le puede sonsacar la información. ¡Podrían ser ricos!

—Bueno, pero es bobo. Misterios de la mente humana.

—Solo Dios sabe…

Yo presencié este diálogo en el bar Venecia, en una tarde calurosa, cuando mis amigas y yo tomábamos un aperitivo en las mesas de la calzada. ¡Qué tiempos dulces, aquellos! El señor Septentinelli, el dueño y padre de nuestra compañera Clydia, era un hombre muy responsable, y nos servía el vermut con bastante soda, acompañado de un plato de papas fritas y maníes, para atenuar el efecto de la bebida. A los once años no se tiene mucha tolerancia para el alcohol.

La conversación quedó grabada en mi memoria por lo que pasó después.

Tonino estaría rondando los treinta años en aquella época. No era exactamente un autista, como lo llamaríamos hoy, ni presentaba los rasgos del síndrome de Down. No sé cuál sería el diagnóstico, pero por entonces nuestro vocabulario solo poseía una palabra para él: retardado, vocablo en desuso hoy por su connotación despectiva, pero por entonces nos parecía adecuado, porque el muchacho nunca aprendió a leer o a manejarse socialmente. Miraba a las chicas casi sin pestañar, en un estado de puro embeleso, con la boca abierta, y un hilo de baba corriéndole por el mentón. No se atrevía a hablarle a ninguna de ellas, sin embargo, y menos aún a tocarlas. Era respetuoso.

Pero era claro que sus neuronas estaban conectadas de forma extraña. Por ejemplo, se unía a veces a un grupo de hombres que conversaban, de pie, al lado de la mesa de billar. Y en dado momento, se dormía. No digo que se caía dormido, porque de hecho no se caía. Simplemente, cerraba los ojos, roncaba un poco, pero continuaba en su sitio, con un leve movimiento oscilatorio y sin perder el equilibrio, como la llama de una vela cuando le da la brisa. Era como si tuviera un eje interno y flexible, amarrado a los zapatos. Después de unos minutos de sueño, abría los ojos y se incorporaba al mundo de los despiertos.

—Tonino, ¿con qué estabas soñado? —le preguntaban.

—Con la vaca de doña Panchita —decía, o algo así. La gente estaba atenta a sus sueños, con la esperanza de que largara un número premonitorio.

Vivía con su madre, viuda. En el verano, se quedaba horas sentado inmóvil en un sillón de mimbre, con los brazos apoyados en el descanso. Cuando volaba una mosca cerca de él, con un rápido movimiento la atrapaba con una mano. Y así, una tras otra, las contaba y las dejaba ir. Seguramente cazaba la misma mosca una y otra vez, pero eso era inconsecuente para sus propósitos. Lo que medía no era la cantidad de insectos que entraban en la casa sino su propia capacidad de concentración y rapidez manual.

Tenía la mansedumbre de un cordero con la gente del pueblo, pero era extremadamente duro consigo mismo. Cuentan que una vez estaba cambiando la llanta de un coche, trabajo que él sabía hacer bien. Pero esta vez, cuando estaba martillando una tuerca algo vencida para soltar la rueda, Tonino se martilló un dedo, profirió un grito y, tanto fastidio le dio, que levantó el martillo y se golpeó la cabeza. Cayó desmayado.

El bobo no iba a misa. El cura quería atraerlo a su rebaño, pero él se resistía, y si su madre intentaba arrastrarlo de un brazo, él gritaba como un marrano al que están llevando para ser degollado.

—Tonino no es tonto—mascullaba mi tío, un convencido anticlerical.

La gente lo trataba con cariño, y lo respetaba. Pero Abelardo, un buen talabartero que sin embargo detestaba su profesión, lo perseguía a toda hora.

—¡Tonino, Tonino! ¡Decime un número! —lo acosaba.

El bobo hacía un ademán despectivo con el brazo, para sacárselo de encima, como a un moscardón, y seguía su camino. O en ocasiones, se daba la vuelta y le gritaba, en el dialecto de su madre:

—¡Imbecille!

Era de esos que actuaban por la intuición del momento, no por obedecer la exigencia o el capricho de otros. Y menos la de Abelardo, un obsesionado con la lotería.

Según contó después la madre de Tonino, un caluroso día de la semana antes de Navidad, a la hora en que los rayos del sol se filtraban oblicuos entre el ramaje de los sauces llorones, Abelardo pasaba por la casa del bobo y lo vio de espaldas sentado sobre un tronco atravesado en el patio, que cumplía la función de banco. Estaba tan quieto como la tarde. Por no perder la costumbre, Abelardo lo llamó:

—¡Tonino! ¿Qué número?

Para su sorpresa, esta vez Tonino se volvió hacia él con una expresión enigmática en el rostro, y le gritó:

—¡Ocho mil novecientos noventa y nueve!

—¡Dios te bendiga, Tonino! —exclamó Abelardo, en extremo excitado, con los ojos húmedos de puro alborozo. Era una cifra magnífica.

