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Abuela, a robber is a bad man! Introducción a “La magia de la palabra”

Mi nieta de tres años me preguntó si su muñeca, que estaba precariamente sentada al borde de la mesa, se iría a romper si se caía. Y le siguió este diálogo:

“No, honey, your doll is rubber”, le contesté.

“No, Abu, She’s not!! A robber is a bad man!”.

Por este y otros motivos, yo escribo en español.

Este es uno de los tópicos con que introduzco mi último libro, La magia de la palabra: Guía para la escritura creativa en español. Volumen 1 (que será lanzado a mediados de Junio)

Entre los que vivimos en estas latitudes, algunos piensan que sus varias décadas de inmersión en los Estados Unidos les confiere una indiscutible habilidad para redactar en perfecto inglés, como un hablante nativo. Es posible que así sea. Y es probable que no lo sea. Si rubber y robber se les entreveran en la lengua como a mí, esto es indicativo de una falta equivalente en el lenguaje escrito, en su gramática, en sus giros idiomáticos y en el uso asistemático y azaroso de las preposiciones del idioma anglosajón. A ellos y ellas les digo, ya en el primer capítulo de este libro, que es más prometedor, enriquecedor y genuino recuperar la memoria y hacer resucitar el idioma materno, que tratar vanamente de pasar por gringo o gringa.

También desde el comienzo he querido animar a los que, por alguna razón u otra, nunca dan a luz ese cuento o esa novela que llevan adentro y anhela por salir, porque se han acuartelado en una posición de yo no puedo, ya soy vieja, quién me va a leer, de qué voy a escribir…les digo entonces que los jóvenes tienen más tiempo por delante, pero los viejos tenemos más historias para contar; y resumo la mía:

[En este libro] volqué mi vivencia como alguien que se ha iniciado en el arte de la escritura después de un proceso de rescate y reaprendizaje de la lengua materna, que se vio primero soterrada bajo el dulce idioma portugués en mi largo pasaje por tierras brasileñas y, más tarde, en este otro ámbito anglosajón donde me encuentro hoy.  Yo, como mis estudiantes, somos todos sapos de otro pozo. Sin embargo, a fuerza de invocar y evocar ese lenguaje a veces sepultado bajo el signo de asimilación cultural, o simplemente abandonado en un rincón mental poco visitado, pudimos al fin recrear el pozo nativo, refundar nuestra propia laguna, limpiarla de voces extranjeras que pugnan por imponerse y cantar nuestro propio canto. Nada nos lo ha impedido.

Admito que no es una tarea muy simple, pero ofrezco las varias razones por las cuales es gratificante. Ciertamente, ser escritor es una rara manera de ser feliz. Pero las raridades, cuando son prometedoras, también merecen su lugar. Por eso en el primer capítulo me aboco a dar una serie de recomendaciones para lanzarse a la aventura, unas ya consagradas por los que han tratado el tema, y otras de mi propia cosecha.

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El Volumen 1 agregado al subtítulo conlleva un pensamiento optimista: la esperanza de que aparezcan futuros volúmenes 2, 3, etc. Esto es, si no sucumbo a alguno de nuestros modernos Jinetes de la Apocalipsis, encabezados por el Covid 19 y seguidos por el desplome económico que me obligue a usar mis horas en cultivar zanahorias y lechugas en mi huerta.

El subtítulo Guía para la escritura creativa en español avisa al lector que el libro no solo explica teóricamente los aspectos básicos de la excelencia en la escritura, sino que ofrece estrategias para evitar algunos errores comunes y embellecer el estilo, incluyendo ejemplos, así como ejercicios al final de cada capítulo. El título La magia de la palabra refleja mi convicción de que a la escritura la ilumina ese duende que habita el modo mental intuitivo y perceptivo, el que invocamos cada vez que tomamos la pluma, real o digital. La creatividad surge de un laberinto de conexiones de tan esquivo algoritmo como la alquimia. Creo que ese sortilegio cerebral es la quintaesencia humana.

Finalmente, el tono del libro, así como lo muestra su portada, lejos de ser académico y árido, es coloquial. (El humor, como sabemos, nace del hemisferio cerebral creativo):

El segundo capítulo lo dedico a señalar ciertos parámetros que debemos fijar de antemano para ahorrarnos tiempo y frustraciones: el público lector, la voz narrativa y el tiempo verbal que vamos a escoger. Continue reading

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Seattle escribe. Resumen de las clases 2015. Seattle Central Library

Resumen (Continuación)

Algunas recomendaciones para el principiante

a) La lectura es esencial para quien quiere ser escritor/a, así como escuchar música a una edad temprana es esencial para desarrollar el sentido musical. A través de la lectura se absorben, tal vez inconscientemente, los principios fundamentales de argumento y desarrollo. Para quien quiere escribir, lo mejor aún es leer activamente, observando los diferentes estilos y el manejo del lenguaje, la creación de atmósferas, el uso de figuras retóricas, voz y perspectiva del narrador, el manejo de los diálogos, de las tensiones, y otras numerosas herramientas que hacen una narrativa interesante y un estilo vívido y convincente. Esto incluye leer los diarios, porque el idioma periodístico ofrece excelentes ejemplos de las estrategias utilizadas para despertar y mantener el interés del lector. Multitud de buenos escritores fueron primero periodistas. Continue reading

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Clases de escritura creativa para los miembros de “Seattle Escribe”, 2015. Seattle Central Public Library.