Moviendo los labios y martillando la cifra en su cabeza de talabartero para no olvidarla, voló hasta la casa del Sr. Dicelio, el funebrero, que también era el revistero y vendía los billetes de lotería, rogando a Dios que ese número, o al menos un número con ese final, estuviera disponible. ¡Y lo estaba! Era un milagro, porque se trataba de “La Gorda”, el sorteo de Navidad, la mayor lotería del año. El hombre no cabía en sí de júbilo. Con el corazón trepidante, fue directo a la carnicería, compró media res de puerco, la llevó a su casa, la adobó, la puso en la parrilla y le pidió a su esposa que cocinara unas papas y otras hortalizas.

Esa noche del 21 de diciembre, Abelardo invitó a sus vecinos a cenar. Estaba con ánimo de fiesta. Era el comienzo oficial del verano. Sacó la mesa de la sala a través de la ventana y la puso en el patio, y buscó en el sótano varias botellas de la mejor grapa que guardaba allí, junto a los chorizos a la grasa.

Comieron y bebieron, y la carne sabía más tierna y jugosa que nunca. A los postres, Abelardo bajó el acordeón que tenía colgado de la pared y comenzó a tocar. Nadie sabía por qué se lo veía tan contento, ni él dijo mu, pero le siguieron la farra, bebiendo y cantando. Cuando se acabó la grapa, comenzó a correr el vino tinto, uno más barato, y las horas se hacían cada vez más festivas.

Finalmente, los invitados agradecieron la hospitalidad y se fueron a sus casas. El día siguiente, jueves, era una jornada de trabajo. Entonces Abelardo se dirigió algo tambaleante a un galponcito donde guardaba sus herramientas y las puso en hilera en el patio de cemento. Las brasas aun ardiendo de la parrilla se reflejaban en sus pupilas, ya encendidas por la emoción y el alcohol. Luego tomó una barra de hierro, la insertó en una argolla incrustada en la tapa redonda de cemento que cubría el pozo séptico, y con un enérgico movimiento que casi lo hace caer de espaldas, la levantó. Enseguida subieron hasta su nariz los efluvios del así llamado pozo ciego, y allí arrojó, una por una y con una alegría feroz, todas sus herramientas de trabajo: los martillos, los cuchillos, la chaira, la lesna, el sacabocado, los remachadores, las cajas de clavos. Luego se limpió las manos en el pantalón, y se metió en la casa.

Cuenta su señora que esa noche Abelardo “quiso guerra” y la arrastró con cariño hasta el dormitorio, y—es de imaginar— murmurándole en la oreja quién sabe qué impúdicas intimidades que se le enredaban en la lengua. Pero ni bien se desvistió y quiso iniciar la embestida, se quedó dormido encima de su esposa.

Temprano a la mañana siguiente, con una resaca descomunal, Abelardo manoteó la radio que estaba en su mesita de luz al lado de la cama y la encendió a la hora exacta, y en la estación justa, que transmitía los números ganadores del sorteo de “la gorda de Navidad”. Se comía las uñas. La cifra agraciada, al fin, fue enunciada dígito por dígito, y él los iba anotando uno por uno en un papel, con mano temblona.

No estaba ni cerca del suyo, ni en la decena.

—¡Ni en el último dígito! — contaría su mujer, histérica, al referir el hecho a sus vecinas.

Cuando la realidad aterrizó en su cerebro obnubilado, Abelardo pegó un alarido salvaje. Su esposa corrió a su lado y lo encontró sentado en la cama, llorando con la cabeza encima de la radio.

El episodio se comentó durante mucho tiempo entre risas, en el café, en el club, en las reuniones familiares y en la cancha de fútbol. La tarde de aquel malhadado domingo, Tonino había estado contando las moscas que iba cazando, informó su madre. Y estaba a punto de llegar al número nueve mil, que para él encerraba un alto significado lindando en lo metafísico, cuando Abelardo lo interpeló. Naturalmente, el bobo dijo en voz alta la cifra que tenía en sus labios. Había cazado la mosca número ocho mil novecientos noventa y nueve desde que había comenzado el contaje al comienzo de la primavera.

En cuanto a las herramientas del desafortunado Abelardo, quedaron en las profundidades del pozo ciego. Por algo este se llama también “sumidero”, palabra derivada de “sumir” y que connota las ideas de inmersión, descenso, hundimiento, desaparición. Como en un cósmico pozo negro, lo que entra allí permanece sumergido para siempre.

Quisiera creer que el pueblo se apiadó e hizo una colecta para equipar nuevamente el taller de Abelardo. Al final, un pueblo que aprecia los caballos y las buenas monturas siempre necesita de un talabartero.

 

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6 Comments

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6 responses to “La lotería de Navidad

  1. Ann Cameron

    Very nice, Rita.

  2. Ann Cameron

    Merry Christmas, Rita. I like the new story very much!

    Love you and Elwin and the girlsy los nietos adorables!

    Ann

    ________________________________

  3. esti weiland

    Querida Rita,  Recién me operó por catarata con resultados todavía no muy buenos. Se me instaló un lente para distancia  y por eso no puedo leer.  El ojo no operado sufrió un trombosis de la retina have 15 años y ya no lee. Espero que el médico encuwntre una solución cuando vuelve de sus vacaciones.  Guardaré tu cuento.Besos,Esti

  4. Clarice

    Great story- I love it!

  5. Elwin L Wirkala

    Wow!

  6. Esti Rose Weiland

    Rita dear, I’ve finally been able to read your charming funny story and will forward this email to the Chilespouse group, always on the lookout for bilingual material.

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