 

PRIMERA CLASE: Resumen de las clases grabadas

Principiantes y veteranos

Para el inexperto que nunca ha escrito pero siente el impulso de hacerlo, puede resultar abrumador. Pero la escritura es un arte que, como otros, se aprende haciéndolo. No hay edad para comenzar a ser creativos. La mente es un órgano mucho más plástico de lo que creemos: es solo ofrecerle el estímulo, el amor y entusiasmo, y la disciplina necesaria.

Finalmente,  para aquellos que ya son veteranos en el arte de la narrativa, puede resultar más fácil iniciar un nuevo proyecto. Sin embargo, el desafío radica en este caso en poder abrir la mente hacia otras ideas, intereses o aun géneros literarios, y combatir la terca tendencia que todos tenemos de repetir con variaciones lo que ya hemos hecho antes.

En uno u otro caso, todo escritor tendra que lidiar con el mismo tipo de problemas: liberar la mente para crear vidas imaginarias y relatarlas en un lenguaje atractivo, vigoroso y evocativo.

Por qué escribimos

En primer lugar, deberíamos escribimos para nosotros mismos, como cosa catártica, o como medio para descubrirnos y tal vez mejorarnos. Esto es porque la escritura, si se hace con sinceridad, nos obliga a pensar, a analizar cada frase y determinar si es verdadera o falsa, o a sopesar los temas que elegimos y ver qué nos dicen acerca de nuestras propias preocupaciones. ¿Son intereses legítimos? ¿Representan una búsqueda? ¿Son realmente así de importantes en última instancia? ¿Son obsesiones?

Están los escritores que dicen, yo escribo porque no puedo no escribir. Y esto es totalmente comprensible desde el punto de vista neurológico. El acto de pensar o imaginar algo produce la misma sensación, la misma qualia, –para usar el lenguaje de la filosofía–que el acto de vivir esa experiencia en el mundo. Veamos un ejemplo: una persona ve un río y dentro de su mente experimenta la sensación de ver el río. Un ciego escucha la descripción del mismo río y lo imagina. En ambos casos, es la misma parte del cerebro la que se activa, el mismo grupo de neuronas que disparan y en consecuencia producen la sensación o qualia, que es la experiencia absolutamente subjetiva.  Por eso, aquellos que disfrutan viajar en general escriben sobre diferentes territorios o culturas, por ejemplo. Sin mencionar a los sensualistas que se deleitan en descripciones eróticas y en el estímulo sexual que disfrutan en el proceso.

Hay quienes escriben para su familia, o para sus descendientes. Esta es una razón poderosa ya que escribir un memoir satisface un innegable deseo de perpetuidad, aunque sea a través de la línea familiar. Es, además, un legado cultural que puede llegar a representar un  incentivo para los descendientes.

Otros escriben para su núcleo social más cercano, para compartir su propia visión de la realidad. No importan si llegan a solo 100 lectores.  Después de todo, 100 o 150 es el número que constituye el núcleo de la tribu, la llamada unidad social básica. Si lo escrito tiene repercusión aunque solo sea en esta unidad, desde el punto de vista antropológico, debería ser suficiente.

Por otro lado, aunque un mero pensamiento en un libro influya positivamente en apenas una persona, las repercusiones (el efecto “mariposa”) son insospechables.

En resumen,  escribimos porque el proceso nos enriquece, y cumple una función social: la de compartir nuestra visión del mundo. De hecho, se conoce mejor la interioridad de un autor a cincuenta mil kilómetros de distancia que la del vecino con el cual hablamos todos los días.

Escribir por fama y dinero es una razón comprensible para el escritor profesional, el que escribe sobre fórmulas, para un editor y un público asegurado.  Pero este no es el caso para los que estamos hoy aquí. Escribir para obtener prestigio con la esperanza de encontrar esa casa editora  que nos va a publicar y el reconocimiento de un público amplio que ésta garantiza, es la más deplorable de las razones, y la más peligrosa. El trabajo creativo puede transformarse en una cadena y una maldición, porque la persecución de tal objetivo crea una serie de ansiedades y frustraciones que acabarán por alienar cualquier beneficio interior que la escritura pueda tener en el individuo.

Escribamos para nosotros mismos y para compartir: las historias son necesarias para la humanidad.

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